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El rastro de Igorre en Pontoni

El italiano recuerda para DEIA su paso por la cita vizcaina, en la que ha ganado más veces que nadie

El rastro de Igorre en PontoniDEIA

BILBAO. SI hablas con él, dale muchos recuerdos. Y dile, por favor no se te olvide, que le invito a venir este domingo a Igorre. Sería emocionante que volviese", ruega Juan Mari Zurinaga con la mirada encendida cuando le mencionan una conversación con Daniele Pontoni ahora que el ciclocross de Igorre celebra su 35ª edición. El italiano es venerado en la localidad vizcaina como un santo. Tiene hasta un monolito en su nombre en el barrio de San Kristobal, junto a la antigua taberna de Alejandro Pantxike donde nació y se disputó la prueba hasta que la Copa del Mundo forzó una reconversión y el circuito bajó de la montaña y se acodó junto al río. El monumento se levantó hace ahora diez años, coincidiendo con el 25º aniversario de la carrera. En su inauguración estuvo, claro, Pontoni, que entre 1992 y el año 2000 ganó seis veces en Igorre, más que nadie hasta el momento. Dejó huella el italiano. Porque descifró como ninguno el código encriptado que conducía al éxito en Igorre; y porque en lugar de arrogante e indiferente, se mostró sencillo y sociable, seductor italiano, y mezcló maravillosamente con el público y los organizadores. Pontoni venía a correr a Euskadi en zapatillas. Estaba en casa. "Yo recuerdo el Mundial de Corva -Italia, 1993-", rescata Jon Ander Gorospe, cofundador y voz de la carrera; "durante una vuelta, Pontoni nos reconoció entre la gente y con esa gracia que él tenía nos gritó: 'Lasterketa burua'. Y sonreía, siempre sonreía".

Incuestionable la profundidad de la huella que dejó el italiano en Igorre, ¿a cuántas leguas quedó grabado el rastro de Igorre en las entrañas de Pontoni?

"Muy hondo", responde el propio ciclista, que atiende a DEIA desde Italia. "A la gente de Igorre la llevo muy dentro en el corazón. Lo que allí viví durante tantos años es algo que jamás olvidaré", dice después de escuchar la oferta de Zurinaga para asistir este domingo a la prueba y excusarse porque le es imposible. "Es tentador, pero no puedo. El domingo cumple años la mamma y, además, está el trabajo, que me retiene".

Retirado en 2004 tras ganar dos Mundiales -uno amateur y otro profesional- y once títulos de Italia, todos desde 1994, desde hace un par de años dirige la escuela de ciclismo Mont di Bike, en la comuna de Forgaria (Friuli), un paraje a los pies del Monte Prat. En el mismo lugar ha levantado un albergue, La Casa per Ferie, económico, para jóvenes, con medio centenar de camas.

Desde ese paisaje recuerda su década prodigiosa en Igorre.

"Corrí por primera vez en 1992 cuando el circuito subía hasta San Kristobal", rememora. Entonces Pontoni no era una figura. Simplemente, un especialista italiano de 26 años que había perdido unos cuatro de ciclismo ovillado en la indefinición adolescente. Por la "locura de la juventud" estuvo cuatro años sin correr en la segunda mitad de la década de los ochenta. En ese periodo viajó a Argentina y vivió durante unos meses en casa de su tía. Volvió a Italia para seguir trabajando. Era mozo en el restaurante da Brando, en Variano, el pueblo de Udine donde había empezado a andar en bicicleta. En Variano, a dos kilómetros de su casa, vivía también Luigi del Bianco, que una noche se presentó a cenar en el restaurante donde trabajaba Pontoni con algunos responsables regionales de ciclismo y le preguntaron si quería ser juez en las carreras. "¿Juez?", contestó el chico; "si piso una carrera es para volver a correr". Tenía entonces 23 años, pero su recuperación fue meteórica.

En Igorre aterrizó en diciembre de 1992, semanas antes de ganar el Mundial aficionado en Leeds. Llegó con Claudio Chiappucci, segundo del Tour, tras Indurain, unos meses antes, y al que la organización pagó cerca de un millón de pesetas por correr. Lo de Pontoni fue un flechazo. Le fascinó el circuito. "Era duro pero exigía técnica. Incluso cuando bajaron de San Kristobal y lo pusieron cerca del río por exigencia de la Copa del Mundo, Igorre no perdió su esencia". Para Pontoni, las características de la prueba vizcaina simbolizan la propia naturaleza del ciclocross, donde han de confluir fuerza, destreza y clarividencia. "Para mí Igorre representa la pureza del ciclocross", abunda en la idea el italiano. "Para ganar allí hacen falta piernas, manos y cabeza. Cuando todo cuadra y ganas, sientes que has sido el mejor en todo, sin duda. No hay interpretación posible. No queda en el aire ningún quizás. Es el ciclocross perfecto y, dentro de la modernidad, mantiene su perfil clásico. Eso es bueno porque no me gustan esos circuitos modernos en los que se corre a 40 por hora y hay 20 ciclistas dándose codazos durante toda la carrera".

el estómago Al aprecio deportivo -"era un circuito que me venía perfecto"- se sumó rápidamente un vínculo casi fraternal con la afición vasca. "No sé por qué, desde aquella primera vez que corrí y gané se creó algo especial. Fue como si nos hubiese unido un hilo de... No sé, era un cariño que no he sentido en ningún otro lugar. Me querían. Lo notaba en cómo me trataban". No era solo en Igorre. "Durante los Mundiales les reconocía fácilmente. Me trataban como a un vasco más". A él, a Pontoni, le ganaron por el estómago. "Las comidas, las comidas. Recuerdo sobre todo las comidas antes y después de las carreras. Y aquella cosa, cómo se dice... El jamón, sí, el jamón jabugo. Delicioso".

El monolito de San Kristobal, dice Pontoni, condensa el vínculo entre Igorre y el ciclista. "Allí se refleja que nadie ha ganado esa carrera tantas veces como yo; y, al revés, no hay una carrera que yo haya ganado tantas veces. Eso para mí quiere decir que yo significo tanto para la carrera como la carrera para mí". ¿Tanto como para regresar este año? "No, este año no porque está el cumpleaños de la mamma, pero para el próximo lo organizamos y vuelvo para escuchar aquello de... ¿cómo era? Sí, claro: lasterketa burua".