En Mundaka, el ritmo no lo marca el calendario, sino el mar. Son las mareas y el viento los que deciden los planes y marcan los tiempos de Guillermo Amezaga, Guille, habitual de la ola izquierda de Mundaka. Aunque es de Algorta, con los años se ha integrado en la vida cotidiana de esta localidad costera, hasta convertirse en uno más dentro y fuera del agua. A sus 25 años ha ganado en dos ocasiones el campeonato local de surf de Mundaka, un recorrido que le ha situado entre los mejores del circuito vasco. Trabaja como ingeniero en el sector aeronáutico, pero cuando hay olas, su prioridad es clara: llegar a tiempo y entrar al agua.
El surf apareció muy pronto, casi como algo natural. En casa siempre estuvo presente: su aita surfeaba y el mar formaba parte del día a día. “Nunca fue algo impuesto, pero de tanto verle cada día… inconscientemente te entran las ganas”, recuerda Amezaga. Tenía seis años cuando se subió por primera vez a una tabla en Txorrokopunta. Desde entonces, su aprendizaje fue directo y familiar, a base de mirar, entrar al agua y repetir gestos con su aita durante los veranos de Mundaka. “Era mi ídolo en cuanto al surf”, resume. Más adelante acudió a algunas clases con amigos en Sopelana, pero siempre ha tenido claro dónde estuvo la base.
Del juego al compromiso
El punto de inflexión llegó en la preadolescencia. A los doce años dejó el fútbol y empezó a entrar al agua también en invierno. El surf dejó de convivir con otros deportes y pasó a ocupar el centro. Su aita le compró un traje y los fines de semana comenzaron a organizarse en función del mar. Cuando podía y “el cole” se lo permitía, se escapaba a surfear. Y así, este deporte dejó de ser algo estacional para convertirse en una prioridad constante.
Esa dedicación afinó su lectura del mar. Mundaka, con su fondo cambiante y su dependencia de mareas, vientos y borrascas, le obligó a aprender paciencia y precisión. “Nunca está igual. Tienes que estar pendiente de todo”, explica. La ola solo rompe en condiciones óptimas durante unos seis meses al año, lo que convierte cada sesión en una oportunidad limitada. Estudiar el parte y saber esperar forma parte del proceso. La recompensa, cuando todo encaja, es clara: una pared limpia y la posibilidad de “pillar el tubo” que todo surfista persigue.
La competición apareció pronto. Con 13 años participó por primera vez en un campeonato local para menores organizado por Mundaka Surf Taldea y lo ganó. Aquella experiencia le dejó una sensación difícil de olvidar: los nervios previos a la manga. A partir de ahí empezó a competir también en pruebas de Bizkaia y Euskadi, donde pronto tomó conciencia del nivel del circuito. Surfistas que compiten a escala europea y mundial marcaban el listón. Con el tiempo fue entendiendo que la competición debía convivir con otras facetas de su vida.
Ya en categoría absoluta llegaron los resultados más relevantes: dos victorias en el campeonato local de Mundaka, en 2023 y 2025. En la última edición, además, la victoria tenía un valor añadido: el vencedor obtenía una invitación directa para disputar la final del circuito vasco, donde compiten los diez mejores surfistas de Euskadi. En esa final, celebrada en diciembre, Amezaga logró un cuarto puesto como único vizcaíno en la prueba. “Para mí, estar en ese campeonato ya era cumplir el objetivo del año”, explica. Haber llegado a la final representando a Mundaka, con la gente del pueblo animando manga a manga, superó cualquier expectativa: “Era algo que no me creía”.
Más allá del agua
Más allá de la competición, el surf ha marcado también sus viajes y decisiones vitales. Indonesia, Marruecos o Inglaterra forman parte de un mapa personal construido a base de olas, al que se suma Oporto, elegido como destino de Erasmus por sus buenas condiciones para el surf. “He conocido culturas, gente y lugares que no habría conocido si no fuera por esto”, resume Amezaga.
Su relación con el surf también ha pasado, de forma puntual, por la enseñanza. Durante algunos veranos dio clases en Mundaka Barra Surf para sacarse un dinero. Le gustaba ver a la gente coger sus primeras olas y acompañar esos inicios, aunque siempre desde un lugar secundario. Aun así, reconoce que había algo especial en ver “la cara que se le queda a alguien cuando se pone de pie en la tabla por primera vez”.
Hoy, su relación con el surf se apoya en una idea muy clara: disfrutar. La mayoría de sus baños son compartidos y el grupo forma parte de la experiencia. “El 95% de las veces entro con amigos”, dice. Cuando hay buenas condiciones, ajusta su jornada laboral para llegar a tiempo, aunque solo sea para entrar un rato y aprovechar la sesión.
Cuando no hay olas, el movimiento sigue presente de otras maneras: fútbol, frontenis, pádel o salidas con la furgoneta forman parte de su día a día. “Soy un culo inquieto”, dice entre risas, dejando claro que parar no entra en sus planes.
En paralelo, destaca una evolución que valora de forma especialmente positiva: la mayor presencia de mujeres y el nivel que están alcanzando. “Cada vez hay más chicas y con un nivel brutal”, señala. Lo vive como algo necesario en un deporte que durante años ha sido mayoritariamente masculino. “Es un deporte para todo el mundo y cuanto más diverso sea, mejor”.
Convivencia dentro y fuera del mar
Esa mirada abierta convive con una reflexión más crítica sobre la evolución del surf en Mundaka. Él mismo reconoce que el cambio ha sido enorme desde que su aita empezó a surfear en los años 80, cuando en un día grande podían coincidir 20 o 30 personas en el agua y hoy es habitual ver más de un centenar. Asume que es una evolución inevitable, pero apunta que el reto está en la convivencia.
Más que quién entra al agua, le preocupa lo que ocurre después. “Lo bonito es que la gente que viene de fuera, aparte de surfear, consuma en el pueblo y le dé vida”, explica. Por eso le incomoda ver a surfistas que llegan, entran y se van sin más. Para él, el equilibrio está en salir del agua, quedarse un rato y convivir. “Te tomas algo, estás con la gente del pueblo… y ya está”, resume.
En ese mismo marco de cercanía y relación cotidiana se entiende también el tipo de apoyos con los que cuenta. Utiliza trajes de Kynay, una tienda local de Algorta que le acompaña desde pequeño, y surfea tablas de Atisha, una marca consolidada, junto a las de Gurathedrop, un proyecto emergente impulsado por ingenieros que aplican tecnología al diseño. No lo vive como patrocinio al uso, sino como relaciones de confianza y cercanía, una forma de entender el surf en la que, como él mismo dice, “hay que apoyar al comercio local”.
Pensando en el futuro, se imagina viajando todo lo que pueda en los meses de vacaciones, recorriendo nuevos lugares siempre que el mar se lo permita. La competición seguirá presente mientras le motive, con un objetivo muy concreto: ganar algún día la final del circuito vasco, “con mi gente”. Pero más allá de ese sueño deportivo, hay una idea que atraviesa todo lo que cuenta y que resume su forma de entender la vida: “ojalá estar toda la vida ligado al mar”.