En la salida de Calpe a Xavier Tondo (Valls, Tarragona, 1978) le piden un posado. Le ponen de pie, tieso como un palo, y le dicen que espere. Entonces aparece Carlos Sastre, se coloca delante del catalán, igual de hierático, y la cámara se dispara en una ráfaga de hielo que congela a los dos ciclistas del Cervélo. Ya está. La imagen en sí es una postal de Navidad, el viejo y sabio maestro y su imberbe aprendiz, asceta como él, si no fuera porque Tondo no es un chaval, aunque hable con la ilusión de un juvenil, pues camina ya hacia los 32, y porque supera al maestro en tiempo -le saca minuto y medio en la general-, frescura y salud, y aspira, hasta Antón lo señala como el tapado, al podio de una grande por primera vez en su carrera. Una eclosión tardía que tiene su explicación en el infortunio.
Tondo es una imagen archivada en la retina de Miguel Ángel Iglesias, plusmarquista de las metas volantes de la Vuelta -ganó esa clasificación en cinco ocasiones, todas consecutivas, desde 1987 hasta 1991-, vecino de Valls, dueño de la tienda de bicicletas donde trabajó el muchacho y, en definitiva, su padre deportivo. La imagen es la siguiente, simple pero elocuente: aparece Tondo caminando con una muleta en la mano derecha que le mantiene en equilibrio y una bicicleta que arrastra con la izquierda. "Esa instantánea le define a la perfección. Habla de su tenacidad". Ocurrió en 2000, cuando el catalán era aficionado y vio su prodigiosa carrera guillotinada por un accidente bestial durante una carrera. Se empotró contra un coche mal aparcado en la cuneta. El pelotón venía cortado, en abanicos por el fuerte viento de costado, los ciclistas con la cabeza gacha, la mirada sobre el manillar, entre ellos Tondo, que no vio el obstáculo y se lo tragó. Se partió el fémur por dos partes. Una cicatriz le recorre de costa a costa la parte exterior del muslo derecho y le recuerda que él, delgadito y estirado, poca cosa, es un tipo duro.
"Aquella lesión le marcó", dice Iglesias. "Los médicos le dijeron que sería complicado que se recuperase. Hay pocos deportistas que, tan jóvenes, no hayan arrojado la toalla. Pero Xavier es de otra clase. Su capacidad mental para sobreponerse a los golpes es asombrosa. Nada le tumba".
Tardó dos años en recuperarse. En la calle de Cabra del Camp donde vivía entonces los vecinos aún le recuerdan sobre aquel un rodillo de tres cilindros. Y la muleta al lado.
Una cabra en el camino Por eso tardó en ser profesional. En 2003 corrió, con 25 años, en el Paternina. Pero el debut fue efímero, insuficiente. Duró dos años. Ése y el siguiente, en el que tuvo que emigrar a Portugal. En el invierno de 2004, decidido ya que se recalificaría en aficionados, pura terquedad, pura pasión, volvió a trabajar en la fábrica de cereales en la que había estado los últimos siete años. "Pero ni entonces, camino ya de los 27, sentía que mi sueño se había acabado. Yo siempre quise ser ciclista, desde que era un crío y pese a que en mi familia nadie había practicado ningún deporte. Así que cuando estaba en la fábrica seguía convencido de que volvería a ser profesional. Nunca lo he dudado", concede.
Volvió, claro que volvió. En 2006. Con el Relax. Pero su temporada no fue cómoda. Pilló una mononucleosis, la enfermedad del beso, que le dejó media temporada en barbecho. Y cuando se recuperó, la Vuelta en la cabeza, septiembre de reválida, pleno y deseoso, una cabra montesa se le cruzó en el camino durante una de las etapas de los Pirineos. Con el pie destrozado, tuvo que abandonar. 2007 le fue mejor y ganó la Vuelta a Portugal. Y en 2008, la Subida al Naranco. "Pero en 2009 llegué a la Vuelta convencido de que podía hacer algo bonito y una tendinitis después de la caída de Lieja me dejó fuera. De todas maneras, aquel fue un buen año", apunta el catalán, que fichó por el Cervélo, el equipo del maestro Sastre, la gran oportunidad de un ciclista a contrapié que pedía una tregua para mostrar su talento. Le llegó. Y firmó una primavera excelsa. Ganó una etapa deliciosa en la París-Niza y otra en la Volta a Catalunya. Pero la dicha le duró poco. Poquísimo. Durante la segunda semana del Giro, cuando iba tercero en la general, había sido mejor que todos los favoritos en la primera llegada en alto y se encontraba pletórico. "Y entonces enfermé. Me entró una fiebre tremenda, una infección en el oído… Tuve que abandonar y me puse a pensar en la Vuelta".
De hecho, desde mayo sólo ha entrenado motivado por explotar, al fin, en una grande. Se dijo: "Llegaré bien". No se acordó entonces de su idilio con el infortunio. Le sorprendió a finales de julio. En Polonia. Se cayó y se rompió la clavícula derecha. "Pero no se vino abajo", destaca Iglesias. "Al de dos días estaba en Sierra Nevada, entrenando en el rodillo. Incluso le llamó a Guillén (director general de la Vuelta) y le dijo que contara con él para Sevilla", abunda el ex ciclista catalán, quien insiste en que Tondo es un corredor con talento al que completa una fortaleza mental exagerada. "Los contratiempos le han hecho muy fuerte. Y se puede decir que ahora, con la edad y la experiencia que ha acumulado, está en plena madurez".
"Yo no le doy importancia a los contratiempos, a la mala suerte", opina el corredor. "Me han pasado cosas, es cierto, pero a todo el mundo le ocurren. Yo soy feliz, no puedo dejar de serlo estando donde siempre quise estar. Conozco amigos que tenían muchas más cualidades que yo y ni siquiera han llegado", zanja Tondo, el ciclista de la cicatriz.