Latidos complejos en la corte del Rey Carmesí en BBK Legends Bilbao
El supergrupo Beat, con dos miembros de King Crimson en sus filas, recordó con precisión y virtuosismo el repertorio ‘ochentero’ propio y de Robert Fripp en el agur del ‘Legends’
Parafraseando el mítico debut de King Crimson (KC) a finales de los años 60, el Bilbao Arena de Miribilla se convirtió en la corte del Rey Carmesí anoche en la segunda y última jornada del BBK Legends Bilbao. Y fue gracias a Beat, un cuarteto con dos exmiembros del grupo, Adrian Belew y Tony Levin, que rescataron el repertorio de los 80 de la banda liderada por Robert Fripp durante casi dos horas debido a la cancelación del recital del cabeza de cartel previsto, Tom Morello. A pesar del escenario, un algo desangelado pabellón, firmaron un concierto intenso y rítmico, tan complejo como virtuoso y con varios milagros y momentos para el recuerdo.
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Pasó como cuando en el teatro la estrella sufre un vahído, una caída de última hora o una enfermedad, y el meritorio se ve obligado a ocupar su puesto, que se conoce al dedillo el guion de la obra. Morello canceló su recital en el Legends debido a la hospitalización de su madre 48 horas antes de su cita en Bilbao, así que la organización optó por ampliar a dos horas el recital de Beat, para cumplir el expediente.
Beat, para los más cafeteros, era el tapado del Legends 2026 al estar formado por cuatro instrumentistas con un currículo artístico que supera, de largo, el de las múltiples estupideces de Donald Trump. Dos de sus músicos, el guitarrista y cantante Adrian Belew y el bajista Tony Levin, que venían de trabajar con David Bowie, Brian Eno, Frank Zappa y Talking Heads, formaron parte de la reinvención de KC en la primera mitad de los años 80, junto a Fripp y el legendario batería Bill Brufford. Incluso llegaron a visitar Euskadi como teloneros de Roxy Music, que por aquella época defendían el comercial pero elegante Avalon.
Tributo propio
Beat, formación que toma el nombre de uno de aquellos discos de KC de los primeros 80, se completa con la segunda guitarra del virtuoso y pirotécnico Steve Vai, en el lugar del líder Fripp, y Danny Carey, el batería explosivo de los contundentes Tool, en el papel de Bill Brufford. Sí, su repertorio de ayer, más amplio de lo habitual, se basa en versiones, pero como se observó desde el inicio con Neurotica, lo suyo nada tiene que ver con esas bandas tributo que saquean a grandes estrellas para vivir de las rentas. Principalmente, porque la pareja estaba allí cuando se compusieron las canciones que interpretan, las vivieron, las sintieron y participaron en su creación en muchos de los casos.
Neurotica sonó tensa y asfixiante, perfecta como narración de la neurosis que provocan las urbes contemporáneas, y le siguió Neal and Jack and Me, también cantada –a veces, gruñida– y, como expresa su título, un claro homenaje a la Generación Beat y al Kerouac de En el camino, con guitarras tensas y febriles sustituyendo al jazz con el que se mecía el libro. Custodiados a su espalda por el logo del elefante del grupo que aparecía en la portada del disco de su nombre, salieron elegantes y trajeados, ambos guitarristas con sombrero y Belew con camisa rosa.
Siguieron con más temas de Beat después de equivocarse y saludar a Barcelona, con Belew extrayendo sonidos alienígenas de su mástil, Vai, todo velocidad y juegos con sus múltiples pedales y Levin con su peculiar bajo sin trastes... y su eterna calva. Sonaron también la más comercial Hearbeat, con su melodía cercana al pop y ya compartido el latido arriba y debajo del escenario, y Sartori in Tangier, donde evidenciaron su influencia africana con un guiño al escritor Paul Bowles.
Precisos y complejos
Con la precisión quirúrgica de un cirujano y una combinación de virtuosismo y talento interpretativo, fueron saltando del repertorio de Beat al del disco Three of a Perfect Pair. Entre deudas rítmicas y vocales con los patrones, a veces casi funk, de Talking Heads, fueron sonando Model Man; Dig Me, con su ritmo entrecortado y un Belew estelar; la más convencional Man With An Open Heart, que sonó casi AOR, y los instrumentales Industry y Sleepless, con barridos y secuencias circulares en las guitarras.
Ahí concluyó la primera parte del recital, que se reanudó tras 20 minutos de parón de manera más excitante todavía. Arrancó con el batería a los bongos, al que acabó apoyando Belew, al otro lado, como si tocaran una txalaparta. Nos vino a la cabeza el timbre vocal de David Byrne mientras Belew se arrodillaba en Waiting Man para rendir tributo al santo de los acoples y la distorsión. Por si tal milagro fuera poco, se zambulleron en Discipline, el tercer disco ochentero de KC con The Sheltering Sky con las guitarras repartiendo efectos cósmicos y proponiendo un viaje interestelar parejo al de los Pink Floyd de Syd Barrett mientras Vai hacía planear su instrumento en el aire.
Después llegaron los temas pertenecientes a Discipline, de Sleepers, con Levin mostrando sus púas percutivas de madera al modo de largas uñas poligoneras, a Elephant Talk, la balada blues Matte Kudasai y Frame by Frame., donde se ayudaron de un theremin adicional, al igual que de teclados de forma puntual. El público respondió bien a la propuesta radical y exigente, rítmica pero siempre compleja del cuarteto, con composiciones extensas, de gran recorrido instrumental y con múltiples texturas, ritmos repetitivos, duelos de guitarras circulares y ausencia generalizada de melodías y estribillos claros.
KC siempre fue un grupo rodeado por un halo de intelectualidad y en esta revisión a cargo de Beat, con lugar para la improvisación en pasajes puntuales, en Miribilla sonaron tan actuales como hace 40 años. Cierto que repetitivos y complejos, pero fueron tan arriesgados en su época que su música se mostró viva, rítmica y minimal anoche. Sonidos avant–garde ante un público entendido que disfrutó de casi dos horas que se cerraron con un bis –sonó el mítico Red, 50 años después y con recuerdo incluido a Fripp y Brufford, y la digamos rockera y exótica Thela Hun Ginjeet– que bajó la verja a un concierto para el recuerdo y de difícil catalogación, donde cuatro virtuosos jugaron a sorprender con una mezcla esquizofrénica de rock progresivo, solos heavies, ritmos funk, improvisaciones cercanas al jazz, algo de electrónica y patrones repetitivos herederos del minimalismo.