La bilbainada de Antón
El de Galdakao se impone en el regreso de la Vuelta a Euskadi tras llegar en solitario a Bilbao y firmar una etapa colosal, en la que contó con la inestimable ayuda de Verdugo y de un público entregado
Bilbao. Para describir aquel Bilbao del 57 que recibió a Loroño como ganador de la Vuelta, el campeón vizcaino solía limitarse a responder cuando le preguntaban con una sola palabra: "Apoteósico". Esa noche llovió. Agua de Bilbao. Aquel maillot amarillo acabó, junto a los trofeos del Athletic, a los pies de la Amatxu de Begoña.
Cuando, tantos años después, pasaba por allí, junto a la basílica, un escalofrío recorría de punta a punta el breve y curvado espinazo de Igor Antón. En su oído, los puños asomados por la ventanilla abierta del copiloto del coche de Euskaltel-Euskadi, reverberaba la voz encendida de Miguel Madariaga, que es tan devoto de la Amatxu como del escalador vizcaino. Le quiere como a un hijo. Lloraba. A cada imagen suya en la pantalla gigante de la Gran Vía le seguía una lluvia de palmas acaloradas. Hacía 40º grados. No era eso. Las fogatas humeaban desde las entrañas. Muchas fogatas, mucho humo, mucho calor. Aquello era un incendio. Ardía Bilbao. Lo estaba quemando Antón. Cuando apareció al fondo, en la plaza Elíptica, al principio de una recta de meta larguísima, el zumbido fue aumentando hasta alcanzar la cima de los decibelios. Tronó cuando ganó. A Igor le acorraló contra las vallas una nube de periodistas. Del público salían manos desesperadas que le querían tocar. De sus bocas, su nombre: "¡Igor! ¡Igor! ¡Igor!". Un chico, Andoni, se coló entre las piernas de los periodistas y le pidió un deseo. "Igor, dame los guantes por favor". Antón se los quitó y se los dio. Y así todo el rato. Igor, que estaba fundido, las piernas como palos, pero eufórico, dio unos saltos abrazado a Charly y la familia. Qué subidón. Y no acababa. Le lanzaron una gorra y la firmó. Luego, se lo tragó el protocolo: subió al podio y se le escurrió entre los labios un "mecagüen la puta" liberador; bebió cava, un trago largo; repartió besos a discreción; miró al cielo alto y azul de Bilbao; se bajó de aquel pedestal y habló y contó cómo fue su día maravilloso una y mil veces, "el día soñado", decía. Pasó más de una hora, mucho más, dando vueltas de micrófono en micrófono, de abrazo en abrazo, entre los camiones rojos de la Vuelta. Cuando volvió a pisar la Gran Vía, se encontró frente a un muro: más de un centenar de personas le estaban esperando. Niños, aitas, amas, adolescentes… De todo. Agitaban pancartas, gritaban su nombre… Apoteósico. Algo así debió pasar en el 57. Algo así había soñado Antón.
La noche anterior se lo contaron por teléfono. Le dijeron que se iba a liar gorda, que aquello iba a ser una cadena humana de arriba abajo, que se preparara, que ya vería. ¿Dónde? En El Vivero, claro. Su montaña. Estaba escrito en el suelo. "Fuji", "Igor", "Antón". Sus amigos la marcaron con pintura blanca. Con eso soñó Antón cuando se acurrucó entre las sábanas en el hotel de Euskaltel-Euskadi en Hoznayo. Con que la liaba. En su casa. En el pasillo de El Vivero.
Por él iba. En zapatillas. Lo ha subido tantas veces… Allí se hizo ciclista. Allí se levantó ayer.
