Año y medio alejado de la competición, castigado, Alejandro Valverde (Las Lumbreras, 1980), lo diría José Miguel Echavarri, estuvo sin estar estando. Omnipresente tanto tiempo, una presencia cercana a la divinidad, su esperado regreso ha revolucionado al Movistar, un equipo agigantado al que le luce la felicidad en un amplio abanico de sonrisas que esconden todo aquello que hace que el mismo ciclista corra más rápido. Cosas de la mente. Las enumera Pablo Lastras, que habla de seguridad, confianza, tranquilidad, serenidad y, sobre todo, ese punto de alegría que es la sexta marcha de la vida. Todo eso, lo tangible que son las victorias y lo intangible que se transmite por los poros de la piel, lo aporta Alejandro Valverde, un fenómeno deportivo y social. Así le ven en su equipo.

La ausencia, la silla vacía, el comentario mudo, mide con más exactitud el tonelaje de las personas. "Cuando llegué al equipo", cuentan los recién desembarcados que no conocieron antes a Valverde, "lo que más me impresionó fue que él estaba ahí aunque no estuviese. Simbólicamente hablando, tenía su silla cuando nos sentábamos en la mesa, su habitación, su dorsal, su bicicleta… Estaba en el Giro, en la Vuelta al País Vasco, en las clásicas, en el Tour… En todos lados. Se hablaba continuamente de él como de alguien divino. Era el esperado. El único que podía llenar su propio vacío".

Durante un año, 2011, los corredores del Movistar se prepararon para su regreso. Más liberados que nunca antes para buscar el lucimiento personal, su verdadera motivación, lo que realmente les impulsaba, era la necesidad de demostrar que estaban preparados para la llegada del gran líder. Querían enseñar que eran dignos de Valverde. Ganaron 21 carreras. Ninguna fue individual.

Gran parte de la temporada pasada corrieron con seis piernas: las dos de uno mismo, las dos de Xavi Tondo y las dos de Valverde. "Por un lado estaba el legado de Xavi, cuya muerte pudo hundirnos y lo que hizo fue darnos más fuerza; y, por otro, el de Alejandro. Hablábamos de ello a menudo, de cómo sería cuando volviese, de que teníamos que estar a su altura. Eso es lo que tratábamos de demostrar en cada carrera", reflexiona Lastras.

Mientras el equipo le esperaba, Valverde pagaba su penitencia. 20 meses sin competir. Un castigo que, cuentan, afrontó con la entereza y disposición de los reacios al martirio, los tipos que no encuentran sentido ni beneficio al lamento, pero durante el que tuvo que aprender a domesticar su frustración. Alejandro, clasificado en la más pura de las simplezas, un calificativo emparentado con la belleza natural desprovista de artificios, tiene una bicicleta dándole vueltas por la cabeza. Sueña con ello. Es su adicción. La bicicleta, los coches y la familia. Nada más. De ahí el sufrimiento por el castigo. De ahí, también, el deseo irrefrenable porque cayesen las hojas del calendario como las hojas secas de los árboles en otoño. Por esa época, José Joaquín Rojas, amigo del alma, llevaba ya un tiempo animándole. "Venga Alejandro, que ya no queda nada", le venía a decir. O, ya más cerca: "¿Lo ves? Solo un mes Alejandro, solo queda un mes". Y, finalmente, en la antesala del regreso: "Ya está, nos vamos a Australia".

Las lágrimas de Wilunga Si se le pregunta por lo sufrido, Valverde dice lacónico y evasivo que aquello ya pasó y que no merece la pena volver, que es como dar pedales hacia atrás. Unzué define al murciano como un hombre más de gestos que de mensajes. En Australia, en el sexto día de competición, el Tour Down Under subía hasta Wilunga, una colina de la talla de Alejandro, corta y explosiva. Allí ganó Valverde. Después se derrumbó y lloró como jamás antes había llorado tras un triunfo. "Aquellas lágrimas explican todo lo que las palabras no pueden", dice Unzué, más de tres décadas en el ciclismo profesional, miles de ciclistas en la retina, y, aún así, fascinado con Valverde, al que considera inigualable y al que responsabiliza del ambiente festivo y familiar que desprende este Movistar. "He conocido pocos corredores a los que los compañeros estén tan dispuestos a ayudar y tampoco recuerdo una manera tan efusiva de festejar sus triunfos", explica. "La cosa es que la explicación está en la simpleza. La sencillez, la naturalidad, es su fórmula, y la respuesta es el aprecio de los compañeros que nunca antes he visto hacia un campeón". Y abunda: "Miguel (Indurain) tenía el respeto del equipo, la admiración que desprende una figura imponente como la suya; lo de Alejandro es otra cosa, algo simple y genial: es cariño. Diría que es un tipo con un corazón más grandes que sus piernas".

Lastras trata de explicar el fenómeno Valverde y menciona algo tan impreciso como el carisma. Luego, simplifica más y dice que lo que realmente hace que genere tanta admiración y cariño es su capacidad para transmitir las cosas. Que lo hace a su estilo, algo que suena muy natural y sincero y que, además, tiene gracia, o eso tan embaucador que los andaluces llaman guasa y es considerado un arte. "Tiene magia", resume Lastras. Rojas lo dice de otra manera: "Es una persona alegre que solo con su presencia da felicidad. Es algo que lleva dentro, le sale sin querer y te contagia".

"Es el elemento motivador", traza Unzué, que no duda cuando dice que su hueco en el equipo solo lo podía llenar él. "Estamos hablando de un fenómeno en el sentido amplio de la palabra y que recoge dos definiciones. Alejandro es el fenómeno deportivo que desde escuelas ha estado ganando carreras y ha llegado a la cumbre. Y, a su vez, es un fenómeno social. Se ha convertido en un personaje. Y en los últimos tiempos, ese parte de personaje ha crecido más que la propia parte deportiva".

En lugar de menguar durante su sanción, la figura de Valverde se ha estilizado. Durante el verano, la grupeta murciana llegó a engordar hasta límites increíbles. Hubo días en los que se formaron pelotones de hasta 200 personas. La mayoría eran turistas, madrileños muchos, que buscaban el sol y la playa, y cuando se enteraban de que por ahí entrenaba Valverde, cogían la bicicleta y pedaleaban un rato con él.

cambio emocional y deportivo "Valverde nos ha dado vida", proclama Lastras, y a esa revolución emocional del Movistar, añade, llega acoplada, indivisible, la deportiva. El cambio es total porque el equipo orbita de manera innegociable en torno al murciano, un talento físico que, además, añade las virtudes del remate, la intuición en carrera y algo incalculable como la capacidad de iluminar a sus compañeros. "No lo notas, pero te va enganchando. En la mesa durante el desayuno, en el traslado, en carrera… De repente, te das cuenta de que estás hipermotivado". El enriquecimiento, de todas maneras, es recíproco. Valverde aporta tanto al equipo como el equipo le aporta a él. O dicho, de otra manera, siente que la admiración de los compañeros es una sincera prolongación del cariño que le hace sentirse a gusto, en zapatillas, en el Movistar. Cuando en la pasada Vuelta fue a visitar al equipo durante una etapa, le preguntaron qué iba a ser de su futuro, dónde correría, qué maillot vestiría en su regreso. No pensó mucho la respuesta, reconoció que tenía buenas ofertas económicas pero que ninguna mejoraba lo que le ofrecía Movistar. "¿Cuánto te dan?", dicen que le preguntaron. "Me ofrecen una familia", vino a responderles Valverde, un fenómeno.