BILBAO. Dijo Contador hace dos años que tuvo que ganar su segundo Tour en la carretera y fuera de ella. Se refería el pinteño a la difícil convivencia con Lance Armstrong y su trouppe. Esa afirmación escondía una gran verdad, la de esa carrera paralela que acontece antes, durante y después del desarrollo de cada etapa y que culmina en la tranquilidad, o no, de los hoteles, lugares de paso donde el ciclista y su bicicleta dejan de ser protagonistas activos y se convierten en material sensible que hay que cuidar y proteger.
Masajistas y mecánicos, esos ángeles de la guarda que vigilan cada esquina, libran su batalla contra el tiempo para que todo esté en su sitio, para que el corredor solo tenga que preocuparse de la recuperación tras el esfuerzo. Quiso el destino que la Vuelta llegara sin resolverse a Bilbao y, aunque muy cerca del alcance de la mano de Juanjo Cobo, en esa estrecha franja de trece segundos cualquier descuido puede ser fatal. Un alimento en mal estado, un aire acondicionado traicionero, una pieza que falla en la máquina pueden tumbar el trabajo de tres semanas.
En su llegada a Bizkaia, los equipos se repartieron en diez alojamientos. En el Hotel Gran Bilbao, situado en la subida a Miraflores, convivían en perfecta armonía el Vacansoleil, el Liquigas y el Geox, el equipo de Cobo. Autobuses, furgonetas, coches y bicicletas cabían en el pequeño aparcamiento, lugar donde las esperas se hacen eternas. Acabada la etapa con una fecha más tachada en el calendario, los vehículos comienzan a llegar apresurada y escalonadamente mientras algunos aficionados aguardan el autógrafo de sus ídolos.
Los auxiliares del Geox se mueven inquietos. Hay que cortar el tráfico para que los coches accedan sin perder un segundo. Hay que tener todo preparado para que el líder se tumbe en la camilla y disfrute del relajante masaje. Su bicicleta quedará a buen recaudo de los mecánicos que la dejarán reluciente y lista para la batalla que llevará a Gasteiz. Y, sobre todo tras días como el de ayer, hay que cuidar la alimentación durante y después de la carrera. En los comercios cercanos se adquieren las viandas, en cantidad bien medida para ni pasarse ni quedarse corto.
Joxean Fernández Matxín, el director que está a punto de ganar su primera Vuelta, se reconoce "demasiado meticuloso" a la hora de vigilar estas tareas, pero a la vez se deshace en elogios hacia los auxiliares del Geox. "Son perfectos. Los mecánicos hacen fácil lo difícil, los masajistas ejercen de psicólogos. Pero sobre todo son fieles, creen en mí y eso es lo que más valoro", reconoce. De ellos será también el triunfo de la Vuelta: "Sin ellos Cobo no tendría sus gominolas en la meta, no tendríamos el autobús que tenemos, la buena ubicación en la meta... Si yo soy buen director, es por ellos". Llevar el liderato aumenta la tensión, la necesidad de realizar una tarea pulcra, "pero también acaba recompensando un trabajo otras veces ingrato". Al final, la suma de muchos factores lleva al éxito a partir de que, insiste Matxín, "el corredor se sienta querido y, sobre todo, respetado".
Ilustra el basauritarra el éxito con detalles que a veces parecen nimios, como el del Angliru. "Allí, además de felicitar a Cobo por coger el liderato, felicité a los mecánicos". Resultó que Shimano, proveedor técnico del Sky, proporcionó al equipo inglés un cambio electrónico que dio problemas a Wiggins. "Como no somos Pro Tour, aún llevamos el mecánico. Eneko, Rayi, Termin y Manero, sin ingenieros a su lado, lograron que pudiéramos correr con un 34-32 que parecía imposible", agradece Matxin.
O como ese otro día que, sin nombrar al pecador, el director del Geox se llevó a sus corredores "al mejor restaurante" por considerar que la calidad de la comida del hotel asignado no era apropiada. Todo suma para descontar días, para ir "ganando match-balls" en el camino hacia lo más alto del podio de Madrid.