Luis María Bernal Doctor en Historia

“Una solución para una mujer violada era casarse con su violador”

El especialista en la sociedad vizcaina en la Edad Moderna no duda al afirmar que el matriarcado es un mito. La mujer, relegada a un papel secundario, fue a menudo víctima injustificada de la violencia de la época

09.02.2020 | 04:06
Luis María Bernal

Bilbao - A una joven que perdía la virginidad tras una violación se le complicaban tanto sus posibilidades de desposarse que a menudo su única salida era exigir al violador que se casara con ella. Luis María Bernal expone en Historia negra de Bilbao (1550-1810) que, aunque nos parezca "terrible", estas situaciones eran habituales en el Bilbao de la Edad Moderna, cuando ser mujer equivalía al deber de ser decorosa y sumisa.

¿El matriarcado es un mito?

-Sí, pero no he entrado en el debate porque es más un asunto antropológico que histórico. Había mujeres que dirigían a sus familias, pero también se las intentaba culpar por los actos cometidos por el hombre, como si tuvieran una influencia maligna sobre su espíritu más puro.

Un apartado está dedicado a 'mujeres quiméricas', ¿qué quiere decir?

-Se empleaba ese término para describir a aquellas que no se comportaban como una mujer digna en la época, que debía ser recatada y modesta. Estas mujeres peleaban como los hombres y por los mismos motivos: deudas impagadas, discusiones en el mercado... Una agresión grave entre mujeres consistía en una pedrada o pegar con algún instrumento de uso cotidiano: un rodillo o una báscula. Pero en general las peleas entre mujeres solían ser con empujones, tirones de pelo...

Y los matrimonios concertados no se limitaban a la aristocracia.

-No, en las clases populares también se concertaban. Las mujeres debían ofrecer una dote para poder casarse como medio de compensación al marido, por pasar a estar a su cargo. En los matrimonios de las clases ricas había dotes importantes, de miles de ducados o escudos, pero en los matrimonios más pobres la mujer tenía que ofrecer aunque sea ropa blanca. Si el matrimonio fracasaba y se separaba, la mujer recuperaba su dote.

Habla también de la violencia dentro de la familia. Es significativo el caso de Braulia Sagarbinaga.

-Fue una joven de 16 años de una familia de comerciantes muy importante. Ella había concertado por su cuenta un matrimonio con un chocolatero de Donostia mientras que su padre quería casarla con otro joven adinerado. Esto es lo que cuenta el padre, porque Braulia murió. Uno de sus hermanastros, que había sido diputado general, acusó al padre de haberla maltratado para convencerla de que se casara con su pretendiente o para que se convirtiera en monja. Al negarse, con sus malos tratos, el padre causó su muerte.

¿Eran habituales estos casos?

-Que un padre maltratara a sus hijos o a su esposa no estaba bien visto pero, siempre que no significase un nivel de violencia muy alto, se toleraba. Muchas mujeres denunciaban estos malos tratos pero la justicia no atendía sus demandas. El marido violento percibía una amonestación leve para que se comportase mejor y la mujer tenían que soportar que el juez le dijera que debía ser más sumisa.

Es significativo que las violaciones fueran tan difíciles de demostrar que a menudo las víctimas exigían a sus agresores que se casaran con ellas.

-Sí, era muy habitual. A una chica joven perder la virginidad le complicaba mucho poder casarse posteriormente. Una solución para ellas, aunque a nosotros nos suene terrible, era casarse con su violador. En muchos casos así se hizo.

También se consideraba menos grave violar a una mujer soltera que a una casada.

-Sí, porque una mujer casada se entendía que pertenecía a otro hombre. Aparte de estar agrediendo a una mujer, estabas agrediendo también al hombre, como si le estuvieras arrebatando una pertenencia. Violar a una mujer casada podía dar lugar a un embarazo ilegítimo que perturbase la continuidad del linaje.

¿Qué castigo se contemplaba para los violadores?

-Dependiendo de la gravedad. Si era violación más asesinato se consideraba siempre un delito muy grave y podía llevar una pena de muerte o permanecer en galeras diez años, lo que en realidad era también una condena a muerte. En otros casos se imponía un destierro largo, de seis a diez años, o el servicio en el ejército.

Envenenamiento de cultivos y asesinatos de niños. Se decía que las brujas se dedicaban a ello.

-Sí, a encantamientos en general. Había acusaciones de lo más variopintas. En Bilbao el mayor caso de señalamiento y persecución a supuestas brujas fue por haber hecho enfermar a varias mujeres de una familia importante de comerciantes, que las denunciaron a la Inquisición. Al no verse satisfechos, trataron de actuar en primera persona, amedrentándolas y llegando a la violencia.

¿La caza de brujas fue severa en Bizkaia?

-El caso más famoso de la brujería vasca es el de las brujas de Zugarramurdi. En Bizkaia hubo un foco en Durango, en la zona de Anboto en el siglo XVI, y luego bajó mucho el nivel de persecución y el de superstición de la gente. Este caso que he mencionado fue de principios del siglo XVIII, de una época más ilustrada. De hecho, el tribunal de la Inquisición, cuando recibió las denuncias, no atendió las demandas de la familia.

Su siguiente proyecto estará centrado en mujeres que se salían de la norma.

-Sí, todavía está verde, pero la idea es dedicárselo a las mujeres que se salían de la norma, cuando lo habitual en esa época era casarse, tener hijos, ser obediente y comportarse de manera casta y sumisa. Había mujeres que trabajaban, que dirigían negocios, que cometían delitos? Había mujeres de todo tipo, como ahora.