"Yo también soy Betelgeuse”. Un conmovido Agustín Sánchez Lavega confesó al público que llenó la kultur etxea de Balmaseda el vínculo que parecía escribir en el firmamento que el premio Izar Artean recaería en él. El catedrático de Física Aplicada de la Escuela de Ingeniería de la EHU y astrofísico internacionalmente reconocido por sus aportaciones al estudio del sistema solar y las atmósferas planetarias inaugura el palmarés del premio Izar Artean, instituido este año por la asociación de astronomía de Enkarterri, llamada... Betelgeuse, en referencia también a una estrella.

Tras recoger la distinción de manos del integrante de la agrupación Natxo Etxebarria, Agustín Sánchez Lavega impartió su primera lección a una audiencia implicada que formuló numerosas preguntas. “Humildemente, se puede empezar con interés y curiosidad y, si uno tiene perseverancia, puede llegar a una carrera lo más provechosa posible”, aseguró, para ofrecer a continuación un consejo a quienes se interesen de forma precoz por la ciencia y la astronomía en particular: “que contacten con alguna agrupación, hoy día existen muchas que saben manejar telescopios, organizan observaciones...”. “Nos estamos perdiendo todo un mundo ahí arriba” y por lo general “las vocaciones prenden desde la juventud, cuando comenzamos a cuestionarnos cosas; el conocimiento nos hace libres y la ignorancia, esclavos”.

Exposición relacionada con la astronomía E. Castresana

Habló desde su propia experiencia cuando lo que veía con el telescopio desde el balcón de su casa de Bilbao le empujó a ponerse en contacto a los 16 años con “un grupo muy activo en Catalunya que desde los años de la Guerra Civil venía desarrollando astronomía amateur y se llamaba Pro Divulgación Astronómica: PDA”. Aficionados intercambiaban a lo largo y ancho del Estado “unos cuadernos que elaboraban a los que contribuíamos con nuestros dibujos de los planetas, etc. e intentábamos interpretar lo que veíamos”. Cada miembro de esta “red” se bautizaba con un nombre y “yo era el número 27, me puse Betelgeuse”, desveló, mientras enseñaba la prueba gráfica que “me conecta con la asociación” en una comarca “muy querida”. Para muestra, el cuadro que pintó en los años setenta de la plaza Molinar de Gordexola siguiendo la estela de su padre pintor.

Dibujos por carta

“Mi segundo telescopio lo formaban un par de tablas con un espejo para poder observar”, así llevó a cabo sus primeros estudios” en un universo sin Internet ni redes sociales en el que las consultas se escribían por carta. En 1970 “enviábamos nuestros estudios de manchas solares a un observatorio que de Suiza que recopilaba los datos y aquí figura mi nombre entre el de una serie de aficionados”, lo que en su momento fue un “motivo de orgullo”, el paso previo a “iniciarme en la ciencia”.

Poco después “los estadounidenses activaron la primera misión a Júpiter, el planeta más lejano que se iba a visitar y pidieron que se realizaran observaciones continuas”. En 1971 Agustín Sánchez Lavega firmó su primer artículo, “en la revista Astrum de la Agrupación Astronómica de Sabadell”. Marte también se convirtió en objeto de su atención. En el verano de ese mismo año “se encontraba bastante cerca de la tierra” y se apreciaba lo bastante preciso con el telescopio como para reparar en “marcas que hoy sabemos que son terrenos arenosos”. Entonces, “un día las manchas desaparecieron”. Desde la agrupación astronómica de Sabadell le contaron que “se debía a que se estaba produciendo una tormenta gigantesca y el polvo cubría todos los detalles de la superficie”.

Tras recoger el premio ofreció una charla sobre búsqueda de vida en el universo E. Castresana

En Saturno, “tan bonito con sus anillos” detectó una noche de 1978 una marcha blanca que monitorizó durante varios días, “al igual que un montón de aficionados de otros países”, origen de dos artículos ya científicos bajo el patrocinio de la organización de Sabadell que, a principios de los años ochenta, “me abrieron las puertas a la tesis. Para ella propuso profundizar en “la atmósfera de Saturno” en un trabajo galardonado con el Premio Extraordinario de Doctorado de la Facultad de Ciencias de la EHU en 1986.

Al año siguiente se unió al departamento de Física Aplicada en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Bilbao, que ha compaginado con otras iniciativas para consolidar a Euskadi como referente científico, como el Grupo de Ciencias Planetarias de la EHU o el Aula Espazio Gela y su observatorio.

