Estaba Alex Txikon el año pasado haciendo hueco en Mendizaleen Museoa en Azpeitia a un espacio para el montañero aventurero vasco por excelencia, Andrés Espinosa Etxebarria (Amorebieta-Etxano 1903 – 1985) y allí nos vimos. Yendo varias veces para hacer desde un reportaje, llevar donaciones y alguna visita con turistas, me comentó si podía hablar con un amigo que sabía tenía esta postal guardada.
Le dije que por supuesto haría de mediador y a la primera conseguí que donase este montañero anónimo al museo alpino vasco esta postal que hoy protagoniza Historias montañeras.
TEXTO MANUSCRITO
“Querido Angel: Te supongo ya enterado por la prensa del veto que en ésta me han puesto. Tengo pues que dejar Dargeeling, pero no para siempre; si puede ser volveré dentro de dos o tres años formando parte de algún pequeño grupo; de otra forma, no consigues permiso alguno, sino continua vigilancia de los polis. Las altas montañas Kabrú, Kangchenjunga etc, que desde aquí las veo, son grandiosas, pero los términos bajos y medios, no tienen nada de particular. Agur, recibe desde estas tierras, un fuerte apretón de Andrés”. Dargeeling – 24-VIII-1931.
Escribe esto Andrés desde la habitación de un Hostal. Espinosa apreciaba mucho a Sopeña, le tenía junto a Antxon Bandres como sus maestros. Le dolió mucho al de Amorebieta que no le dejaran subir. El reciente accidente que padeció una pequeña pero importante expedición inglesa y también otro montañero solitario, que desapareció en la montaña, hizo que las autoridades, si no ibas en una gran expedición, restringieran la subida o el acercamiento al Everest, porque una vez allí, sabían que lo iban a intentar y luego venían los problemas. Imaginaros cuando vieron a Espinosa solo y sin material. Este extranjero no nos va a traer más que problemas, dirían sin duda.
Intentó colarse en el Himalaya pero era muy difícil llegar a lo que ahora llamamos campo base en aquellos tiempos, estabas controlado por las autoridades, eran tiempos en que se sabía todo acerca del turista que llegaba, era un ser raro en aquel lugar. Realmente no se conocía lo que hoy citamos como campo base, sino lugares dónde lo habían intentado unas pocas expediciones muy controladas.
En mi opinión confiaba tanto en su poderosa naturaleza y en lo durísimo y austero que era, como ya lo vimos en el Mont Blanc y Kilimanjaro, que sin apenas comida y agua y con ropa normal, era capaz de soportar todo. Pero el Everest era otro salto muy grande en la montaña, muy superior de lo que hasta entonces había conocido. Hubiera muerto en el intento. No porque no pudiera físicamente, que era un superdotado, sino porque hace falta herramienta y ropa especial que él no tenía. Así todo pensó en volver incorporado en alguna gran expedición extranjera, pero no pudo llevarlo a efecto. Su vida cambió porque como él decía, una vez que te casas, no puedes hacer lo que quieras, tienes responsabilidades.
Espinosa ahorraba para los gastos y no viajaba en camarote, sino en la bodega, con los pobres de este mundo. Las amistades le ayudaron, en especial su patrocinador Manu de la Sota. Le daba apoyos estratégicos, tal como facilitarle barco y alguna otra ayuda puntual, pero para convivir con otros extranjeros, tienes que estar a su altura económica y él no podía de ninguna manera.
Sopeña interesado en la intrépida expedición, le había proporcionado información del Everest y los intentos realizados por los ingleses. Se preocupaba de leer todo lo que salía en el extranjero. Su mujer hablaba francés desde niña, era de una familia acomodada de Bilbao. Sopeña tenía libros de montaña en francés y alemán. Ofreció algunas charlas sobre el Everest basado en lo que leía. Era el único que sabía de aquella montaña aquí.
Espinosa física y moralmente era un portento, no tenía rival, nadie se aproximaba a su fuerza y habilidad, como demostró subiendo al Naranjo de Bulnes en solitario y las peripecias que hizo donde quiera que fuera. Al tiempo era un hombre educado y humilde, caía bien en cualquier país, tuvo siempre atenciones que no realizaba la gente con otras personas. Le atendían con cariño en todos los líos que se metía.
“A algunos montañeros aquí les he oído hablar de él, como de un desaprensivo. Estoy hablando del año 1964, cuando no se le valoraba como hoy en día, que todo el mundo parece querer ser amigo de él. Yo le he visto quejarse de cómo la gente no le apreciaba en sus éxitos montañeros”. Esta cita me la contó un montañero muy mayor y me llamó la atención, la anoté. Este artículo suma el número 100 seguido sin dejar ningún domingo de hueco. A su vez es el 259 de toda la colección.