bILBAO. "¡El rey ha muerto!", gritaban los ojos de los que allí estaban al ver llegar exhausto y derrotado a Fabian Cancellara, emperador del tiempo en la primera década del siglo, la máquina infalible de los cuatro Mundiales contrarreloj y las muescas en el Tour, pero, también, de las tardes clásicas de primavera en el frío norte, sobre el pavés y el barro pegajoso que se agarraba a su cuerpo biónico, un juego de cilindros, cigüeñales, pistones y bielas que se humanizaron ayer en Copenhague. Bajo un cielo de ceniza eran carne y huesos. Y músculos desgarrados. "¡Viva el rey!", reaccionaron de inmediato esos mismos ojos girándose hacia otra figura mecánica, la de Tony Martin, el alemán de 25 años entronizado tras un despliegue bestial en el Mundial de crono: le metió 1:20 al suizo, tercero, y 1:15 a Wiggins, extraordinario y plata.

El mismo día en el que se descubrió lo que ya anunciaban las señales -Tony Martin había ganado esta temporada cronos en París-Niza, País Vasco, Dauphiné, Tour o Vuelta, en estas dos últimas, muy por encima de Cancellara- y pocos querían creer o se atrevían a creer por el tremendo respeto que infunde la figura colosal del suizo, se descubrió Jonathan Castroviejo a sí mismo más contrarrelojista que nunca. Acabó undécimo su primer Mundial, lejos de las medallas, a 3:34 de Tony Martin, pero muy cerca de lo deseado, el Top diez, lo que le generó un conflicto de sensaciones. "Tengo que estar satisfecho por el resultado y también por cómo ha ido todo, por las sensaciones, buenas, que he tenido durante todo el recorrido", dijo el vizcaino. "Y por otro lado, me queda esa cosa, un poco de rabia, algo de pena, por no haber entrado entre los diez mejores".

La diferencia entre el undécimo que fue y el décimo que pudo ser fueron cuatro segundos con el danés Jakob Fuglsang, que se perdieron, claro, en los miles de giros a las bielas, o, también, en un leve desajuste mecánico. En la segunda parte del recorrido notó que el manillar se movía y sintió pánico al creer que se trataba de los cuernos, los acoples sobre los que alarga los brazos y estiliza su figura aerodinámica. Se arrugó. Temía que, si acababan soltándose, las consecuencias pudiesen ser dramáticas. Un golpe tremendo. Fueron dos kilómetros de pánico, de desconcentración, también, hasta que se cercioró de que lo que realmente se había aflojado era la potencia del manillar, un mal muchísimo menor, pues su postura sobre la bicicleta, tan baja, tan inclinada, hace que lleve la pieza en el tope inferior, por lo que el riesgo era ínfimo. Se convenció de ello y siguió pedaleando.

Fue esa segunda vuelta, el tramo final de la crono, los últimos kilómetros de agonía, donde peor se desenvolvió Castroviejo. O, mejor dicho, donde perdió o le remontaron, todo lo avanzado, que fue mucho. Séptimo en el primer parcial, kilómetro 11, octavo a mitad de recorrido, kilómetro 23, y noveno en el último parcial, a 12 de meta. Allí fue finalmente undécimo, pero estuvo durante mucho tiempo segundo, sentado en la silla caliente, cubierto con una manta de lunares de colores, esperando. Cuando llegaron los de la cuarta serie, la última, la que cerraba Cancellara, le desalojaron. Se fue para el hotel de la selección, a un lugar tranquilo y aislado a las afueras de Copenhague. Hoy regresa a casa. Satisfecho con la manera tan soberbia en la que ha cerrado la temporada de su despegue.

Falta de competición. "No tengo la sensación de haber ido de más a menos", reflexionó desde su habitación del hotel el vizcaino sobre su progresión en la crono. "Me he sentido a gusto durante todo el recorrido y no he notado que se me haya hecho largo", explicó Castroviejo, pese a que la de ayer fue la crono más larga que ha hecho esta temporada -46 kilómetros, dos más que el Campeonato estatal de junio que acabó segundo por delante de Contador- y a que llevaba más de un mes sin colocarse un dorsal, con lo que eso influye en el ritmo de las piernas, el golpe de pedal que buscan los ciclistas con obsesión. Por eso tuvo que entrenarse como nunca tras moto, siguiendo a aita por la carretera que corre paralela al pantano de Uribarri-Gamboa, un método específico y exhaustivo de preparación que nunca antes había probado. "Ahora sé que ha merecido la pena el sacrificio", dijo y lamentó el puntito perdido por la falta de competición. "Tony Martin, Cancellara y Wiggins, el podio, han corrido la Vuelta. Eso quiere decir algo". Que no haya corrido en el último mes y haya sido capaz de hacer undécimo con 24 años y ninguna experiencia mundialista, también.

Sin ser un tipo impresionable, Castroviejo no dejó de sorprenderse por la potencia de Tony Martin. "Todavía no me explico cómo ha podido rodar a más de 51 kilómetros por hora". Y eso pese a la aparente prudencia del alemán al trazar las curvas, aunque pocas en un circuito donde la gran dificultad era el muro invisible, el viento, que molestaba más en la segunda parte. Le bastó, inamovible sobre la bicicleta, la postura del hombre sin hombros, muy recogido en la parte frontal que se expone al aire, con abrir gas en las largas rectas del recorrido, llano como la palma de una mano. Todo lo contrario que Cancellara, que inferior a Tony Martin, sin opciones al oro, defendió la plata en el tramo final arriesgando en cada trazada, lo que le llevó a salirse en una curva al abandonar una zona de pavés. Se apoyó en la valla sin llegar a caerse y reinició la marcha. El percance le hizo retroceder hasta la tercera plaza. Su lugar un escalón más arriba lo ocupó Wiggins, tercero en la pasada Vuelta.