IBARDIN. Las caras lo dicen todo en Ibardin: la de Purito se retuerce de dolor para acabar dibujando una sonrisa; la de Samuel se agrieta de esfuerzo hasta cuando se pone el chaleco para protegerse del frío; por la de Tony Martin corren el sudor y la saliva hasta mezclarse en la barbilla; la de Horner es un fuelle: llega, se tira al suelo y resopla y resopla y... Son las caras de la Vuelta al País Vasco que retrata Ibardin.
Las crónicas de Ibardin de los 80 y 90 cuentan historias alucinantes. De cómo un día Gorospe, un chavalín rubio y guapo, le ganó al sprint al monstruo Kelly. O de cómo Chiapucci, un ciclista sin red, corrió solo desde Agiña hasta la meta en una tarde memorable que le dejó a las puertas de ganar la Vuelta al País Vasco de 1991. En otra se narra la historia de un fornido alemán, Udo Bolts, que aplastó de un puñetazo al delgadito Perico. Rominger aparece retratado varias veces como un tirano, por superior. Hay más, todas distintas, salvo por los colores. Verdes prados, casas blancas, tejados rojos. Por esa postal corrió ayer la cuarta etapa de la Vuelta al País Vasco. Bajo la lluvia. Siempre llueve en Bera. O casi. Por eso le llaman el orinal. En algún año de los 90 fue el municipio estatal que más precipitaciones registró. Ayer, claro, también llovió. A ratos. Más bien a gusto de Samuel: perdió el mano a mano y el amarillo con Purito en el muro final de Ibardin, pero sacó de rueda a Chris Horner y Tony Martin, sus grandes rivales para ganar la Vuelta al País Vasco en la crono de mañana en Oñati, a los que aventaja ahora en 12'' y 24''.
Trató de contarlos Samuel cuando pisó la cumbre de Ibardin. Se giró y lanzó la vista atrás para ver quién pisaba su sombra. No distinguió nada. Ciego. Andaba turulato el asturiano de Euskaltel-Euskadi. Dos semanas antes del inicio de la Vuelta reconoció esa misma llegada y ayer no la recordaba. "Subí por otro lado", dijo primero. "No, no, subí algo más arriba", después. "No, no, era esta, era esta", finalmente. Le había descolocado la niebla, que cubría la montaña.
frío y lluvia Y el reloj. Bruma sobre las diferencias. "¿Cuánto?", preguntó Samuel. Le respondieron que más de diez segundos sobre Horner y frunció el ceño como si fuera una mala noticia. "¿Y Tony Martin?". Le dijeron que otros tantos. Volvió a torcer el morro. Samuel no lo veía claro. ¿Le despistaba la niebla o jugaba al despiste? "No, no, no, la cosa sigue difícil", prometió. Pero mucho más cerca que en Arrate. Ayer en Ibardin le quitó un episodio a la historia de esta Vuelta al País Vasco.
Samuel lo narró como una película de miedo. "Por un momento", contó, "reviví los fantasmas de la Volta". Aquella etapa dantesca de la lluvia y el frío. La de ayer amenazó con crionizar a los ciclistas y luego les dio tregua. Pese a ello, fue una tarde demoledora. "Dejará huella", profetizó el asturiano.
Dice Gorka Gerrikagoitia que lo importante de una etapa es la salida. Que la escapada se haga pronto y no incordie. La de ayer no molestaba, pero Euskaltel tiró de lo lindo para que no se fuera muy lejos. En Bera, a los pies de la primera pasada por Ibardin, la diferencia no llegaba al minuto. En el delicioso paseo por Sara, el regreso a Iparralde de la Vuelta, la tumbó el Katusha. Lanzadera. Llevaban a rueda un misil.
La rampa final de Ibardin era corta y dura. La medida de Purito. "En este tipo de llegadas es imbatible", se descubrió Samuel. "Como Cavendish en los esprines", se comparó el catalán. Por eso, trataron de hacerle ceniza antes de que se les esfumara en el terrorífico tramo, 125 metros de piolet y crampones. Escalada. Hace falta muelles para subir por ahí. Los tiene Joaquim Rodríguez. Alguien lo definió como un impulso hecho ciclista.
Purito, imparable En Ventas de Ibardin, lo que quedaba del pelotón giró a la izquierda y enfiló el último largo. Restaba un kilómetro. Todos miraban al catalán. Van den Broeck, Horner y Tony Martin, chicos diesel, trataron de quemarle. Y Poels, de sorprenderle. No hay quien se fume a Purito en una cuesta como esa. El ataque del holandés propulsó al del Katusha. Misil. Samuel, encerrado, perdió tracción y tiempo. Cuando salió del atasco, Joaquim trepaba unos cuantos palmos más arriba. Estaban en el último peldaño, 125 metros tremendos. "Se me han hecho eternos", reconoció Samuel. Al hollar Ibardin echó la vista atrás para ver quién le seguía. No vio nada. Solo sombras. Cuando se detuvo le tendieron un chaleco, estiró el brazo para ponérselo y la cara se le agrietó de esfuerzo. Luego preguntó: "¿Cuánto?". 12'', 24''... No le convenció lo que le contaron. "Es que", dijo luego, "Horner no es cojo contrarreloj. Y qué decir de Tony Martin, que es el campeón del mundo. Son 19 kilómetros y no lo veo nada claro".
Indurain, que andaba por allí, sí. "Samuel lo tiene bien. Horner y Martin han sufrido en el repecho y las cronos que se corren el último día son para los que mejor están, los más fuertes, no para los que les tiemblan las piernas. Además, dicen que es nerviosa, y eso le va a Samuel".
De Purito, líder además de ganador de la etapa, pocos dijeron algo que le colocara como aspirante a ganar la Vuelta. "Pero yo he mejorado mucho y estoy en forma", se reivindicó el catalán. "Y las cronos de la Vuelta al País Vasco no son llanas, sino con repechos duros y bajadas técnicas, así que no descartó el podio".
A Horner nadie le escuchó una palabra. Llegó, se sentó en el suelo y resoplo y resopló y resopló... Tony Martin apoyó los codos en el manillar y allí metió la cabeza buscando aire. Avestruz. ¿Miedo? No parece. Lo que fuera lo dijo para adentro. Sin palabras. No importa. Todo lo que había que contar en Ibardin lo habían dicho ya sus caras.