La voz del compositor, músico y productor vizcaino Saúl Santolaria lidera un nuevo tributo al mítico trompetista y cantante de jazz que se presenta bajo el nombre de Chet Baker eta Itxasoa este sábado en Getxo, en Muxikebarri. En él, con la compañía del pianista Mikel Gaztañaga, el trompetista Oskitz Gorrotxategi, el contrabajo de Txema Solano y la flauta de Santi Ibarretxe, se busca trazar un puente sonoro entre el jazz introspectivo del estadounidense y la tradición musical vasca.
El espectáculo, que se presenta como un concierto dramatizado, traza un puente sonoro entre el jazz introspectivo de Chet Baker y la tradición musical vasca. Santolaria, habitual en estas revisiones de glorias musicales, como demostró su velada reciente dedicada a Bob Dylan, recupera pasajes de la vida y la obra de Baker a través de arreglos que respetan la armonía original pero la amplían hacia nuevas texturas propias del folclore vasco.
Y lo hará con una puesta en escena evocadora y cuidada al detalle que fusionará melancolía, memoria y mar con un recuerdo a la obra frágil, luminosa y profunda de Baker. “Chet fue afinando una manera de tocar y de cantar cada vez más esencial, más íntima. Había menos exhibición y más verdad. Su fraseo tenía una delicadeza muy poco frecuente, una forma de rozar la emoción sin pose”, explica a preguntas de DEIA.
Ya le tributó un homenaje a Chet Baker en Euskalduna junto al pianista Joshua Eldenman ¿Por qué él, conocido como el James Dean del jazz, el “Trompeta de Oro” de los años 50?
Porque Baker sigue siendo una figura absolutamente magnética. Más allá del mito, me interesa el artista que fue capaz de convertir la fragilidad en belleza. Tenía una forma de emocionar muy poco impostada, muy desnuda, y eso sigue conectándonos hoy.
Cuando realizó el homenaje a Dylan, me llegó a hablar de evangelización.
Yo siento casi una pequeña labor de evangelización, dicho con humor, cuando recupero a artistas así. Supone volver a ponerlos delante de la gente para recordar que todavía tienen mucho que decir, que siguen conmoviendo a las siguientes generaciones. No hay más que bucear en redes como Tik Tok.
El fraseo de Baker acabó siendo más cálido, lírico, sensible y emotivo aunque empezó con el bebop. ¿Cree que ese estilo particular lo convirtió en mito?
Sí, sin duda. Chet fue afinando una manera de tocar y de cantar cada vez más esencial, más íntima. Había menos exhibición y más verdad. Su fraseo tenía una delicadeza muy poco frecuente, una forma de rozar la emoción sin pose. Creo que ahí está gran parte de su mito: en haber hecho de la vulnerabilidad un lenguaje propio.
Usted, como vocalista, ¿cómo define su voz? Se llegó a habla de su música como “uno de los lamentos más hermosos” del siglo pasado.
Como profundamente humana. No era una voz perfecta en el sentido académico, pero tenía verdad, aire, desgaste, ternura, noche. Era una voz que parecía hablarte al oído. Para mí, ahí reside su grandeza: en que no intentaba impresionar, sino conmover. Era, efectivamente, uno de los lamentos más hermosos del siglo XX.
Se lo ha traído al frío del mar Cantábrico. ¿Cómo surge ese puente sonoro y de qué manera engarza su música con la tradición folk vasca y la sensibilidad de Euskadi?
Surge de una intuición emocional muy fuerte. Siempre he sentido que hay algo en la melancolía elegante de Chet que dialoga muy bien con el Cantábrico, con nuestra manera de sentir la belleza, la bruma, la memoria, cierta contención expresiva. Al igual que el mar, para mí Chet es curativo, siempre vuelvo a él cuando necesito salvarme de algo. Pero no quería hacer una mezcla superficial, sino buscar un punto de encuentro real entre su universo y nuestra sensibilidad atlántica y vasca, algo melancólica con una cierta tristeza y una climatología emocional, muy similar.
Creo que habrá también cierta dramatización en la velada. ¿Centrada en su polémica vida?
Sí, hay una dimensión narrativa y dramática, pero no está planteada desde el morbo. No me interesa explotar su biografía, sino entender cómo una vida tan rota pudo generar una música tan bella. La idea es abordar su complejidad, sin edulcorarla y sin convertirla en espectáculo.
¿Qué aspectos de su vida recuperará? Imagino que aparecerán la agresión que sufrió, sus problemas con la droga, la obligación de volver a aprender a tocar tras perder la dentadura, su muerte, no esclarecida por completo…
Aparecen algunos de los episodios más duros de su biografía representados en su repertorio y cómo de alguna manera al elegirlo, estaba narrando su propia realidad, porque ayudan a entender mejor la dimensión humana de su música: la caída, la adicción, la reconstrucción y también el misterio que rodea su final. Siempre desde una mirada honesta, no sensacionalista.
¿Incorpora escenografía especial, proyecciones…?
No hay un planteamiento escénico y visual pensado para acompañar la experiencia aunque la intención no es hacer sólo un concierto, sino construir una atmósfera. Todo está al servicio de la música, de la emoción y del relato.