En la París-Roubaix, el Infierno del Norte encontró Wout van Aert el cielo para siempre. El paraíso para él. Al fin en paz consigo mismo. Nada como la victoria de los vencidos.
En el Velódromo André Petrieux, se liberó el belga, tantas veces maldito, apaleado, ninguneado, esquiva la buena fuerte, siempre huidiza. Van Aert nunca se rindió. Eso le rescató. Campeón de cuerpo entero.
No existe mejor victoria que levantarse tras caer, recomponerse de cada derrotar. Ernest Hemingway escribió en El viejo y el mar. “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado".
Van Aert nunca abandonó. Perseveró. Su valor, su dignidad, proseguía intacta. El espíritu de lucha palpitaba en su interior. La llama siempre viva.
Esos días penosos, las calamidades de duras caídas, las heridas y las cicatrices del cuerpo, las preguntas sin respuesta le blindaron en la París-Roubaix para derrotar al gigantesco Tadej Pogacar, el hombre que se mide con la historia. El ciclista de esta era.
La mala suerte le mordió tres veces. "Tras esos golpes de mala suerte no me quedaban fuerzas para seguir atacando en el final. Lo intenté varias veces, pero enseguida me di cuenta de que me faltaba energía y que Wout van Aert seguía en plena forma. En el esprint Wout fue mucho más fuerte", asumió el esloveno, otra vez segundo.
El campeón del Mundo tuvo que sucumbir ante la fuerza que emanó de las entrañas de Van Aert, que resistió el empuje desmesurado del esloveno en los tramos de pavés, para superarle al esprint.
Señaló el cielo para dedicar la victoria a su amigo. Michael Goolaerts. Goolaerts murió a los 23 años tras sufrir un paro cardíaco durante la París-Roubaix el 8 de abril de 2018. Le rindió un sentido homenaje Van Aert.
“En mi sueños había hecho este esprint tantas veces, así que me he aferrado al plan”. Soñó Van Aert con la pesadilla de la París-Roubaix hasta que abrazó como un niño a su peluche más querido.
En la piedras encontró ternura, el tacto suave de los mejores días y las caricias de sus seres queridos. El Infierno del Norte fue un acto de fe para el belga, convencido de que el destino les uniría. Probablemente fue su victoria más emotiva, la más deseada
Emocionado, las lágrimas bañándole los ojos, el corazón desbocado, el latido de la memoria presente, Van Aert se sentó en el suelo y rompió a llorar. Salinas lágrimas que cosían las cicatrices de las decepciones, acumuladas en una carrera que es un caos, un Monumento a la supervivencia.
“Ganar la París-Roubaix significa todo para mí. Hace ocho años perdí aquí a mi amigo Michael Goolaerts y por eso he señalado al cielo. La victoria es para mi pareja y para mi familia. También para el equipo”, expuso el belga, que sumó su segundo Monumento tras la Milán-San Remo de 2020.
“Ha sido un día muy duro. Muchas veces he tenido muy mala suerte en esta carrera. Incluso no me ha sonreído del todo hoy, pero esa experiencia me había servido”, argumentó Van Aert, al que las dudas le revolcaron en los malos momentos.
“Dejé de creer que podía ganar, pero en lo siguientes días, luchaba de nuevo. No hay mejor manera que celebrar esta victoria venciendo a un campeón del Mundo. Es algo muy especial para mí. Es una carrera caótica, pero en días así es la mejor carrera”, analizó el ganador.
"Éste es el trabajo de toda una vida. Quienes me conocen bien saben cuántas veces he tenido que recomponerme. Es algo emotivo", subrayó Van Aert.
Ay, con el azar, con la ventura, bien hallados los aventurados. La vida es una tómbola, alegría para unos, pena y desazón para otros.
La París-Roubaix condensó lo azaroso y caprichoso de la vida. Descarnada entre adoquines, un nombre con solemnidad y elegancia, para no llamarlos pedruscos.
Entre las piedras afiladas, duras, desmesurados perfiles, el Infierno del Norte, era una moneda al aire, una cuestión de suerte, de averías que aparecen y pinchazos que florecen.
