bilbao. Pocos minutos después de que el ciclismo viva una especie de shock, un temblor de magnitudes sísmicas que desencaja su pasado y su futuro con la sanción retroactiva a Alberto Contador que desposee al español de todos sus logros desde el Tour de 2010 hasta nuestros días y le prohibe correr hasta el próximo 6 de agosto, llega de entrenar por la nevada y fría Mallorca Andy Schleck, un tipo despreocupado y soñador que detecta a través de las lentes de sus gafas oscuras un revuelo inesperado en torno al camión de su equipo, el RadioShack. No sabe lo que ocurre, o eso dice, porque ha salido a andar en bicicleta sin el móvil, pero intuye que es algo gordo porque le viene a recoger Johan Bruyneel, que se lo lleva al interior del furgón del material y le cuenta lo de Contador. Desde entonces anda el luxemburgués escuchando a cada paso si se siente el ganador del Tour de 2010. En apenas unas horas, responde, quizás por recomendación, cosas tan preciosas y románticas como que "las victorias están hechas de recuerdos" y que él no recuerda "haber ganado nunca un Tour". O, más simple y diplomático, que no se considera ganador de nada que no haya ganado en la carretera. O como ayer en Omán, cuando le preguntaron si desearía recibir el amarillo de vencedor del Tour 2010: "Del Tour 2010 ya tengo seis maillots amarillos porque fui de líder esos días y no quiero ninguno más".

Hacia el Tour De Andy Schleck dice Johan Bruyneel, su nuevo guía espiritual, que le fascina su talento, algo tan intangible y abstracto que no deja de significar que tiene buenas piernas, en este caso para subir y atacar subiendo, para pruebas de fondo y carreras como el Tour. De Andy Schleck, añade el propio Bruyneel, no le inquieta su capacidad física, sino su dimensión mental o cómo hacer que un chico acostumbrado a la libertad de sus caprichos asimile que para ganar el Tour, algo de lo que está a un milímetro, hace falta algo más que tener las mejores piernas del pelotón. Hace falta, evocaba Bruyneel en una reciente entrevista con este periódico, ser como Armstrong o Contador, cuyo músculo más desarrollado era el cerebro y lo activaba la obsesión, obsesión por ganar el Tour y ser el mejor. "Johan es un buen director", dijo ayer Andy; "te enseña no solo a ser fuerte en carrera, algo que se consigue normalmente con buenas piernas, sino a ser fuerte mentalmente. Eso para mí es un punto muy importante. Cuando estoy bien no me falta confianza, pero a veces hay que tomar decisiones en plena carrera o entrenando. Eso es lo que estoy aprendiendo".

De todas maneras, Bruyneel niega que pueda cambiar radicalmente la mentalidad de Andy -"no puedo conseguir que sea igual que Armstrong o Contador, que adquiera su fortaleza mental"- y el luxemburgués reniega de una vida que orbite en torno al Tour, un sueño, pero no una obsesión. "El ciclismo es mi trabajo y mi pasión, pero no es toda mi vida. Hay más cosas. Mi sueño es ganar el Tour. Me centro en esa carrera y no voy a parar hasta conseguirlo. Veo que cada vez estoy más cerca, pero tampoco voy a ser un infeliz si no lo gano. A lo mejor nunca lo consigo, pero formo una familia y soy un hombre feliz". El discurso de Andy está en las antípodas del de Armstrong o Contador, que no concebían la derrota. "Por eso se entregaban el 110% a su trabajo", traza Bruyneel, que descarta tratar de moldear a su nuevo pupilo a imagen y semejanza de sus predecesores. "Sería un error utilizar los mismos métodos. Ellos eran metódicos y organizados y Andy necesita libertad".

Libre este año en Francia de la presencia de Contador, el ciclista con el que se ha topado en dos de sus tres segundos puestos en el Tour, el luxemburgués no cree que la ausencia le allane el camino a París. "Es el número uno, pero tampoco creo que sea un Tour tan diferente porque no esté él, ni que sea fácil ganar en su ausencia porque ahora habrá corredores que se verán con más opciones". El primero, Cadel Evans, 36 años, que defiende el título en un Tour en el que pesa más la contrarreloj que la montaña, lo que también alimenta el sueño amarillo de Bradley Wiggins, un contrarrelojista supremo que con los años ha pasado de ser un culogordo a un tirillas que aspira a pasar la alta montaña sin descalabros. "Yo solo me sentiré vencedor del Tour si gano este año", zanja Andy, que tiene seis maillots amarillos del Tour 2010 y un triunfo sin foto en París. Sin ese recuerdo, dice que no cuenta.