La vizcaina Rosa Elgezabal siembra una vida de esfuerzo, cariño y flores
Ha elegido seguir activa en su jubilación, algo que desde BBK Fundazioa celebran, pero a su propio ritmo rodeada de sus hermosas flores
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Rosa Elgezabal nació en Arrieta, en un caserío donde la vida se mide por estaciones y donde el tiempo pasa al ritmo lento del campo. Su infancia transcurrió entre juegos sencillos, tareas domésticas y ese entorno natural que la envolvería para siempre. Pero la niñez se le hizo adulta demasiado pronto.
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Tenía solo catorce años cuando su padre falleció. A esa edad en la que muchas adolescentes sueñan con poco a poco volar del nido y de casa con planes de un futuro, Rosa tomó una decisión que marcó toda su vida: quedarse en casa para ayudar a su madre. Lo hizo sin protesta, sin lamentos y con la convicción de que estaba haciendo lo correcto; y además, ella también así lo quiso. Con una madurez poco común, asumió responsabilidades que nunca vivió como un sacrificio, sino como un gesto natural de amor.
Una decisión de la vida
Mientras su madre se encargaba de sacar adelante el día a día familiar, Rosa fue aprendiendo a manejarse entre las tareas del hogar, la huerta y los invernaderos que llevaba su hermano. Le echaba una mano siempre que podía, entrando y saliendo entre hileras de plantas, revisando riegos, cargando cajas, seleccionando frutos. Allí, entre el olor a tomate maduro y la humedad cálida de los invernaderos, empezó a formarse la mujer fuerte, divertida y trabajadora que todos acabarían conociendo.
Con el tiempo, Rosa amplió sus labores: empezó a dedicarse de lleno a la agricultura y también al cuidado de los animales que tenían en casa. La huerta la necesitaba, las gallinas cacareaban reclamando pienso, algún cerdo llamaba a su manera... Y Rosa, paciente y constante, respondía a todo. Su vida era el campo, la rutina y la enorme satisfacción de ver crecer aquello que ella misma cuidaba.
Llegó el momento de casarse, y su marido también tenía caserío. Estaba claro el camino: siguieron con el mismo trabajo, la misma dedicación, la misma entrega. La tierra no entiende de descansos, ni de festivos ni domingos, pocos viajes, pocas vacaciones, pero sí una constancia de la que hoy Rosa sigue estando muy orgullosa.
No quería —ni quiere— dejar de moverse, de sentirse útil, de trabajar en algo que le llene en su jubilación
En más de una ocasión Rosa confiesa que, tal vez, solo echó en falta tener ese tiempo libre que otros disfrutan. “Vacaciones”, dice sonriente. Sin embargo, lo compensó con creces. Porque pocas cosas le han dado tanta satisfacción como preparar sus verduras, sus legumbres, sus flores y llevarlas a las ferias de Mungia, Bermeo, Amorebieta...
Tras tantas décadas sin parar, llegó su jubilación hace apenas un año. Una palabra que muchos celebran, pero que para Rosa no era así. No quería —ni quiere— dejar de moverse, de sentirse útil, de trabajar en algo que le llene. Pero ahora lo hace a otro ritmo, uno en el que ella decide los tiempos y hacerlo más pausadamente. Sigue trabajando, sí, pero cuando ella quiere, cuando el cuerpo y el ánimo se lo piden. Y ha decidido que esta etapa va a dedicársela, sobre todo, a las flores.
Las flores son su nuevo territorio
Le gusta recogerlas, secarlas, combinarlas, transformar pétalos y tallos en ramos, adornos y ornamentos florales que vende en esas mismas ferias populares. Las manos de Rosa, que durante tantos años arrancaron malas hierbas, ordeñaron o cargaron sacos pesados, ahora se mueven entre tonos de colores, tallos y pétalos. Y mientras elabora esos ramos y atiende a su huerta, cuida también con cariño de su marido, que ahora es dependiente.
Su vida no sólo estuvo hecha de campo. Durante diez años, Rosa estuvo al frente de un bar en Arrieta, convirtiéndose en el alma del lugar. Quienes la conocen recuerdan su trato amable, su capacidad para hacer que todos se sintieran como en casa. El bar era más que un negocio: era un punto de encuentro, un rincón donde la comunidad se reforzaba y donde Rosa demostraba, una vez más, su capacidad de entrega.
Y como si su contribución al pueblo no fuera ya suficiente, desde hace doce años forma parte de la asociación que organiza la azoka de Arrieta. Una labor que realiza con entusiasmo, dedicación y un orgullo silencioso. Porque Rosa cree en su pueblo, en su gente, en las tradiciones que mantienen viva la identidad de un lugar pequeño pero lleno de historia y calor humano
Hoy, cuando uno mira a Rosa, ve a una mujer serena, fuerte, de esas que inspiran confianza con solo mirarlas. Rosa es una de esas personas que sostienen el mundo desde lo cotidiano, desde la humildad, desde la sencillez.
A sus años, y ya jubilada, sigue levantándose cada día con la intención de hacer algo bonito, de cuidar a alguien, de dar vida donde antes había tierra seca o flores marchitas. En definitiva, de hacer algo por la comunidad; algo que comparte con el espíritu del proyecto Erreferenteak de BBK Fundazioa (que celebrará su primera gala de presentación este día 29 en Mungia abierta a todo el público).
Rosa, de Arrieta, sigue siendo esa mujer que, con catorce años, decidió quedarse en casa para ayudar. Pero ahora, después de tanto recorrido, también es la mujer que elige vivir su jubilación como ella quiere rodeada de sus flores, su familia y su campo.
"Hacer algo, hacer lo que a uno le guste y en definitiva hacer lo que a uno le llene en esta etapa y sin la obligación de seguir una rutina. Si un día no te apetece moverte de casa no pasa nada; pero que no se vuelva una costumbre", nos dice divertida Rosa a modo de consejo para los que pronto se jubilarán y que quizá puedan formar parte de este proyecto de BBK Fundazioa.
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