Pssscccchhhh. La banda sonora de la París-Roubaix, tan baja las presiones de las ruedas, al límite.
El destino era una pluma a viento entre trallazos de piedra. Se agitaban los cuerpos, los huesos chocando entre sí, sonajeros de sufrimiento. Empolvados los rostros, guerreros de terracota. La fatiga extrema. Demoledora.
El Bosque de Arenberg, el tramo de adoquín más famoso de la París-Roubaix, el Monumento de las piedras, mide la talla de los seres humanos.
Arenberg concentra el espíritu de la París-Roubaix, el gran Monumento: 258 kilómetros, 58 de ellos de pavés en 30 tramos, la clásica con más mística.
Mala fortuna para Van der Poel
En esa celebración pagana rugían las voces en las entrañas del bosque. Un ritual que invoca la danza de los malditos, al baile de la supervivencia. En Arenberg los ciclistas se adentran en otra dimensión, en la de los mitos y leyendas.
Van der Poel, tres veces rey en Roubaix, exclamó un quejido, un quebranto. Rota su figura, su hercúlea silueta de monarca. Doblado. Apedreado por la mala suerte.
Un pinchazo le mandó a caminar sobre césped. La bici que le prestó Philipsen no le servía. Quedó varado. Masticando impotencia, tragando bilis. La rabia en cada poro de su piel.
Le cayeron más de dos minutos. Obligado a remontar. El orgullo tiró de él. Van Aert abrió la comitiva por Arenberg, recuperado Pogacar, que estuvo desgañitándose después de una avería.
Cambió de bici (lo hizo en tres ocasiones) y se recuperó antes de entrar al bosque ciclista más famoso del mundo. Eso le salvó.
De la zanja de piedras brotó un selecto grupo con el campeón del Mundo, Van Aert, Laporte. Pedersen, Stuyven y Bissegger.
Sucede que la París-Roubaix es un entramado indescifrable, una laberinto repleto de paredes ciegas de callejones sin salida. Muros por todos lados. La París-Roubaix no hace prisioneros, es inmisericorde, despiadada.
Una carrera de eliminación donde la ruleta de la fortuna bendice a unos y castiga a otros sin motivo aparente. Un campo de minas. Nunca se sabe cuando va a estallar la próxima, cualquier error de cálculo es una condena. La sentencia.
Pogacar era el pájaro ligero de bello plumaje, color arcoíris, que levitaba sobre las piedras. Un ave del paraíso, exótica, en el Infierno del Norte entre ciclistas con estampida de rinoceronte.
Cara a cara
Las piedras fueran deforestando el grupo, cuentas de un rosario. Van Aert se encasquilló. Cambio de bici. El gafe que le persigue y le zarandea le rozó.
Se rehabilitó con serenidad y se soldó a la vanguardia de Pogacar. Pedersen cedió en el tramo de Mons-en Pévele. Van der Poel se acercó, pero no llegó. El neerlandés padecía la mirada aviesa de la desventura.
Van Aert y Pogacar eran un vis a vis. Corrían entre piedras con la delicadeza de un melé de rugby. Empujando al límite, tenso el ambiente. Puro resquemor y desconfianza.
En Camphin-en Pévelè se midieron. Tensa calma antes de la tormenta. Del estallido. Un duelo sin velo en la mirada, los ojos repletos de ambición hacia el Carrefour de l’Abre, un lugar para lapidación.
Algo más de 2 kilómetros para hacer historia, para tallarla a modo de escultores del brutalismo. Pogacar entró en tromba, desbocado.
Echando chispas. Piedra contra mármol. Fricción. Patinó la rueda trasera del esloveno, a punto de caer. Jinetes de rodeo.
Van Aert, aplomado, se anilló al campeón del Mundo. Sin fisuras. Quedaban algunas piedras, pero más asfalto. Una alfombra roja hacia una vuelta y media al velódromo André Petrieux donde, peraltada, esperaba la gloria para el belga.
Sonó la campana. Musical celestial para el esprint poderoso de Van Aert, que despachó el esfuerzo de Pogacar. Tantas veces el sonido de réquiem fue una campana que anunciaba la celebración. El dedo al cielo. Van Aert encuentra el paraíso.