Iker Sagalá: Más allá de la música
La historia de Iker Sagalà, un joven que ha ido ampliando su camino desde los conservatorios vascos hasta la investigación artística en Barcelona, explorando espacios donde la música se encuentra con otras formas de pensar y crear
Desde muy pequeño, Iker Sagalà aprendió a vivir entre sonidos. Creció en Durango, rodeado de partituras, ensayos y clases en la escuela de música y el conservatorio del municipio. Su instrumento principal fue el txistu, aunque pronto descubrió que le atraían muchas cosas aparte de tocar, para poder entender. El piano, la armonía, la historia de la música o el análisis se convirtieron en territorios que exploraba con igual interés. Durante años no pensó en dedicarse profesionalmente a la música; tenía curiosidad por demasiadas cosas como para elegir una sola. Sin embargo, aquel paréntesis extraño que supuso el confinamiento fue decisivo. En medio de la reflexión forzada de esos meses, tomó la decisión de hacer de la música algo más que una vocación difusa.
Antes de entrar en Musikene ya había pasado por concursos, conciertos y grabaciones. Participó en la grabación de la canción del 150º aniversario del colegio San Antonio Ikastetxea, colaboró en el disco ‘La primavera del pianista’, centrado en piezas recuperadas de Bartolomé de Ertzilla, y obtuvo varios reconocimientos en los Certámenes de Txistularis Jóvenes de Euskal Herria. Pero nada de eso anticipaba del todo lo que vendría después.
Empezó a estudiar el grado en Interpretación de Música Clásica y Contemporánea en el prestigioso Centro Superior de Música del País Vasco – Musikene, en Donostia, y allí sus intereses se expandieron aún más. El ambiente, los profesores y los compañeros le abrieron nuevas líneas de pensamiento que iban más allá de lo estrictamente musical. A mitad de carrera asumió que no podía seguir ignorando ese impulso por combinar disciplinas y decidió empezar la carrera de Filosofía, Política y Economía en la Universidad de Deusto, aunque lo hiciese de manera telemática para poder compaginarla con sus estudios de Musikene. Ese segundo grado añadió una capa más a su perfil: una mirada analítica que trataba de unir el pensamiento teórico con su bagaje artístico.
El punto de inflexión llegó en cuarto curso de Musikene, con el Trabajo de Fin de Grado. Lo desarrolló a partir de un enfoque que mezclaba identidad personal, música e investigación, y el resultado le valió una matrícula de honor. “Ese proyecto me hizo ver que podía construir algo propio y coherente uniendo piezas”, recuerda. Aquella experiencia fue clave para su siguiente decisión: mudarse a Barcelona y cursar en la prestigiosísima ESMUC (Escola Superior de Música de Catalunya) el Máster de Investigación Artística y Musical.
Barcelona supuso una ruptura en su trayectoria. Nueva ciudad, nuevos ritmos y una convivencia con estudiantes procedentes de contextos muy diversos. El máster no solo amplió su formación, sino que le permitió probar caminos distintos. Participó por primera vez como ponente en un encuentro profesional, las Jornades ab Sentits, centradas en semiótica y música. Tener que exponer ideas y debatir con investigadores especializados fue, según explica, una toma de contacto con un mundo que hasta entonces admiraba desde fuera.
Las prácticas del máster marcaron otro capítulo relevante. Colaboró en un proyecto impulsado por la Asociación Catalana por la Paz sobre defensores de derechos culturales en Palestina. El trabajo incluía dos líneas: una investigación documental sobre la función de la música como herramienta de resistencia y la creación de un documental audiovisual. Durante meses entrevistó y grabó a artistas palestinos que vivían o estaban de paso por Barcelona. Esa experiencia, que mezcla campo e investigación, le permitió observar cómo la música adquiere un peso político sin necesidad de discursos explícitos.
El Trabajo de Fin de Máster fue la tercera pata de aquel año. Lo tituló Un tríptico de escultura, música y audiovisual: aproximaciones a propuestas creativas influenciadas por Chillida y Oteiza. Se trató de un estudio que tomaba referencias de la escultura vasca para desarrollar una propuesta musical y audiovisual propia – formato al que ya se había acercado en la elaboración de Zargan, un audiovisual que acompañó una de sus piezas del Recital de Fin de Carrera. La pieza final, llamada Con la mano izquierda, integra sonido, imagen y concepto, y supone para él un paso hacia una creación más personal. El trabajo ha sido seleccionado para publicarse en Recercat, el repositorio catalán dedicado a proyectos de investigación de excelencia. El TFM —tanto la tesis como el audiovisual— estará pronto disponible para todo el público en dicho repositorio.
De vuelta en Durango, Iker describe esta etapa como un momento de pausa. Da clases en una escuela de música y en la misma academia donde aprendió inglés de niño. Al mismo tiempo avanza en los últimos cursos de su carrera en Filosofía, Política y Economía. No lo vive como un retroceso, sino como una fase necesaria para ordenar ideas. Habla de una “calma tensa”, un intervalo en el que observa, piensa y acumula impulsos creativos que no siempre puede desarrollar al ritmo que quisiera.
Una frase de Simone Weil le acompaña: “La especialización excesiva es un obstáculo para el conocimiento”. En su caso, esa convicción funciona casi como un principio vital. Su trayectoria está construida sobre una mezcla singular de disciplinas que rara vez conviven sin fricciones: música, análisis, filosofía, pensamiento político, práctica social y creación audiovisual. Pero esa mezcla, lejos de ser un problema, se ha convertido en su propuesta de valor. Su intervención en una mesa redonda de exalumnos de la Escuela de Música de Durango se lo confirmó. Allí vio que su combinación de formación y experiencias no encaja en moldes clásicos, pero sí abre posibilidades distintas que encendieron la curiosidad de profesores y gente del público.
Hoy no tiene respuestas cerradas sobre cuál será su camino inmediato. Lo que sí parece claro es que su proyecto personal seguirá moviéndose entre la creación, la reflexión teórica y el compromiso con las realidades que le rodean. No habla de planes rotundos; habla de direcciones posibles. Y todas nacen de esa mezcla que, a lo largo de los años, se ha vuelto su forma más natural de entender el mundo.