Desde hace más de 20 años, Karmele Basterretxea convierte una parte de su casa en un auténtico Belén gigante, una instalación navideña que cuenta con más de 300 figuras y un nivel de detalle que sorprende a todo el que la visita. Con la ayuda de su hermano, el montaje comienza cada año en el mes de octubre y se mantiene intacto hasta el 2 de febrero, una fecha con profundo significado en la tradición cristiana.
“Viene mucha gente a visitarnos”, explica Karmele en una entrevista concedida a Orain (Euskal Telebista). “Todos los que vienen me dicen que esto no se ve en ningún sitio”, asegura, consciente de que su Belén se ha convertido con el paso del tiempo en un pequeño referente para vecinos y curiosos.
La creación de la tradición
El origen de esta tradición familiar fue modesto. “Cuando mis hijos eran pequeños, montábamos ahí en la entrada”, recuerda. En aquellos primeros años, la escena se limitaba al Belén clásico. Sin embargo, todo cambió cuando empezó a buscar ideas e inspiración. “Empecé a meterme en YouTube, en Internet, y vi que había maquetas”, explica.
A partir de ahí, el proyecto fue creciendo poco a poco. “Hoy le hago una ciudad, hoy le pongo esto, hoy le pongo una panadería”, relata Karmele, describiendo un proceso creativo constante que, año tras año, ha ido dando forma a un Belén cada vez más grande y complejo. El resultado es un conjunto lleno de escenas cotidianas, edificios y detalles que van mucho más allá del nacimiento tradicional.
Un Belén que se queda hasta la Candelaria
Mientras muchas casas recogen la decoración navideña tras el Día de Reyes, Karmele decidió hace tiempo alargar la vida de su Belén. “La gente ya cuando pasa Reyes empieza a quitar las cosas. Yo empecé a dejarlo más tiempo”, explica. La razón no es solo estética, sino también cultural y religiosa.
“Los Belénes no se deben quitar hasta la Candelaria, el día 2 de febrero”, señala. Según la tradición, esa fecha conmemora la presentación del Niño Jesús en el templo, lo que justifica que el Belén permanezca montado hasta entonces.
No faltan quienes le sugieren que lo deje montado todo el año. “Hay quien me dice que no lo quitaría nunca”, cuenta Karmele entre risas. Sin embargo, ella afirma con rotundidad que “a mí lo que me gusta es montar”.
Para Karmele, desmontar el Belén es tan importante como construirlo. “Si yo esto lo dejo, el año que viene no tengo ninguna ilusión”, explica. El verdadero motor de su afición está en el proceso creativo: cuando llega octubre, comienza de nuevo el trabajo, la planificación y las ideas para mejorar o cambiar escenas.
“Tengo que empezar a bajar las cosas, pensar cómo voy a montar y qué voy a hacer este año”, relata. Además, durante el resto del año quiere recuperar su espacio. “El resto del año quiero tener mi sala como es debido”, concluye.