ROTTERDAM. Miguel Indurain pisó el Tour de Francia por primera vez hace un cuarto de siglo, en 1985, apenas unos meses después de convertirse en el líder más joven de la Vuelta, y se pasó doce años, toda su carrera, incluso en la época de gloria, la de Induraitor, oyendo hablar de la alta montaña como si fuera el elíseo de sus rivales, el vergel de los sometidos. El hijo mayor de Indurain, Miguel Indurain también, ve ahora los vídeos de los Tours de su padre y lo primero que le aflora de las entrañas es admiración, asombro por la manera que tenía de arrastrar ese corpachón, 80 kilos, cuesta arriba mientras los demás se desplomaban soñando con que algún día el peso le vencería y se acabaría su monólogo. El hijo de Indurain piensa ahora como entonces Eddy Merckx, maravillado con la exhibición trepadora del navarro, más fuerte que ninguno en lo que se creía su punto débil. Al belga también le buscaron una grieta durante su despiadado reinado, pero sólo Ocaña, esa locura de corredor, se la encontró. Y hubo quien trató de desnudar al genial Anquetil, al delicioso Coppi, al pertinaz Hinault o al soberbio Armstrong. Estos días, en Rotterdam, en el corazón de Holanda, el país de las bicicletas, donde se lanza hoy el Tour, todo el mundo intenta de descubrir una flaqueza en Contador, un talón de Aquiles que le haga vulnerable, humano. No está muy claro que lo sea.

Contador sabe que algo ha cambiado después de ganar su segundo Tour. Lo nota en su poder mediático, el requerimiento constante de la prensa que le obliga a racionar las solicitudes que se amontonan en la agenda de su jefe de prensa personal, Jacinto Vidarte, o a colocar en la puerta de su hotel un armario ropero que impide la entrada a los curiosos. Lo siente cuando cruza el emblemático puente de Erasmus de Rotterdam, sube a la pasarela que le deja frente a un gentío y el recibimiento es atronador, superior en decibelios al que había saludado a Lance Armstrong. Y, finalmente, lo constata cuando echa un ojo a las tres últimas temporadas y recuerda que no sabe lo que es perder en una vuelta de tres semanas, pues ha ganado las cuatro que ha corrido.

Cinco años después de la despedida de Armstrong (la primera de ellas), el Tour se reencuentra con un viejo dilema. Tiene a un monologuista, un fenómeno pegado al dorsal número 1, que amenaza con dar nombre a una era. Puede que, después de todo, no sea algo tan malo. Principalmente porque se trata de una era marcada por el anacronismo, pues el chico, tan enclenque, tan poca cosa, encarna todo aquello que el ciclismo moderno borró de un plumazo con su ideario de excelencia y que acabó por convertir al ciclista en un tipo robótico, previsible, desligado totalmente de la heroica y la humanidad. Una mixtura de dolor y gracia, que le proporcionó un lugar preferente en el corazón del pueblo. Todo eso, lo perdido, cien años de ciclismo, el espíritu de los forzados de la ruta, evoca el bicampeón del Tour, un ciclista que se desata en la montaña, que no especula, que no piensa en mañana, sino que da rienda suelta a la imaginación y ataca para regocijo del aficionado.

Contador, en el año en el que se cumple el centenario del descubrimiento de los Pirineos, del Tourmalet como símbolo del misticismo que rodea al ciclismo, La montagne aux Tourments, es Coppi y Anquetil, Merck, Hinault e Indurain. "El mejor escalador del mundo; el segundo mejor contrarrelojista, tras Cancellara", dice con una sinceridad que se acerca a una rendición previa Ivan Basso. Coincide Bernard Hinault, quien no duda de las piernas del madrileño, más dotadas que las del resto de favoritos que se agolpa a su espalda. También a Contador, como a ellos, le buscan debilidades. El Caimán, por ejemplo, apela a lo intangible, al viejo ciclismo, sin corsé, los hilos que él tan bien manipulaba. Habla Hinault de una batalla táctica, de exigir a Contador fuera del plano físico, en la esfera estratégica, de someter a su mente a un asedio continuo. Sugiere Hinault: "Aprovecharos del viento de mañana, desordenadle en los muros del lunes, y lanzadle contra el pavés del martes". El talón de Contador, dicen, es la primera semana, el peligro acechando en cada esquina a un campeón que se presume desprotegido.

"A nivel de nombres y experiencia, el año pasado el equipo era más fuerte, eso es evidente, pero estoy contento con el equipo que tengo ahora. Mis compañeros harán lo posible para que gane y con eso ya me vale", protesta el madrileño. Y se rebela también contra las que le creen inexperto y demasiado impetuoso. "Bruyneel sabe cómo soy como corredor, pero yo también he aprendido estos años con él a la hora de pensar y manejar una carrera. Está claro que la primera semana se va a hacer dura y que en ellas se puede perder más tiempo que en la montaña. Alguno puede perder tiempo, pero al final, llegarán los escaladores".

Denis Menchov, uno de los muchos corredores de este Tour que saben lo que es pisar el podio de París, sonríe como nunca en Rotterdam. Está confiado. "He hecho las cosas bien, pero en el Tour hay que pensar sobre la marcha. Contador es el mejor, en montaña y en crono, pero la carrera es la carrera", reflexiona impreciso. Luego añade: "Ya sabes que hasta Indurain tuvo un día malo".