Un deporte con pies de barro
La precariedad, un delicado equilibrio entre pasión y necesidad, vertebra la vida de los ciclocrossistas vascos y estatales, que se miden hoy a los belgas en Koksijde
bilbao
Aquí del ciclocross se puede sacar para vivir al día, no para pensar en el futuro", viene a decir Isaac Suárez, que no vive del ciclocross pese a ser el campeón estatal de la especialidad -batió hace unas semanas a Murgoitio en Gandía-. Es el pan de cada día del ciclocross vasco y estatal, una modalidad con pies de barro, precaria. Subsiste en un delicado equilibrio entre la pasión personal, las cosas inexplicables del corazón, y la necesidad racional de vivir, de comer. Son historias como la de Suárez las que alimentan la admiración por un deporte en el límite de lo ingrato, por sacrificado. Hay más relatos. El de Aitor Hernández, el de Javier Ruiz de Larrinaga, el de José Antonio Hermida o el de Egoitz Murgoitio. Los cinco se miden hoy a los terribles belgas, donde el ciclocross tiene rango de deporte noble, en el Mundial de Koksijde.
A Suárez, el título estatal le ha llegado en el momento más inesperado, con 32 años y cuando ya se estaba marchando y había dejado de ser ciclista a tiempo completo. El pasado año, el patrocinio público desapareció de su maillot y le obligó a hurgar en el mercado laboral. Encontró algo en una megatienda de deportes de un centro comercial, en Cantabria. Pero le acabaron agotando los viajes. Vive desde hace dos años en Bilbao, en San Adrián, y trabaja en Kilate's, la tienda de platería del Casco Viejo bilbaino que pertenece a la familia de su mujer. Fuera de temporada ficha a jornada completa; durante el invierno, trabaja la mitad, por las tardes después de entrenar por la mañana -elige casi siempre la zona de las Encartaciones-, y libra cuando compite o viaja de concentración al norte de Europa.
"esto cuesta dinero" "Yo estaba dejándolo poco a poco", dice Suárez, a quien el título estatal ha hecho replantearse su futuro. Estirará, al menos, una temporada más su dedicación al ciclocross pero lo compaginará, como ha hecho este año, con la atención a su sobrino Kevin y a los Gómez, los gemelos vizcainos a los que prepara. Los cuatro corren en el Bio-Racer -ropa deportiva-, un proyecto en expansión que gestiona Pedro Larraioz y que desea establecerse en Bélgica, la cuna del ciclocross.
"Esto cuesta dinero, solo la pasión explica que sigamos aquí", reflexiona el cántabro.
Para Aitor Hernández, ermuarra que vuelve al Mundial diez años después de disputarlo en categoría junior, la pasión tiene un límite. Es un motor que revienta cuando se convierte en motivación exclusiva. "No se puede aguantar perdiendo dinero mucho tiempo", lamenta el vizcaino, que salió despedido de la carretera y regresó al barro en 2010. Lo hizo tan bien que Orbea se ofreció a aportarle todo el material -ropa, bicicletas, repuestos... Una ayuda enorme-. Pero no tiene sueldo y tira del paro, que se le acaba este año. Aitor ha sido, tras el inalcanzable Murgoitio, el mejor ciclocrossista estatal de la temporada. Ha ganado cinco carreras y ha sido diez veces segundo. Espera que ese aval sea suficiente para mantener el patrocinio de Orbea y encontrar apoyo económico para no salir a deber, "que es lo que me ocurre ahora".
De la pérdida está libre Larrinaga. Le otorga ese privilegio su andadura en los tres últimos años, donde ha sido el gran dominador estatal y ha sumado tres títulos consecutivos hasta caer derrotado hace unas semanas en Gandía. MMR y Spiuk, principalmente, permiten al alavés centrarse en el ciclocross. Le llega para permitirse correr en Europa sin poner de su bolsillo, aunque no siempre ha sido así. Antes de alcanzar ese equilibrio, Larrinaga, siendo ya campeón estatal, trabajaba de camionero durante los periodos de descanso.
Murgoitio, la excepción Hermida no necesita el ciclocross para subsistir. Vive del mountain bike. Es campeón del mundo en 2010 y uno de los aspirantes al título olímpico en Londres. Hermida es el tipo que, conocedor de la humilde realidad del ciclocross, no pidió nada, salvo que le invitasen a un txakolí, cuando el organizador de la carrera de Elorrio, el pasado mes de diciembre, le preguntó cuánto o qué quería a cambio de correr la prueba.
Tras la de Hermida, la situación más desahogada es la de Murgoitio, que es la excepción del ciclocross estatal. Al de Abadiño le respalda Hirumet, una empresa que se dedica a la selección, preparación y venta de chatarra de calidad. La compañía vizcaina entró en el ciclocross sin saber lo que le aportaría y se ha maravillado tanto con los resultados que ha redoblado su apuesta para crear la estructura más poderosa del ciclocross vasco en la que cohabitan el propio Murgoitio, y los jóvenes Jonathan Lastra y Pablo Rodríguez.
Murgoitio, de todas maneras y pese a que su ascendente crece en Bélgica, donde cada vez es más respetado y admirado, está lejos de ser Sven Nys, cuyo sueldo está en torno a los 500.000 euros. No le rodea el lujo al vizcaino. En diciembre corrió la Copa del Mundo de Koksijde -el mismo circuito entre dunas donde se disputa hoy el Mundial-, se aseó, se montó en la caravana, viajó desde Bélgica durante la noche, recorrió 1.300 kilómetros por carretera, llegó a las 7.00 de la mañana a casa y venció poco después en Elorrio. Ese día se habló de él como de un héroe.
Hay más. En el Mundial no está Aketza Peña, pero el de Zalla encarna como nadie la miseria del ciclocrossista. Comenzó la temporada fuera de foco porque trabajaba a tres turnos en una empresa de producción de vidrio de Laudio. Pasaba ocho horas de pie. A veces salía a entrenar a oscuras, antes de ir al trabajo. Otras, nada más llegar. "No sé cómo explicar por qué lo hacía". Un ERE en la empresa dejó sin trabajo a Aketza, pero le concedió tiempo para entrenar. Su final de temporada ha sido sobresaliente. Se acercó al nivel de Aitor Hernández, fue cuarto en el Estatal de Gandía y estuvo a punto de ser seleccionado para el Mundial.