bilbao. El Mundial de Egoitz Murgoitio duró cuatro pedaladas. La quinta la dio al aire en medio de la estampida que era la salida, justo cuando había estrujado la maneta del cambio para bajar los piñones y lanzarse queriendo, deseando también, comerse las mullidas dunas de arena de Koksijde. La inesperada circunferencia en el vacío desequilibró al vizcaino, le volteó el cuerpo hasta dejarle colgando del manillar y pese a que creyó ser capaz de dominar la situación en un ejercicio de trapecista colosal, la deriva le empujó contra las vallas como el mar fiero arrima a las rocas a los barcos en desgobierno. Cayó al suelo. Cuando se levantó, un acto reflejo y meteórico, tenía todo el cuerpo magullado, pero no se lamió las heridas. Agarró la bici, vio que tenía destrozada una maneta y calculó que incluso así sería capaz de alcanzar el control para reciclarse. Dejó de redescribir su trayectoria en el Mundial cuando reconoció el pedazo de metal alargado en el suelo, desparramado a unos metros. Era su cadena. Murgoitio estaba tirado. Abandonó. Lo que ocurrió después lo vio por televisión. Y lo escuchó en directo. Lo retransmitieron 55.000 rugidos flamencos.

Esto es a lo que asistió Murgoitio entre furioso y resignado: a un amanecer atronador de Niels Albert, el príncipe, campeón del mundo en 2009 y lastrado desde entonces por lesiones y las caídas, la última, esta misma temporada, cuando un coche le atropelló mientras entrenaba, le partió la clavícula y le tuvo media campaña en barbecho, sin competir. De ahí, quizás, la rabia con la que le hincó el diente al Mundial. De ahí, quizás también, la mirada negra, de carnicero. De ahí, la pedalada resuelta, los martillazos a los pedales para surcar los mares de arena, toneladas y toneladas de arena que envolvían las lomas de Koksijde. Y cuando la bicicleta encallaba en las dunas, la zancada precisa, ágil como si su cuerpo no pesara, fuese de papel o levitara. Acabó en el cielo. Arcoíris.

Lo que todo el mundo, sin excepción, entiende como un suicidio, un ritmo insostenible, es la primera línea de la crónica de una hazaña. Lo comprende de inmediato Stybar, el checo defensor del título, que se arrima a Albert, escucha sus bufidos de animal desatado, observa la plasticidad deliciosa de sus movimientos, calibra la capacidad voltaica de sus músculos y en un acto de resignación le ve marchar y se deja engullir por la arena. Stybar es el primero que sabe lo que va a ocurrir.

Duelo Pauwels-nys Nadie más volverá a ver de tan cerca a Albert. Al final de la primera vuelta, Pauwels sale en su busca. Le avala la fe acumulada en un año magistral. Es el ganador de la Copa del Mundo, el hombre que ha maleado a su antojo al gran Nys. Cuando comienza el segundo giro, está a cinco segundos. En solo una vuelta, se quiebra su convicción. Albert triplica la ventaja. Es un momento crucial. Pauwels exprime al máximo su potencial y no es capaz de acercarse a la cabeza. Eso le hace dudar. Medita. El corazón palpita desbocado, pero la conclusión es puramente racional. Se rinde. Es el segundo en saber quién ganará el Mundial.

El tercero es Sven Nys, la leyenda con un único Mundial, el de 2005, una injusticia manifiesta. Acelera en la cuarta vuelta y se ensambla a Pauwels. El enfrentamiento es el esperado. Juntos, los dos mejores de la temporada. La rivalidad vitamina la cabalgada exitosa de Albert porque hace discontinua la persecución. Nys y Pauwels avanzan a impulsos; Albert es un proyectil que no aminora la velocidad. Nys, además, se equivoca en la estrategia. Deja que entre primero en cada tramo de arena Pauwels, que se muestra torpe, se desequilibra con asiduidad y encalla demasiadas veces. Así, pierden de vista a Albert hasta en las zonas de mayor perspectiva. Son 32" en la quinta vuelta, 42" en la sexta... En la séptima el dúo deja de mirar adelante y gira la cabeza. Otros cuatro belgas les enciman.

Son Peeters, Meeusen, Aernouts y Vantournout, que llegan con una marcha más y con hambre de medalla. Nys es el que peor se adapta a la nueva situación. Está molido. La tunda que se ha dado le hace claudicar en el último giro mientras Pauwels aprieta los dientes y no concibe la rendición. Se pega con Aernouts, con Meeusen, a los que somete finalmente, pero se le cuela Peeters, que caza una plata fantástica.

Gana Albert y Bélgica avasalla: copa las siete primeras plazas y firma el sexto triplete de su historia.