En la puerta, a modo de estampitas de la Virgen, José Ángel de la Serna repartía calendarios de bolsillo con el semblante estampado de Iñaki Basabe, un viejo cantautor de Bilbao que lleva ya medio siglo con la guitarra en ristre y la bondad en el rostro. La foto del calendario es un viaje al pasado y gasta el hombre el aire de un actor de Hollywood. Mientras José Ángel repartía los recuerdos el propio Iñaki no sabía nada de lo previsto. Rara vez ocurre porque hay mucho bocarranas suelto pero en esta ocasión el secreto se mantuvo a rajatabla. Y cuando se descorrió el cortinón rojo para que, con engaños, Iñaki, junto a su compañera de vida, Marijo Villanueva, accediese al salón de actos de El Carmen el buen hombre rompió a llorar. ¡Cómo emociona ver a alguien sorprendido por los cariños de otros!

En alguna ocasión se le ha oído decir que él iba para futbolista, pero a los 18 años cambió el balón por el micrófono y una guitarra inseparable. Desde aquellos grupos de verbena y coros (creo que el primero fue Oinpekoak, o algo así...) ese joven empezó a experimentar con la voz y con la escena local. Se gestaba en él el germen de lo que luego sería su pulso dentro de la canción popular, y muy especialmente dentro de la bilbainada.

No fue un camino recto. Iñaki transitó por el rock progresivo para luego abrazar la canción popular vasca, las habaneras, los boleros, las bilbainadas, esa palabra que le define tanto... Fue ese giro el que lo llevó a hacer suyo un repertorio cercano al pueblo, a la calle, a la ría, a las verbenas de la calle. Canciones que suenan a barrios, a puente colgante, a funicular de Artxanda, a gente que se reúne y canta. Así por ejemplo, aparece la referencia a que junto a Jesús Mari Núñez formó dúo para cantar habaneras, bilbainadas y lo que hiciera falta. En ese tránsito también aprendió que cantar era contar historias, y que las historias importan tanto como la melodía. ¡Cómo no iban, no íbamos, a quererle con tanto como ha dado!

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Por si ustedes no le conoce, lo que sería raro, vengo a decirles que uno de los rasgos más bonitos de la biografía de Basabe es esa cercanía. No estamos ante un divo lejano: su escenario es el del txoko, la verbena, la biblioteca de barrio, el acto poético-musical. En la Biblioteca de Bidebarrieta, por ejemplo, aparecen sus guitarras iluminando una tarde literaria en Bilbao. Ha colaborado con asociaciones culturales, con poemas, con recitales donde la música se hace puente entre palabra y emoción. En 2019 recibió el premio Don Diego de Honor del Ayuntamiento de Bilbao por su trayectoria y difusión de las bilbainadas y en 2024 la Asociación Artística Vizcaina reconoció su bilbainismo militante. Dos de tantos reconocimientos.

Volvamos al patio de butacas. Allí le esperaban los intrigantes Javier Isidro y José Mari Amantes; los y las concejales Itziar Urtsaun, Gonzalo Olabarria y Yolanda Díez; el músico Kepa Junkera, Txema Oleaga; Andoni Goikoetxea y Dani en nombre de su amado Athletic; los hermanos Herranz, Agustín y Patxi, quienes llevaron el son de la gala, repleta de palabras e imágenes (llamaba la atención un cartel del callejero de Bilbao que rezaba Iñaki Basabe Bolívar...); compañeros de trabajo como Alberto Zuñiga, Lorenzo Cerrado, Fernando Ruiz y José Antonio Naveira; Marino Montero, el poeta Misere Josephe, María Ángeles Pérez Ondivela, Antonio Molina, Isidro Elezgarai, José Ángel Pereda; el mago Valentín Moro, Gontzal Azkoitia; el artista gráfico Asier Sanz, Piru Azua, Jorge Aio, Juan Ángel Castresana; el txistulari Mikel Bilbao, Ángel San Mamed, Ramón Pérez, Sonia García, Txutxi Muguerza, Guadalupe Otaola, Mari Carmen Navarro, Gontzal Azkoitia, Joseba Urbieta, Sofía Adan, Richar Fernández, Koldo Hierro, María Collado, Juan Carlos Rastrollo y un grupo de gente amiga que le hicieron llorar a Iñaki. No era difícil.