TOLEDO.- "El ciclismo necesita cosas nuevas", dice Angelo Zomegnan, director del Giro que ahora que hay un italiano a punto de ganar la Vuelta -50 segundos de ventaja tiene Nibali sobre Mosquera después de la feroz llegada de ayer a Toledo, donde el gallego se dejó 12 segundos valiosísimos tras el final feroz que sublimó la fortaleza de Gilbert- anda estos días grises de tensa espera por Madrid con su colega Javier Guillén, que le aprecia y le admira como a un maestro.

Zomegnan, a diferencia de Guillén, que procede del universo de los despachos, ejercía la abogacía antes de echarse la Vuelta a la espalda, es una biografía montada en bicicleta. Su padre trabajaba en la fábrica Bianchi, la marca de bicis ligada para la eternidad a la figura deliciosa y divina de Coppi; vio correr a los grandes campeones de la historia, desde Anquetil hasta Contador, y cubrió 25 ediciones de la carrera rosa como periodista de La Gazzetta dello Sport, de 1979 a 2004, antes de tomar el relevo de Carmine Castellano como director del Giro. Pero, sobre todo, Zomegnan es la añoranza, la melancolía, el romanticismo italiano, el recuerdo de Vincenzo Torriani, gran santone de la corsa rosa desde 1949 hasta 1989.

Torriani, cuentan, fue el número uno de los patrones, por encima de "Monsieur" Levitan o Jacques Goddet, por su imaginación. Era un visionario, un introductor que inventó la crono por equipos, la cronoescalada e hizo que los ciclistas pasaran por la plaza de San Marcos de Venecia cuando en la ciudad de los canales ni siquiera se podía caminar. Torriani le dijo muchas cosas a Zomegnan, pero al ahora patrón del Giro se le quedó grabada una: "Atrévete a convertir cualquier cosa particular en especial".

En seis años, los más delicados de la historia del ciclismo, Zomegnan ha convertido en especial la particular subida a Plan de Corones, que asciende por caminos de tierra y piedras hasta una base militar, o, más recientemente, las veredas vecinales de polvo blanco de la Toscana. De eso va el ciclismo moderno. Las cosas nuevas son las viejas. Las piedras y polvo en el Giro; el pavés en el Tour; y en la Vuelta, los muros de cemento que no llevan absolutamente a ninguna parte. A la Bola del Mundo, el quinto pino al que se llega por una pista estrechísima de hormigón y todo uno que se eleva tres kilómetros por encima de Navacerrada -"es como si hubiesen pegado ahí la subida a Xorret del Catí", traza Mosquera- hasta los 2.247 metros de altitud. Un mirador sobre Madrid cuando la niebla y las nubes no envuelven las antenas que difundían la señal de televisión antes de la llegada del TDT. Un lugar de difícil acceso en invierno, pues lo cubre la nieve, las temperaturas bajan hasta los veinte grados bajo cero y los vientos corren como el diablo, hasta 190 kilómetros por hora, arrasándolo todo a su paso. Así que no hay nada, las antenas y las instalaciones de los trabajadores y, un poco más abajo, un bar de montaña. Y la carretera de hormigón que serpentea y se encabrita -tiene rampas de hasta el 21%- hasta alcanzar la cima de la Bola, el viejo sueño de Enrique Franco, patrón de la Vuelta fallecido hace dos años, que ahora es símbolo de modernidad. De futuro. La bola de cristal.

Una modernidad tan particular, las viejas cosas nuevas, que hará que sólo los cinco primeros de la general, es decir, Nibali, Mosquera, Peter Velits, Frank Schleck y Joaquim Rodríguez, cuenten con la asistencia directa de su equipo, que podrán hacer los últimos tres kilómetros, desde la cima de Navacerrada, en moto. Los demás se tendrán que conformar con los cinco puestos técnicos ubicados cada 500 metros. A la cima no subirá nadie. No hay sitio. Así que los ciclistas se cambiarán y bajarán de la misma forma que tendrán que subir los auxiliares: en el telesilla. Si no llueve. Reza Guillén para que no lo haga.

50 segundos Cuestión de fe es también el desenlace final de la Vuelta. De que la encuentre y confíe en sí mismo Ezequiel Mosquera, el gallego humilde al que quiere todo el pelotón, que pasó seis de los mejores años de un ciclista, de los 24 a los 30, corriendo en Portugal convencido de que jamás lo haría en un equipo español y ahora está más cerca de lo que jamás soñó de ganar la Vuelta con 34 años. El chico de Pino no acaba de creerse que está donde está, defendiendo el honor local frente a un extranjero, lo que le retrotrae a las batallas de Cubino y Escartín contra la armada foránea en los años 90 de monopolio suizo.

De hace 20 años, 1990, es la última victoria italiana en la Vuelta. La consiguió Giovannetti, que sobrevivió a Delgado en la última etapa por la Sierra de Madrid. Ahora Nibali, siciliano, 25 años, joven pero curtido, pues abandonó Messina, el hogar de los padres, con 17 años para irse a la Toscana, la tierra del ciclismo, defiende 50 segundos con Mosquera en la subida al tejado de Madrid. "Le atacaré, que no tenga dudas", le avisó ayer el gallego. "Si quiere ganar, Ezequiel tendrá que atacar desde abajo", le aleccionó Bahamontes. Don Federico se encontró ayer en el podio con Nibali, que deseó quizás tener las viejas piernas del escalador toledano para resistir a Mosquera en la Bola, un puerto que ni siquiera se ha molestado en inspeccionar. "No me preocupa", dijo el italiano; "no lo conozco, pero sí otros puertos similares como Plan de Corones, duros y con mala carretera". Las viejas cosas nuevas que, dice Zomegnan, necesita el ciclismo.