Cuatro portadas en Nature

"La predicción para 1990 y el fenómeno de una tormenta gigante que suele darse cada tres décadas”. La predicción de que se repetiría en 1990 se cumplió. Sus entonces colaboradores del observatorio francés de Pic du Midi le remitieron “una imagen que se volvió icónica con la mancha sobre el disco del planeta bien brillante”. Como en aquel momento le resultaba imposible desplazarse al observatorio “cogí un telescopio de la Asociación de Astronomía de Bizkaia, observé desde Punta Galea y realicé un dibujo”, acompañado de su hijo mayor, entonces de 4 años. “A resultas de aquel estudio publicamos un artículo en la revista Nature, suscitó una aceptación impresionante” que su equipo no hubiera imaginado cuando lo enviaron. Les concedieron cuatro páginas de reportaje y la portada, la primera de las cuatro que Agustín Sánchez Lavega ha logrado de momento en su carrera. “Hasta miembros del gobierno español me escribieron para felicitarme y fue un poco lo que me lanzó al estrellato”, compartió.

Respondiendo al público en relación a la llegada del hombre a la luna en 1969, recordó que “detrás de la conspiranoia existe una industria muy fuerte, al igual que ocurre con las corrientes terraplanistas” que hay que rebatir de la mano de la evidencia científica que expuso en lo relativo a la búsqueda de vida fuera de la tierra.

Pese a las “enormes distancias, en solo una vida humana hemos recorrido todo el sistema solar, los 6.000 millones de kilómetros hasta Plutón y más desde que en 1957 –yo tenía 3 años–, la URSS lanzó el primer satélite que daba vueltas alrededor de la Tierra, una pequeña bola de acero con dos antenas que emitía señales de radio”.

Actividad en torno al eclipse solar que Betelgeuse organizó en Balmaseda el pasado 30 de mayo. E. Castresana

Desde el “infierno” de Venus con su “desbocado efecto invernadero” que dispara las temperaturas hasta los “poder fundir el plomo”, con “un año más corto que el día” hasta los extintos volcanes de 25 kilómetros de altura cuya lava y piedra “podían arrojar al espacio” y gargantas de once kilómetros de profundidad en un “frío, seco, de atmósfera irrespirable y alta radiación” Marte en cuyo cráter Jezero se encuentra “el Perseverance, el laboratorio de investigación robótica más avanzado jamás fabricado por la humanidad” a los satélites de Júpiter se busca si hubo posibilidades de que en algún momento germinara la vida.

La ciencia “funciona en base al contraste de las ideas, a la razón, al conocimiento y el pensamiento”, de forma que la comunidad ha alcanzó un consenso en que “en Marte existió agua hace unos 3.000 millones de años y una oportunidad para la vida y eso se estudia”. En los satélites de Júpiter “debajo de bloques de hielo” que permanecen activos y “se mueven abriéndose poco a poco existen océanos”. En Titán, luna de Saturno, se observaron “lo que pudiera ser la costa de un océano, bloques de hielo que denotaban una importancia actividad geológica previa; hoy sabemos que esos ríos están secos y corre el metano líquido por las bajas temperaturas”. Se contemplan futuras misiones para explorar esos prometedores signos, aunque deberán superar obstáculos como los recortes de la administración Trump.

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Otras amenazas proceden del cielo. “Películas como Armaggeddon, Deep impact...” han recreado escenarios ante la llegada de asteroides potencialmente letales. La Agencia Espacial Europea mantiene una vigilancia constante, los dinosaurios ya sufrieron hace 65 millones de años la colisión que “originó un cráter inmenso en Yucatán” además de “aniquilarlos”. ¿Qué hubiera ocurrido de no haberse extinguido estas criaturas que también asombraron en los cines con la saga Parque Jurásico? ¿Quizás la humanidad no habría prosperado?

Quizás también “se pueda llegar a generar vida en un laboratorio”. En cualquier caso, “supondría un descubrimiento impresionante si se produjera de manera natural en el universo”. Las sondas espaciales Voyager portan los llamados “discos de oro: una suerte de mensajes en una botella en los que nos identificamos con un código radioastronómico que envía nuestra posición de tercer planeta sonidos de la tierra o frases grabadas en prácticamente todas las lenguas”. “Me pregunto si alguien hallará esa botella algún día...”.