Menudo, escalador y ciclista por devoción. La relación de Carlos Sastre con la bicicleta siempre ha ido más allá de una pura profesión, de una obligación. "Cada vez que me he montado ha sido para dar el máximo posible, y dejarlo de esta manera es el mejor momento", señaló ayer el abulense, que dice adiós a una carrera de 15 años como profesional en la que ha participado en 26 ocasiones en las tras grandes vueltas del ciclismo. Un deporte que le recordará para siempre y en el que ha logrado hacer podio en Giro, Tour y Vuelta. Todo un logro que sirve para enmarcar una trayectoria en la que logró pasar de gregario a campeón. De trabajar para los demás a ser referencia. Y no dejó pasar el tren.
Fue en 2008, cuando el tren del éxito llamó a su puerta para visitarle con el oro más preciado: el Tour de Francia. Haciendo de la sencillez y del trabajo su mejor arma, Sastre logró ascender a lo más alto para, tras ganar en Alpe d'Huez después de una fuga en solitario a lo largo del puerto, mantener el maillot amarillo y llegar como líder de la carrera a París. Para subirse a lo más alto del podio y escribir su nombre en la historia del ciclismo. "Lo que siempre he intentado es saber cuáles eran mis virtudes y limitaciones y saberlas explotar al máximo. Me llevo todas y cada una de las experiencias vividas, porque para mi este deporte será siempre un medio de vida y me ha ayudado a superar muchas cosas de mi vida personal", afirmó ayer Sastre, casado con la hermana del fallecido Chaba Jiménez, e hijo de Víctor que le inculcó, desde que apenas levantaba dos palmos del suelo, el ADN de ciclista.
A los 18 años, bajo el abrigo de su padre, Sastre se mudó a El Barraco, el pueblo abulense en el que se formó como ciclista y donde decidió picotear en otros deportes. En otras modalidades ajenas a los pedales para conocer antes de decidir. El atletismo, la gimnasia deportiva o el fútbol fueron algunas de sus probaturas, aunque él lo vio claro: lo suyo era el ciclismo "porque además de dárseme bien, era lo que más me gustaba", dijo. Y no se equivocó en la elección. Desde su época de escuelas ya se le veía como ganador. Una percepción que fue convirtiéndose en hechos cuando, en el Yuste Electricidad -en categoría juvenil-, su nombre comenzó a sonar con fuerza.
No tuvo que esperar mucho más para recibir con los brazos abiertos su primera gran oportunidad. El Banesto aficionado le llamó y Sastre aceptó. Así comenzó una nueva etapa en la que el abulense se curtiría en Nafarroa, en la cantera de José Miguel Echavarri y Eusebio Unzúe.
fichaje por la once Las victorias y demostraciones de Sastre en las filas de Banesto atrajeron la atención de Manolo Saiz, que lo reclutó para la Once. "Manolo ha sido la que persona que me enseñó a ver mis límites, el trabajo duro del ciclismo, el sacrificio y muchas cosas por las que le estaré eternamente agradecido, ya que me dio la oportunidad de llegar al equipo de Riis, que junto a los cuatro años de la Once fueron los mejores de mi carrera", explicó ayer Sastre, que no quiso olvidarse en su despedida del CSC, su otro equipo, en el que logró reinar sobre todos el pelotón al imponerse en el Tour de Francia de 2008. "Me llega en el final de mi carrera deportiva, pero ha llegado", afirmaba por aquel entonces Sastre.
Pero se equivocaba. Aún le quedaban piernas para más. Para seguir disfrutando dando pedaladas y ascendiendo puertos. Así llegó su fichaje por el equipo canadiense Cervélo. Fue en septiembre de 2008, un curso antes de que lograra adjudicarse dos etapas en un Giro de Italia que acabó en segunda posición en la clasificación general. Con el podio en la corsa rosa de 2009 completó las tres grandes vueltas seguidas en menos de un año subido al cajón, tras su triunfo en el Tour y el tercer puesto que firmó en la Vuelta'08.
Ahí pareció acabarse la gasolina en las piernas de Carlos Sastre, que decidió parar, antes de firmar su último contrato como profesional -en agosto de 2010- con el Team Geox de Joxean Fernández Matxin, equipo con el que corrió la última edición de la Vuelta, que concluyó en vigésima posición. Un trabajó que contribuyó al triunfo por equipos y, lo más importante, al de su compañero de filas Juanjo Cobo. Fue el sello final a su carrera y a gran parte de su vida.