Las caídas Él, que se había vuelto a caer. Llegó a la Vuelta a luchar por ella y en una semana todo se fue al traste. Eso desmoraliza a cualquiera. No a Antón. No a este Antón al que la vida le ha enseñado a rehacerse, a no hincar la rodilla, a que no hay nada más hermoso que la redención. ¡Qué bello es resurgir! Lo viene haciendo desde 2008. Aquel año se cayó bajando El Cordal en la Vuelta y, aparte de perder la rueda del podio al que aspiraba, se partió la cadera. Terrible. Tardó en recuperarse. 2009 fue un año horrible. No levantaba el vuelo. La cadera, sí, la cadera, pero peor aún era la fractura personal. Le dolía el alma. Cosas del corazón. Peor era lo de ama. Le detectaron un cáncer del que ya está recuperada. Igor se tambaleó. Y, dicen, que aquello le endureció. Nunca fue más fuerte que en la Vuelta de 2010, su primera resurrección. Había ganado dos etapas, era líder y, maldita sea, un palo se cruzó en su camino en Peña Cabarga. Se cayó. Estaba otra vez en el suelo. Tardó poco en levantarse. Medio año. En el Zoncolan, en mayo, estaba otra vez arriba.
Desde esa atalaya italiana divisó la Vuelta. Como en 2010 estuvo tan cerca... Soñaba con ganarla. Con llegar a Bilbao de rojo. "¿Te imaginas?", se decía. Y se respondía: "Sería la leche". Se la dio. Estrellado. La primera semana. No le iban las piernas. No eran las de 2010. Un Giro durísimo, una gastroenteritis en el camino hacia la Vuelta… "A veces haces las cosas bien y el resultado no es el que esperas", reflexionó Antón, que sufría y sufría. En Sierra Nevada, en Valdepeñas, en La Covatilla, en La Manzaneda, en La Farrapona... Estaba, otra vez, abajo. Malo. Lo bueno: solo podía mejorar. Subir.
y la ascensión Empezó en el Angliru. ¿Dónde mejor? Allí fue sexto. Otro peldañito escaló en Peña Cabarga. Quinto. "Aquello me dio mucha moral", dijo ayer. Pensaba en Bilbao y en las dos subidas al Vivero, el puerto asfaltado con su nombre. Pensaba en llegar escapado. Así: con más de cuatro minutos de ventaja y escoltado por el abnegado Verdugo -"he ganado por él", se descubrió luego-, Bruseghin y Dyachenco. Pensaba en disfrutar. "Es lo que hice en la primera subida. Iba alegré y disfruté. No me importaba si luego no ganaba", contó. Subió con la cabeza alta y la mirada distraída. Saltaba de rostro en rostro. Algunos los conocía y se entretenía con ellos. Se ponían a la par y hablaban. Antón jugaba Antón. Se divertía. La segunda subida fue otra cosa.
Fue algo serio. "Fui con ganas de morirme". De ganar. Agachó la cabeza y escuchó a Gerrikagoitia. "A tope, a tope", le acosaba. Atacó de lejos. Desde su casa. Nada más empezar. En Galdakao. Agachó la cabeza y pedaleó con rabia. Fueron cuatro kilómetros agónicos por el pasillo del Vivero. Entre ikurriñas, banderas del Athletic, camisetas naranjas y pancartas que recordaban a los presos vascos. En ese océano resurgía Antón. "Me moría", dijo. Y de ese océano bebía. "Las fuerzas las he sacado de la gente, de la familia, los amigos, la afición...". Y Gerri, claro, Gerri. "A tope, a tope", le gritaba el director vizcaino que sentía cómo las ruedas del coche pasaban por encima de los pies de los aficionados, que notaba los golpes, que tenía el corazón en un puño. Se liberó al salir de aquel túnel. Contó los segundos. Más de 30 con Bruseghin. "Ganamos".
Quedaba bajar. Por Santo Domingo. Y subir. El repecho de la basílica de Begoña. Allí sintió el escalofrío Antón. Y lloró Madariaga. En la Gran Vía fue la apoteosis. Como en el 57 o así, cuando ganó Loroño la Vuelta en Bilbao.
Esta es de Cobo. Casi, casi suya. Al cántabro solo le queda Urkiola porque ayer, lejos de Antón y su estela de histeria, Froome no pudo despegarse del líder. "Tiene una arrancada fuerte y lo ha intentado, pero he resistido bien. En ningún momento he estado contra las cuerdas", dijo Cobo, que defiende hoy los mismos 13 segundos de ventaja que conservó, intactos, ayer.