Pepi Menocal nació en Valencia en el año 1939 en los últimos estragos de una posguerra que teñía de gris cada esquina, tras una guerra perdida por los padres de nuestra protagonista.

Hija de padres santanderinos, tras una pequeña odisea por Francia y con la idea de volver a Santander, la familia recaló en Bilbao en el barrio de Santutxu. Precisamente, cerca de la cárcel de Larrinaga donde ambos progenitores alternaron estancias por su militancia republicana. Recuerdos que hoy cuenta como si fueran ayer y, que más tarde, la misma Pepi convertiría en protagonistas de los dos libros de memorias que ha escrito. 

Recuerdos plasmados en capítulos

En estos libros, Pepi cuenta su niñez como quien teje recuerdos de manera precisa, con emoción y con una claridad que solo puede dar alguien que ha aprendido a mirar la vida de frente. Entre las páginas aparecen escenas muy entrañables con sus padres, pero también se narran episodios duros.

Hoy, a sus 86 años, Pepi sigue siendo una mujer afable, divertida, con una energía sorprendente y unos recuerdos intactos

Una de las escenas más sobrecogedoras que relata sucedió una noche cuando tenía 3 años. Sus padres fueron detenidos y llevados a la cárcel sin explicación, como ocurría tantas veces en aquel tiempo de sospecha. Pepi, sola en casa, hizo lo único que su instinto le dictaba: esconderse acurrucada y sin moverse bajo la mesa de la cocina. Ahí pasó dos noches hasta que su abuela pudo dar con ella para llevársela consigo.

A pesar de todo, esta mujer de ideas claras y un cariño desbordante recuerda su niñez como el de cualquier otra niña feliz.  

Vida entregada y jubilación activa

Con los años, Pepi se convirtió en una mujer que no ha parado nunca, inquieta, con una energía que parecía no agotarse. Su vida adulta estuvo marcada por el trabajo constante y también por el orgullo de haber levantado, con sus propias manos, diversas tiendas de decoración e iluminación. Además, Pepi llevó —con igual dedicación— una familia numerosa de cinco hijos.

Entre el ajetreo del trabajo, los horarios, las cenas por preparar, los almuerzos escolares y las constantes llamadas de sus hijos, Pepi encontró siempre momentos de risa, complicidad y cariño. Y así, entre el barullo doméstico y la vitalidad de sus hijos, fue construyendo una vida plena junto a su marido: “el hombre más bueno que he conocido nunca”, recuerda emocionada. 

Cuando llegó la jubilación, sin embargo, algo en su interior se descolocó. Acostumbrada a los días intensos, a la actividad constante y sin criar hijos, las jornadas cayeron encima como algo muy pesado. Pasó un tiempo en el que se encontraba extraña. “No sabía qué hacer y lo pasé realmente mal al principio”, recuerda. Fue entonces cuando decidió que necesitaba un nuevo camino, algo que le diera sentido.

Y así, un día cualquiera es como se apuntó a clases de pintura. Podría parecer un hobby más para rellenar los huecos del calendario, pero en su caso la pintura se convirtió en su refugio y, al mismo tiempo, en su desahogo. Pepi descubrió que tenía un don natural para plasmar paisajes, flores, árboles y horizontes. 

"Cuando me preguntan, yo siempre les digo lo mismo, la jubilación no es el final de nada, sino que es una nueva etapa que te da la vida. Sigues siendo la misma persona y aunque al principio te cueste adaptarte, es algo normal que nos pasa a todos, es vital plantearse el hacer cosas nuevas, el llenar ese tiempo con alguna actividad, tomar parte en actividades en la comunidad... En otras palabras, seguir teniendo ilusión por hacer cosas y por tener presente esta nueva etapa", aconseja.

Hoy, a sus 86 años, Pepi sigue siendo una mujer afable, divertida, con una energía sorprendente y unos recuerdos que permanecen intactos. Vive en Maruri-Jatabe, en una preciosa casa con jardín que se ha convertido en su pequeño paraíso. Allí cultiva plantas, riega flores y se sienta cada tarde a contemplar los atardeceres que tanto la inspiran para sus lienzos. 

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Cuadros que no se quedan aquí y que han formado parte de exposiciones. Momentos donde familia, amigos, vecinos y curiosos se acercan para contemplar su obra y, de paso, escuchar alguna de sus historias. Las mismas que ha plasmado en sus dos libros de memorias y las mismas que ahora son esbozos de lo que será su tercera obra.

“El próximo libro que haga es un recuerdo a todas esas personas que han pasado por mi vida y han dejado una huella importante”, nos adelanta. Sin duda, sí o sí, Pepi tenía que ser parte de Erreferenteak, el proyecto colaborativo puesto en marcha por BBK Fundazioa (que conoceremos el día 29 en una gala en Mungia) y con el que busca en Bizkaia esos ejemplos comunitarios que optaron en su día por una jubilación activa.