Un pelotón de anécdotas
La familia de la ONCE se reencuentra años después en una cena en Madrid
bilbao. La noche, la del reagrupamiento de la ONCE en el Asador Donostiarra, empezó y acabó siendo un Tour por la memoria. A Herminio Díaz Zabala, integrante junto a Peio Ruiz Cabestany, Pedro Muñoz y otros de aquel primer equipo ONCE de 1989 y, a la larga, el ciclista que más veces ha vestido el maillot del equipo -más de mil carreras en diez temporadas-, le cayeron los recuerdos con la nostalgia de una tarde de lluvia otoñal.
Por la mañana coincidió, entre otros, con Alex Zulle en un partidillo de fútbol que organizó Perdiguero en San Sebastián de los Reyes. El cántabro no pudo evitar sonreír. Recordó al simpático suizo en el Tour de 1992, en la primera etapa, Donostia-Donostia, tras el prólogo que había ganado Indurain y en el que Zulle fue segundo. En esa etapa bonificó y era líder virtual cuando el pelotón, bajo la lluvia, estaba a los pies de Jaizkibel. "Allí se le rompió la zapatilla y no tenía repuesto. Le tuvo que dejar Aldanondo la suya y así, con una zapatilla de cada madre, se vistió de líder en el Tour". De Marino Lejarreta no olvida Herminio su calma infinita y envidiable. Ni su manía de ir siempre a cola de pelotón. Ni su carisma, claro. "El más grande de los grandes", le suele etiquetar David Etxebarria.
Cuántas historias. En Madrid se presentó Miguel Morrás, campeón del mundo junior en 1994. Un fenómeno. Solo estuvo un año en aficionados y fue tercero en la Bira. Luego, lo fichó Manolo. Su travesía profesional fue un calvario. Le martirizó una grave lesión de rodilla que le retiró en 1999. Tenía 23 años y tiempo suficiente para redirigir su vida. Estudió en Londres y en Nueva York y se metió en el pelotón de las finanzas. Estuvo en Wall Street. Y en Brasil. Ahora vive en Estado Unidos. Es un crack de los negocios.
Etxebarria recordó las primaveras en la Costa Azul, a solas con Jalabert y Manolo, para preparar la sanremo. Y Díaz Justo siguió mirando a Olano con la admiración de siempre. "Yo he estado con ese tío en Sierra Nevada y le he visto subir hasta cuatro veces ese puerto. Nunca he conocido a nadie que se entregara tanto como Abraham". Manolo Saiz lo vivió como un padre que se reencuentra con sus hijos. Los hubiese abrazado a todos como aquella tarde de la Vuelta de 2003 en la que Isidro Nozal, líder, se echó en sus brazos y llorando le rogó que le quitara esa losa de encima, que él lo que quería ser era camionero. Ayer no hubo lágrimas. Todo fueron risas. Y sonrojos. Y alguna reflexión como la de Herminio, que se dio cuenta de que había pasado casi más noches con aquella gente que con su propia familia.