Bilbao

Un día cualquiera de febrero, un restaurante cualquiera de Bilbao, un interlocutor cualquiera, una conversación ceñida como el traje de luces de los toreros:

-¿Y si pruebas a llamar a alguien con quien tengas amistad por si queda algún hueco, no sé, en el Cervélo, en el Caisse d"Epargne?

-Imposible.

-¿Y Bingen (Fernández)? Está ahora en el Garmin de director e igual te puede echar un cable porque él te conoce, ya sabe cómo eres?

-Imposible.

-¿Y un equipo de menor nivel, algo continental por aquí, en Italia, Francia??

-Imposible.

-¿Y algo fuera? Quiero decir en Estados Unidos, Inglaterra?

-Imposible.

-¿Y correr gratis? Un tiempo al menos, hasta que amaine.

-Imposible, eso sí que no.

La voz lacónica y concluyente pertenece a Iker Camaño (Santurtzi, 1979), que cuando amanezca este miércoles en París -disputa la París-Correze- y cuente los imperdibles enredados en la palma de la mano para abrazar el dorsal, al fin, un dorsal, a la espalda de su nuevo maillot, el del Endura Racing inglés, habrá puesto fin a su pretemporada más larga, a todo un año entrenando, sujeto a la abnegada rutina ciclista sin saber si correría, sospechando, quizás, temiéndose, el pensamiento fatal, que no volvería a hacerlo jamás. Masticando, en todo caso, lo quimérico que resultaría encontrar nada antes de que se fuese el curso. Resignado. Imposible. No lo era.

"Ahora lo sé, pero en febrero, cuando se habían cerrado todas las puertas y no había nada que hacer, sentía que sería imposible volver a correr esta misma temporada", dice Iker, sobre el asfalto desde las 8.00 de la mañana, seis horas de sesión con el depósito de la motivación rebosante, el hormigueo, la sensación de sentirse, a los 31, un chaval, aquel chico que debutó en el Phonak suizo. "Tengo la misma incertidumbre que entonces, las ganas de salir y demostrar que no se equivocan quienes me contratan, que puedo aportar cosas al ciclismo, que algo he aprendido durante todos estos años". Quizás nunca tanto como en los últimos siete meses. Ningún Tour tan largo, ninguno tan exigente y aleccionador.

Los días vacíos se hacen larguísimos. Más de 24 horas. Muchas más. Se lo discutiría Camaño a cualquier científico. Y le convencería. Por eso, pese al pesimismo que le invadía, siguió andando en bicicleta. Cada mañana. Puntual. La costumbre. "Es que no tenía nada que hacer. Me levantaba por la mañana, miraba las horas que tenía el día? Eran demasiadas para llenarlas con nada. Por eso seguí entrenando, como si aún tuviese como objetivo llegar bien a la siguiente carrera". Ocurre que el pensamiento se escurre siempre hacia la reflexión mientras las piernas repiten el gesto robótico del pedaleo. Pedalea también la mente. Los interrogantes piando como golondrinas. Que si el futuro, ¿qué vendrá?; que si el pasado, ¿qué ocurrió?, ¿en qué rotonda nos desviamos?; que si el presente, ¿sonará el maldito iPhone? Y, sobre todo, los días de más de seis horas pedaleando, la desesperación, el ahogo, la sensación estúpida de estar barriendo la arena de la playa. ¿Para qué?

"Había días malos en los que me lo preguntaba realmente. ¿Qué estaba haciendo? Buff, es duro planteárselo y no encontrar una respuesta concreta, no poder decirte a ti mismo que estás ahí por un motivo. Sí, claro, volver a correr, ésa era la motivación. Estar listo para el día en que ocurriera. ¿Y si no ocurre?", concede Iker, que reconoce que su credo, seguir siendo ciclista, se tambaleó. "Pero no me derrumbé". No lo hizo cuando Mauro Giannetti le cerró definitivamente las puertas del Footon; ni cuando empezó la temporada y David López, su amigo del alma faltaba a los entrenamientos porque estaba compitiendo aquí y allí; ni en abril, con la Vuelta al País Vasco arrancando en el felpudo de casa, en Zierbena, adonde se acercó y aquellos compañeros que fueron se sinceraban y mostraban su frustración por lo increíble de su situación. "Seguí entrenando". Y se sorprendió a sí mismo. "Es cierto que nunca pensé que tuviese esa fortaleza psicológica. Fueron más fuertes las ganas de seguir andando en bici que cualquier otra cosa. Estaba convencido de que el momento del agur no había llegado aún. Aunque ahora que lo he visto tan cerca sé que ese momento llega y no se puede evitar".

Así se fueron marzo y abril, las clásicas del norte, y el mayo del Giro, y apareció junio iluminado por la proximidad del Tour, el astro rey del ciclismo. Y una tarde, junio, el calor, un partido de pala, un descanso mínimo para recuperar el resuello, un vistazo al email lo cambió todo. Parpadeaba un mensaje del Endura Racing, el equipo con el que había contactado meses antes con la ayuda de Bingen Fernández y del que no había obtenido respuesta. Lo imposible era posible -gracias en parte a Álex Sans, director del Cervélo, y Carlos Sastre, avalistas del fichaje-. El equipo, bisoño, necesitaba a Iker para afrontar la Vuelta a Gran Bretaña. Un contrato hasta fin de año y un curso más. Aceptó lo primero, el dorsal, al fin, de 2010. Su continuidad aún está en el aire. "Les he dicho que me lo quiero ganar en la carretera". Desde este miércoles.