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El Rey Sol huye de las tinieblas

El Rey Sol huye de las tinieblas

El mismo sol -ayer azote de justos y pecadores...- no ve hasta que el cielo se aclara. La frase es propiedad de William Shakespeare, compatriota de Christopher Froome, el ciclista inglés al que la Vuelta se le desangra por segundos. Tantos días entre tinieblas cuando estaba llamado a ser El Rey Sol de esta carrera, que hubo quien se frotó los ojos cuando la silueta de Igor Antón se recortó, en solitario, sobre el asfalto de la Gran Vía. Un claro se abría en su negra Vuelta y coronaba al hombre más esperado del día cuando, bajo el sol de mediatarde, cruzaba la línea de meta. Momentos antes, sonaban tambores de guerra, la voz crespa de quienes hubiesen preferido que la Vuelta no pasase por estas tierras. A su paso, sin embargo, las lanzas se tornaron cañas. Era el águila de las tierras del norte lanzándose sobre su presa. La victoria, jaleada en todo el recorrido, baña en oro el año grande de Euskaltel Euskadi.

Para entonces le esperaban, en la planicie de meta, un tropel de seguidores. El arrebato de ver a uno de los nuestros tocar el cielo con las manos le llevó al alcalde Iñaki Azkuna a cruzar la calzada tras la línea de meta camino del podio instantes después, con el riesgo de verse alcanzado por las máquinas veloces que le perseguían. Fue una de las imágenes de la tarde.

¡Pasen y vean! Un río de cables, unidades móviles que recordaban a las jaimas del desierto (con el día que hizo el simil es casi obligado...), el trajín de los organizadores que van y vienen en aparente desorden (Marcos Muro, el hombre del Bilbao de las proyecciones al exterior era un manojo de nervios...), la voz tronante del speaker, el baile de las azafatas, las bandejas cargadas de canapés, las gorras y camisetas de la tienda de la Vuelta, un caricaturista... En las pistas laterales del gran circo de la Vuelta la actividad no cesa. La triatleta Virginia Berasategi vive las últimas pedaladas de Igor con indisimulada emoción. Ella se ha visto en esas y sabe como bombea la sangre del cliclista dentro del pecho. "Como un torrente", dice. Junto a ella, Eneko Baena e Idoia Pérez exhiben la media luna de su sonrisa. Aplauden como locos. Lo mismo hace Ricardo Barkala, quien se abalanza sobre las vallas cuando en las pantallas de plasma de la Zona Vip aparecen los jardines de la plaza Elíptica. En esa hora feliz no hay colores y en escena aparecen Idoia Mendia, Alfonso Gil, Txema Oleaga, Goyo Zurro, Sabin Anuzita, Andoni Aldekoa y un sinfín de políticos que se arremolinan para ver pasar la exhalación. Unos metros más arriba, Marisa Arrue mira el espectáculo con frialdad y distancia. Ella está allí, parece, sólo para dar testimonio de que la Vuelta es a España...

No es esa la actitud reinante. Tomás Sánchez, amo y señor de la Casa Vasca, saluda a los doctores José Luis Alcibar, María Isusi, Javier Fuentes y Alvaro Gorostiaga antes de que Igor aparezca; los tíos de El Caimán de la Gran Vía (el mote es hijo de Javier Bengoetxea..), el pintor Anton Hurtado y Leopoldo Antón cierran los puños en señal de alegría. Antón Taramona señala uno de los edificios nobles de la Gran Vía, condecorado con una ikurriña. y precisa. "Es mi casa". La emoción late a flor de piel a ras de meta donde Roberto Laiseka, David Etxebarria, el presidente de Bizkaia Bilbao Basket, Pedja Savovic; EnriquerThate, el hombre fuerte de Vodafone, José Antonio Gomara; K-Toño Frade, Gonzalo y Antonio Galarza, Dorleta Zubero, Koldo Martín, Xabier Artetxe, con su hijo Eñaut en brazos, Julen Zubero, Joserra Álvarez o Jesús y Carlos Berzosa, reyes del Beraia, vibran. Tras el podio, entre cables y mecánicos, Miguel Madariaga llora. El pueblo lo celebra.