LOS ciclistas no tienen memoria del dolor. Llegan molidos a la orilla del final de temporada y hartos de tanto sufrimiento, quieren enterrar en polvo la bicicleta. Así que la encierran en el garaje. La olvidan. Apenas tres semanas y unas pocas chuflas después, ya no recuerdan por qué abandonaron a la flaca. Una riña. Perdonan y regresan al garaje. El invierno lo pasan entrenando. A veces, para esquivar el frío y la lluvia, viajan al sur, al Mediterráneo o a las Canarias. La caricia del sol alimenta su deseo de empezar a competir de nuevo. Eso le ocurre en Mallorca a Igor Antón, que el lunes rompió el hielo y se puso su primer dorsal en el segundo trofeo de la Challenge -"un día llano que no era para mí", dice- y hoy se prueba en una jornada más montañosa donde desea comprobar, "sin exprimirme a tope", si realmente el rumbo es el correcto. La brújula le señala hacia el norte. La Vuelta se disputa en agosto y septiembre sobre los tejados de la cornisa cantábrica. Euskadi, Galicia, Asturias, Cantabria... Allí desea escalar hasta el podio para cerrar un ciclo en la carrera española, su primer amor. Antes, en primavera, visitará las clásicas.
Antón es de los que olvida fácil los disgustos. El lunes, después de la etapa, le contaron lo que había pasado con Contador y frunció el ceño. "Me da pena que pasen estas cosas". Lo dice resignado. Desde que es profesional, 2005, no ha conocido otra cosa que la continua descomposición del ciclismo. "Hace años el ciclista estaba más valorado y respetado. Nuestra imagen está ahora muy dañada", lamenta. Dice que en ocasiones se interna en ligeras reflexiones sobre el asunto en las que siempre acaba censurando el trato que reciben los ciclistas. Lo compara con cualquier otro deporte y se duele. Ese pensamiento, de todas maneras, se queda en la superficie. "No me afecta hasta decir vaya mierda o quiero dejar esto", reconoce Antón, cuyo mayor tesoro es la pasión ciclista. "Y esa ilusión la mantengo intacta.
De lo vivido se le propone conversar a Antón en la sobremesa, tras el entrenamiento, el masaje y la comida. Tiene tiempo. Mientras habla, el pelotón de la Challenge corre al galope por la sierra de la Tramontana. Es un día de frío y viento. El primero de montaña, que eleva a Lars Petter Nordhaug, 27 años, noruego del Sky que viene del mountain bike. Él gana la etapa de Deiá en la que estrena la temporada Beñat Intxausti.
Protegido tras la enorme cristalera del restaurante del hotel, Antón va rescatando las lecciones que ha aprendido desde que es profesional. Cada año una. Son siete. "Y las que me quedan".
La primera, en 2005, se la enseñó el Giro, su primera grande. "Allí aprendí que el cuerpo tiene unos límites insospechados. Jamás pensé que se pudiera llegar a sufrir tanto y, sobre todo, a ser capaz de soportarlo". En 2006, la lección tuvo más que ver con la fe. "Gané -una etapa en la Vuelta, la de Calar Alto ante Valverde y Vinokourov- y aunque dicen que de las victorias no se aprende nada, a mí me sirvió para creerme que servía para esto. En un año di un salto muy grande. Noté que era un corredor más sólido. Ganar fue un antes y un después en mi mentalidad". La clase de 2007 fue más exigente. Debutó en el Tour y fue un palo. "Llegué pasado de rosca y me arrastré. Pero luego supe rehacerme para la Vuelta. En dos meses pasé de verlo todo negro a ser más optimista. La lección fue que siempre es posible darle la vuelta a una situación, por muy mala que sea".
la importancia de 2009 "No sé muy bien qué es lo que saqué de 2008 porque fue un buen año. Todo me salió bien, salvo la caída en la Vuelta. Quizá fue el primer año en el que me di cuenta de que podía asumir la responsabilidad. Cada año el listón era más alto: ese año la Vuelta. Y me enfrenté a la presión y le gané". En aquella Vuelta, Antón se cayó en una curva de El Cordal, camino del Angliru, y se rompió la clavícula y el trocánter de la cadera, una lesión delicadísima en un ciclista porque destruye su equilibrio sobre la bicicleta. Así que en 2009, angustiado también por problemas personales, el vizcaino aprendió a masticar, a convivir con la amargura. "Fue el año del retroceso. Di dos pasos atrás. No comprendí hasta muy tarde que todo se debía a la caída. Pude soportar esa angustia y llegué a acabar un Tour y a ganar la Subida a Urkiola". 2009 agigantó a Antón; 2010 fue su mejor año. "Hasta ahora, mi techo. Le gané en el Morredero a Contador, el mejor corredor del mundo, anduve mucho en las clásicas y llegué a la Vuelta en una forma impresionante". Entendió Antón que, pese a que se cayó y abandonó la carrera española cuando era líder, podía haberla ganado, "o, al menos, hacer podio".
A por eso salió el año pasado. Pero se equivocó. "No me arrepiento de nada porque logré mi victoria más grande, la del Zoncolan ante Contador, y la más emotiva, la de Bilbao, pero la lección fue clara: ahora sé que física y mentalmente rindo mejor si me marco una sola meta, que es mejor preparar un objetivo que dos a medias".
Con todo lo aprendido, Antón, 28 años, dice que "2012 tiene que ser un año genial". Para eso, recupera las coordenadas que le llevaron al éxito en 2010. Calca esa temporada. Piensa en una buena primavera y un excelente final de verano, en la Vuelta. "Quiero ser tozudo. No digo que tenga que ganar, pero quiero hacerla bien desde el principio. Si lo consigo, me quedaré tranquilo y podré pensar en otras carreras".
En la Vuelta, seguramente, se encontrará con un Contador recién liberado de su castigo -expira el 5 de agosto- y, presumiblemente, rabioso y temible. Merckx dijo ayer que si regresa, ese Contador puede sacar un día a todos los demás en la Vuelta. Cobo reaccionó diciendo, medio en broma medio en serio, que se tendría que replantear el objetivo de la Vuelta. Antón, en cambio, desea medirse a Contador. "Me viene bien que corra porque me quita presión. Él será el foco de atención. Además, ganarle, me va a valer mucho más".