Acoger cuando pintan bastos

09.05.2021 | 01:24
La voluntaria Rosa Osorio, la directora sor Lilandia y la trabajadora social Rosa Balado rememoran la labor del centro estos 25 años.

Hace 25 años, cuando la droga causaba estragos y el sida era letal, las Siervas de Jesús inauguraron en Bilbao La Vieja un centro para acompañar a enfermos terminales, que hoy día alberga también a personas en riesgo de exclusión social

ESTOY muy contento. Desde que vivo aquí soy otra persona". Lo dice un hombre que consiguió dejar las drogas y ahora combina los retrovirales con "café y Kas". También está agradecida una mujer que, tras sufrir un ictus, se mudó de su piso al centro y logró "reordenar" su vida. Le gusta contar chistes a sus compañeros. "Son malos, pero se ríen todos", afirma. Igual de satisfecho se muestra otro residente, que valora, sobre todo, poder irse de vacaciones después de haber permanecido durante años en un hospital psiquiátrico.

Todos ellos comparten techo con otros trece usuarios en el Centro de Acogida Beata María Josefa, que las Siervas de Jesús inauguraron hace 25 años en Bilbao La Vieja para acompañar a enfermos terminales de sida y que hoy en día alberga también a personas en riesgo de exclusión social. "Queríamos aportar nuestro granito de arena ante la dolorosa realidad del mundo de la droga", afirman las religiosas, con la directora, sor Lilandia, al frente desde apenas unos meses antes de la pandemia. "Hemos tenido que anular muchas salidas y actividades de ocio", apunta y subraya la vocación de la congregación de "ayudar a los más desfavorecidos, de los que entonces nadie se ocupaba".

Eso de "nadie" es un decir porque la voluntaria Rosa Osorio ya atendía a enfermos de VIH a la intemperie antes de que este centro abriera sus puertas en la calle Hernani el 25 de julio de 1996. "Era un colectivo que me producía mucha ternura. Empecé a asistirlos en la calle como pude y cuando se inauguró el centro vi el cielo abierto", confiesa con la vista puesta en aquellos años en los que "apenas se sabía nada del sida. Había mucha confusión y la enfermedad estaba muy estigmatizada".

Sanitaria, jubilada hace un par de años, a Rosa el miedo no la calaba. "Tenía cuidado y sabía el riesgo que había, pero también cuando pinchaba todos los días en mi trabajo me podía pasar lo mismo. No te contagiabas por mirarlos a la cara", aclara esta mujer, que acudió al centro, recién estrenado, para acompañar a uno de los chicos a los que ayudaba. "Le solía ir a visitar. Luego él se marchó, pero yo me quedé", dice.

La trabajadora social Rosa Balado también recuerda, tras dos décadas inmersa en este proyecto, aquellos "complicados inicios" en los que "el desconocimiento y el miedo generaban sentimientos contrarios a la apertura de este tipo de centros". Convencida de que al temor "se le vence con la información", señala que lo más importante entonces era "humanizar" la situación. "Hay personas cuya trayectoria ha sido más complicada que las de los demás, pero no dejan de tener las mismas necesidades de cariño y cercanía que el resto o incluso más por estar enfermos. Se trataba de dignificar a estas personas, porque en un primer momento tocar, dar un beso o abrazar daba miedo", relata y añade que el objetivo era "recogerlas en un lugar y que pudiesen terminar sus días de una manera digna".

A día de hoy, reconoce, el sida sigue estando estigmatizado, "pero quizás no tanto porque hemos aprendido a vivirlo como una enfermedad crónica". Con el tiempo, apunta, "los tratamientos han ido mejorando y alargando la esperanza de vida y nos hemos reconvertido en un centro, convenido con la Diputación de Bizkaia, que trabaja con personas en situación de exclusión social, a las que tratamos de cubrir sus necesidades emocionales, formativas y ocupacionales".

