“No esperes que quien ha venido a conquistarte cuente la verdad sobre ti”
Incansable defensora de los derechos LGTBIQ+ en su Sudáfrica natal, la cineasta recibió ayer en la gala de apertura del festival el reconocimiento a una trayectoria dedicada a la justicia narrativa
Confiesa al inicio de esta entrevista que tuvo que consultar un mapa para localizar Bilbao cuando el festival de cine LGTBIQ+ Zinegoak le comunicó que el Premio Honorífico de la edición que arrancó en la tarde de ayer era para ella. Pero a Bev Ditsie (Sudáfrica, 1971) le han bastado apenas unas horas para enamorarse de la villa. Y de Euskadi. “Es una tierra que me inspira. Un lugar con una lengua y unas tradiciones propias. Hay algo bello en la resistencia de lo autóctono; no lo perdáis”, transmite la cineasta y activista a los lectores de DEIA.
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El festival de cine y artes escénicas LGBTQ+ de Bilbao, Zinegoak, le concede su Premio Honorífico 2026 en reconocimiento a su incansable activismo por los derechos de las personas queer en Sudáfrica. ¿Cómo se siente al recibir esta distinción desde el otro lado del mundo?
Es todo un honor y un enorme privilegio. A veces tienes la sensación de que el trabajo que llevas haciendo durante tantos años no está teniendo el impacto que te gustaría, o que no está llegando a la gente. Y de repente recibes un correo en el que te dicen que quieren premiarte. Te sorprendes, y hasta tienes que mirar en el mapa dónde está Bilbao. ¿En España? ¿La gente me conoce allí? Es muy inspirador. Te da un impulso para seguir trabajando.
Según el festival, la fuerza de su trabajo reside en la forma en que ha sabido dar voz y representación a su propia experiencia como persona negra y queer en un contexto históricamente dominado por narrativas blancas. ¿Ha cambiado algo desde que empezó a hacer cine?
Hay muchísimas más personas creando arte. Estoy agradecida de no estar sola en esto. Hay cantantes, fotógrafos, cineastas, escritores… Están pasando muchas cosas a la vez. Aun así, creo que para mí ha sido muy importante escribirme a mí misma en cada película que he hecho.
Póngame algún ejemplo.
En una de las escenas de Lesbians Free Everyone, se muestra mi discurso en la Conferencia de Pekín. Ese discurso, de seis minutos de duración, no se puede encontrar en ningún otro sitio. Solo en esta película.
¿Por qué?
Sí existe la versión escrita, pero el vídeo íntegro no aparece en los archivos; solo consta el principio y el final. Y eso que las Naciones Unidas documentan todo. Una búsqueda basta para encontrar cualquier intervención, excepto la mía.
"Es constante: nuestras vidas son deliberadamente silenciadas porque alguien simplemente ha decidido que no son importantes"
¿Y a qué cree que responde esa omisión?
Si lo piensas, fue el primer discurso en el que una mujer africana, abiertamente lesbiana, se puso en pie y habló ante las Naciones Unidas. Y no se puede encontrar. Para mí, fue un borrado deliberado: alguien decidió que lo que tenía que decir no era importante y que, por lo tanto, no debía archivarse, al menos no de forma íntegra.
¿Ha experimentado algo similar en más ocasiones?
Empecé a percibir desde una edad muy temprana hasta qué punto se ignoran nuestras experiencias como personas queer. Es constante: nuestras vidas son deliberadamente silenciadas porque alguien simplemente ha decidido que no son importantes.
Dicen que lo que no se muestra, no existe.
Cuando trabajas en televisión, o incluso en la prensa, seleccionas imágenes y tomas decisiones. Y sí, lo que se omite no existe. Por eso, en cada película me escribo a mí misma.
Lesbians Free Everyone: The Beijing Retrospective suele citarse como una de sus obras más importantes. En lo personal, ¿cómo influyó en usted, como activista y cineasta, la experiencia de defender los derechos LGBTQ+ ante la ONU durante la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer celebrada en Pekín?
