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LA muestra es apasionante y hay mucho trabajo en la propuesta comisariada por Javier Viar y Miriam Alzuri. Una labor complicada que ha necesitado gran esfuerzo para reunir más de doscientas obras procedentes de lugares muy diferentes, desde piezas arqueológicas de hacia 1200 a. C. hasta una pintura de Miquel Barceló (1957) que está fechada en 1990. Subdividida en dos grandes bloques, El mito y los mitos del toro y El ritual de la fiesta, se ha segmentado igualmente de modo conveniente, disponiendo una buena señalización en un recorrido espacial muy correcto. El catálogo supone también un trabajo de primer orden, cuya documentación permite profundizar en los temas. Cuenta con la aportación de numerosos estudiosos y refleja con solvencia el carácter de la exposición.

La propuesta no se centra solo en la figura del toro y su puesta en valor simbólica a lo largo de los tiempos, sino en su extensión preferencial hacia el mundo de las corridas y se obvian otras posibilidades no menos tradicionales. Una actividad en la que participan también toreros y subalternos, donde se efectúan las más diversas suertes y donde se necesitan lugares para su desarrollo. Una experiencia que llega hasta después del macabro espectáculo, con las consecuencias del triunfo o el fracaso, así como ofrece una intensa perspectiva de las víctimas.

El conjunto es importante y alcanza momentos espléndidos, pero, sin embargo, hay carencias de algunas propuestas contemporáneas, así como se olvida de los alineamientos contrarios a la continuidad del ritual en la sociedad contemporánea, lo que ya de por sí supone un posicionamiento. Sigo sin entender la diversión con la muerte de un animal por mucho que alguien se arriesgue, desarrolle su labor y alcance la excelencia en el seguimiento de normas y movimientos escénicos. Unos códigos que ayudan a singularizar la visión pero que repelen éticamente por su crueldad. Si los actos los vemos fuera de la plaza, suponen un delito de violencia contra los animales que antaño no estaba tipificado y que en el año 2003 se introduce en la legislación penal española. La mera existencia de que el arte se haya ocupado de lo que increíblemente se llama fiesta no significa que tenga que pervivir. Es tanto como decir que el mero hecho de tratar el tema de la muerte violenta en la pintura supone la legitimación del asesinato.

La colectiva oculta los baños de sangre de artistas como Jordi Benito (1951-2008), por ejemplo, cuyas experiencias conceptuales en torno a los rituales del toro son de las cosas que nunca se olvidan por la excitación sinestésica que conllevan sus catárticas escenificaciones. Igualmente, se olvida de los trabajos del navarro Xabier Morrás (1943) acerca de la violencia en el contexto de las fiestas Sanfermineras. Un lujo de olvido, para un autor representado en la colección del Museo. Y sin embargo, la experiencia del museo es espléndida. Supone encadenar temas y conceptos, sugerencias y pensamientos que penetran en el mito y el rito.

El montaje alcanza momentos excepcionales. Pese a las dificultades de disponer muchas obras en un espacio demasiado pequeño para albergarlas, los organizadores salen muy bien del envite. Cierto que en la selección hay trabajos que podían haberse retirado, pero hay encuentros singularísimos que hacen que la visita se prolongue y deba repetirse. Me quedo con el diálogo en torno a principios del veinte entre los dos garrochistas pintados por el moderno Francisco Iturrino (1864-1924) y el más tradicional Zuloaga (1870-1945). Importante también el ciclo de grabados de Goya, máxime cuando enfrente hay piezas totalmente prescindibles por su amaneramiento, caso de las esculturas atribuidas a Juan Cháez y los aguafuertes de Antonio Carnicero (1748-1814). Muy menores igualmente, los dos óleos del pintor aragonés al compararlos con la contundente expresión que alcanza su Tauromaquia. Serie donde se producen todo tipo de sensaciones encontradas y entremezcladas. Las vanguardias trataron también el tema de modo singular. Obras de gran interés firmadas por Juan Gris (1887-1927), André Masson (1896-1987), Pablo Gargallo (1881-1934), Francis Picabia (1879-1953) y sobre todo por Pablo Ruiz Picasso (1881-1973), cuyo panorama ofrece un importante recorrido a través de los más diversos temas.

El final resulta espléndido. Los capítulos La tragedia y la gloria y Después de la fiesta están muy bien urdidos y cuentan con buenas piezas que aquilatan la vivencia del mundo taurino de manera magistral. La sangría de animales que se matan alcanza a los caballos que son de los que más malparados salen. La visión que se da de su despanzurramiento es increíble. Tanto se perciben sus pavorosas heridas en el ilustrativo cuadro decimonónico de Eugenio Lucas Velázquez (1817-1870), como en las visiones más modernas de Darío Regoyos (1857-1913) o de Pablo Uranga (1861-1934). Una España negra, como se tituló el libro del asturiano, que también se manifiesta en el envejecido picador y enflaquecido caballo de Zuloaga. Mientras que la muerte de un torero de Daniel Vázquez Díaz (1882-1969) pone un último acento dramático a la exposición.