En los tiempos en que el invierno se toma en serio y llega con una furia que amenaza con devorar la ciudad, Bilbao, ese lugar de hierro y cemento, se encuentra arropado por la solidaridad. El dispositivo de frío, esa red invisible de calor humano que se activa como una reacción frente a las bajas temperaturas, lleva ya 14 noches en funcionamiento. La noticia adquiere una dimensión diferente si la miramos a través de la ventana de lo que se esconde detrás de esos números fríos, esos lugares habilitados como refugios, esas manos extendidas por la misericordia de unos pocos.
Se podría decir que la nieve y el hielo son los verdaderos protagonistas del invierno, pero hay algo más, algo que toca el alma: la fragilidad de los que no tienen un lugar al que llamar hogar. Las cifras, esas que a menudo son solo estadísticas que caen en el olvido, cobran vida aquí, en la calle, en los tejados de Bilbao cubiertos de escarcha. En las últimas semanas, el municipio ha habilitado más espacios, más cobijo. Las puertas se han abierto para los que no tienen más fortuna que la de encontrar alguna esquina donde, con suerte, el viento no golpee demasiado fuerte.
Lo curioso es que a veces, en este tipo de situaciones, el ser humano se ve arrastrado por su naturaleza contradictoria. De un lado, se demuestra capaz de la generosidad más pura, ese impulso por ayudar al prójimo que nos hace dignos de la mejor de las especies. Pero, por otro lado, existe siempre un suspenso que se enciende en nuestra conciencia: ¿por qué tiene que ser necesario un dispositivo de frío para que el ser humano se acuerde de aquellos que viven al margen? ¿Por qué el invierno se convierte en excusa para demostrar lo que debiera ser habitual durante todo el año? Se trata de preguntarse si esas personas, esos que han sido apartados de la sociedad, alguna vez podrán encontrar un lugar en el que permanecer sin necesidad de que el termómetro toque cifras extremas.