Gestionar las despedidas

"Llegaban graves y la mayoría no salía"

Derivados habitualmente desde los hospitales de Basurto y Cruces, "los usuarios llegaban con dolencias muy graves asociadas al VIH, como encefalitis, hepatitis, insuficiencias respiratorias y cardiopulmonares, neumonías, sarcomas... La mayoría de ellos no salía", recuerda apenada Rosa Osorio, que estima que su estancia media en el centro oscilaba entre "los dos y los cinco meses". "Venían ya en muy malas condiciones. Aquí ha habido muchas carreras al hospital porque había que ingresarlos, muchas consultas y sufrimiento. Había que hacer tanto y el trabajo era tan intenso... Hoy estamos más calmados y las consultas a las que hay que llevarlos son menos numerosas", compara.

Historiales clínicos aparte, también se daban otro tipo de contratiempos. "Algunos venían muy enfermos, pero con mucha agresividad, y tenían conflictos serios entre ellos. Yo tengo recuerdos muy gordos, pero eso también era normal. Ya sabíamos qué tipo de personas eran. No eran angelitos", confiesa.

En el salón del centro, sin embargo, hoy en día reina la tranquilidad. Algunos residentes juegan a las cartas, otros descansan en los sillones. Hay quien mira la tele y quien mira al infinito. Como en las mejores familias, también entre esta quincena de convivientes hay mayores y menores afinidades. "Con algunos compañeros me llevo muy bien. Con otros, no tanto. En todas las casas cuecen habas y en la mía, a calderadas", comenta sonriente una de las personas usuarias, mientras otra destaca "lo bien que se está y lo bien que se come" en el centro.

A pesar de lo problemáticos que hayan podido llegar a ser ciertos usuarios, muchos de los que fallecieron tras ser acogidos dejaron huella. "Gestionar las despedidas es terrible. Eso nos ha costado y nos costará siempre. No puedes llevarte a esa persona continuamente, pero los nombres están ahí, los funerales que hemos hecho...", rememora esta voluntaria, que valora la formación que se les ha prestado para "poder acompañar a estas personas en la enfermedad y en la muerte".

Tras la pérdida de cada miembro de esta familia infinita, tocaba comunicar la baja al resto. Rosa Osorio agradece que fueran los trabajadores y las religiosas quienes asumieran esa difícil tarea. "Les decían quién estaba muy malito o se había ido. A mí eso me habría costado mucho tener que hacerlo", admite.

Lo suyo era "darles ese cariño que dan los voluntarios de forma altruista. En ocasiones me han dicho: Con vuestra labor estáis quitando los empleos a otras personas, pero yo pienso que no es así, porque nosotros ocupamos ese espacio pequeño que está vacío y colaboramos con los que trabajan", defiende.

La labor desinteresada de la veintena de voluntarios que participan en el proyecto, "sobre todo en actividades de tiempo libre", es más que bienvenida. "La congregación quiso ofrecer este servicio que no ha sido ni está siendo fácil. Actualmente hay tres religiosas y para nosotras supone mucho esfuerzo. Aunque contamos con mucho personal y voluntarios, al final la responsabilidad recae sobre nosotras", afirma sor Lilandia.

A veces no conviene retomar lazos

"Nosotros no juzgamos el papel de las familias"

Muchas de las personas que han atravesado en este último cuarto de siglo las puertas de este hogar dejaban tras de sí "historias de mucho dolor familiar e individual". La experiencia, argumenta la trabajadora social Rosa Balado, "te hace entender que no podemos juzgar las circunstancias de cada quien. Aquí hay gente que ha podido restablecer sus vínculos familiares y otras personas que no han querido y eso es lícito. Están en todo su derecho. Es algo a respetar, sin más", remarca.

Tampoco los padres o hermanos de los usuarios son puestos en cuestión. "Nosotros no juzgamos el papel de las familias. Si pueden apoyar, si sienten que es su momento para hacerlo, fenomenal. Intentamos en la medida de lo posible retomar esos lazos, pero hay veces en los que eso no es posible y hay veces en las que, además, no es conveniente", expone esta profesional, para quien cada residente es "dueño de su proceso y de las decisiones que quiere tomar" y las familias tienen derecho, si así lo estiman, "a quedarse al margen".