Tomé conciencia de que las cientos de miles de mujeres que asistimos a esa conferencia compartíamos un objetivo común, y de que la solidaridad ha tenido un impacto enorme en mi vida. Veníamos de contextos distintos —discapacidad, VIH, mujeres afganas o somalíes, lesbianas—, pero todas buscábamos lo mismo: que se reconocieran nuestros derechos. Y la estrategia es muy simple: tú me ayudas, yo te ayudo.
"No dominamos nuestro relato. No tenemos ni poder político ni músculo financiero. Pero trabajo para que eso cambie"
La interseccionalidad parece una idea central en su trayectoria.
Exactamente. Hay algo muy poderoso ahí, algo que realmente cambió mi manera de operar. Por primera vez, entendí que no podíamos trabajar en cajones estancos. No se puede conseguir nada de esta manera.
A lo largo de su trayectoria ha abordado temas que van desde el VIH y el activismo negro hasta la identidad lésbica y los derechos queer. ¿Qué diría que la define como cineasta? ¿Existe alguna preocupación, mirada o perspectiva que se haya mantenido constante a lo largo de toda su obra?
La omisión, el borrado. Ese ha sido el eje de mi trabajo: la justicia narrativa.
Una lucha contra lo que se omite, entonces.
Miriam Makeba, la gran cantante sudafricana exiliada por su activismo contra el apartheid, decía: “No puedes esperar que quien ha venido a conquistarte cuente la verdad sobre ti”. La justicia narrativa es tan importante para mí porque quienes escriben la historia son quienes moldean la realidad.
Y dominan el relato.
No dominamos nuestro relato. No tenemos ni poder político ni músculo financiero. Pero trabajo para que eso cambie.
"Cuando fundamos GLOW, el Apartheid seguía vigente y lo que hacíamos era ilegal. Personas blancas y negras compartiendo un mismo espacio, imagínate"
¿En qué se encuentra trabajando ahora?
En una película sobre mi madre, que fue una gran cantante en los años 70, pero de la que nadie habla. Aparece de nuevo la pregunta: ¿quién ha decidido que su historia no es importante? Era una de las cantantes más famosas de Sudáfrica.
A menudo se la considera una de las principales impulsoras de la Marcha del Orgullo de Johannesburgo y la fundadora de GLOW. ¿Cuáles fueron los principales desafíos a los que se enfrentaba la comunidad negra sudafricana en aquel momento, en 1990?
Simon Nkoli, que fue mi mentor y líder de nuestro movimiento, lo explicó así en aquel primer Orgullo de 1990: “Mis camaradas de la lucha contra el apartheid me reprochan que luchara por los derechos de los gays, y otros me critican por luchar por los derechos de las personas negras. Pero yo soy negro y gay; no puedo dividirme en una lucha principal y otra secundaria”.
¿Y qué implicaba ser abiertamente homosexual en la Sudáfrica del Apartheid?
Las leyes contra la sodomía nos consideraban criminales. Cuando fundamos GLOW, el Apartheid seguía vigente y lo que hacíamos era ilegal. Personas blancas y negras compartiendo un mismo espacio, imagínate. Podía pasar cualquier cosa: si la policía quería, podían arrestarnos. Estábamos asustadas, pero también ilusionadas, porque luchábamos por la justicia. Aun así, no sabíamos qué podía ocurrir.
En distintos países, algunas figuras destacadas del activismo LGBTQ+ sostienen que el Orgullo ha perdido parte de su carácter reivindicativo y transformador debido al pinkwashing y a su creciente comercialización. ¿Cómo sitúa el Orgullo de Johannesburgo dentro de ese debate?
Es un desfile patrocinado y se debe a sus patrocinadores. Sus organizadores tratan de reprimir cualquier voz crítica.
¿De qué manera?
El año pasado organizamos un Orgullo alternativo, al que se presentó la policía. Eso es intentar silenciar a las voces que no comulgan con tu propuesta. Pero el Pride no les pertenece a ellos, sino a la gente. Convertir el Orgullo en una especie de desfile comercial supone bastardizar este concepto. Es un tema muy sensible para mí, porque despolitizar el Pride implica omitir las voces de quienes siguen enfrentándose a la discriminación y de quienes lucharon antes que nosotros. Eso también es una forma de borrado.
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