Por ponerle una sonrisa a tanta vida rota, la trabajadora social bucea en su memoria en busca de una historia con final feliz. "Me viene a la cabeza el caso de un chico, con una gran trayectoria en recursos sociales de Bilbao y que fue dejando muy buen sabor de boca en todos ellos. Por sus circunstancias físicas podía haber dejado el centro e irse a una vivienda tutelada, pero nunca quiso porque decía que esta era su casa. Aquí consiguió retomar lazos con su hija, a la que había perdido desde que tenía 5 o 6 años, y con el tiempo llegó a irse de vacaciones con ella y retomó lazos familiares con sus hermanos. Eso es un trabajo bonito, sobre todo, de él, que fue quien más carne puso en el asador", cuenta.

El sufrimiento del entorno

"El día de su funeral vino su padre por fin"

Que los enfermos a los que Rosa ayudaba vivieran en la calle no quería decir que no tuvieran allegados. "Las familias existen. Están ahí, pero muchas veces no han podido hacerse cargo de las situaciones. Estas gentes han sido de cada casa lo mejor. Entonces tendría que ser muy duro también para ellos. Yo he aprendido mucho de esas situaciones que habrán vivido las madres, los padres...", muestra su empatía.

Aunque fue "duro y muy difícil vivir con él", esta voluntaria no podrá olvidar a aquel usuario al que su madre solo visitaba el día de las familias. "Me acuerdo de cómo yo esperaba a que llegara ese día porque venía su madre y él estaba contento y se ponía muy guapo. Era una familia con unos recursos económicos importantes. Los hermanos venían más, pero a mí me dolía mucho que su madre no tuviera ganas de estar todo el rato con su hijo", confiesa. Hasta que entendió "el sufrimiento que había vivido esa mujer y que una de dos: o pones distancia o acabas también con él".

Rosa le tenia "especial cariño" porque se encargaba "de llevarle y traerle, aunque dio mucha guerra y teníamos unas discusiones terribles entre los dos", admite. "Me acuerdo de que el día de su funeral vino su padre por fin. Por un instante pensé que no le iba a mirar a la cara y luego me di cuenta de que era un hombre que no había podido con aquello. Vino y me dijo: ¿Tú eres Rosa? Me alegro de conocerte porque he oído hablar mucho de ti. Aquello me dejó... ¿Quién soy yo para valorar si estos padres pueden o no pueden venir a ver a su hijo?".

Centro beata mª Josefa

25º aniversario. Perteneciente a la congregación de las Siervas de Jesús y tutelado por la Diputación Foral de Bizkaia desde 2006, abrió sus puertas el 25 de julio de 1996 en el número 4 de la calle Hernani, en Bilbao.

Enfermos terminales de VIH. El edificio fue construido expresamente para albergar el segundo centro de acogida de Euskadi y del resto del Estado destinado a enfermos terminales de VIH y también funciona desde entonces como comedor social.

Continuar con su vocación. Con motivo de la beatificación, en 1992, de Santa María Josefa Sancho de Guerra (Gasteiz, 1842) surge la idea de inaugurar el centro "para continuar con su vocación de consagrar su vida a los enfermos y a los más necesitados". Se ubica en Bilbao, donde "emprendió su camino fundacional en 1871, extendiendo posteriormente el Instituto por España y América con 42 fundaciones".

"Una gran familia"

EQuipo Trabajadores con el apoyo de voluntarios

Tres religiosas, seis auxiliares de clínica, una enfermera, un fisioterapeuta, una educadora social, una psicóloga y una trabajadora social aúnan esfuerzos en este centro, con el apoyo de voluntarios y estudiantes de la Universidad de Deusto, "un ejemplo de que las nuevas generaciones están implicadas socialmente".

 

Usuarios quince residentes atendidos 24 horas al día

En la actualidad ofrece atención residencial integral: sanitaria, sociocultural, psicológica, emocional y espiritual, a quince personas las 24 horas del día.

Total de Beneficiarios

120

A lo largo de su historia, el centro de las Siervas de Jesús ha sido el hogar de más de 120 personas que han dejado atrás, en muchos casos, "vidas azarosas en entornos de marginalidad" y, gracias a este proyecto, "han podido vivir su enfermedad y abordar su final con dignidad".

'25 años acompañando'

Lema del aniversario. El centro celebra su aniversario bajo el lema '25 años acompañando' con la esperanza de concienciar a la sociedad de que ya es el momento de derribar la exclusión y el estigma que desde hace treinta años acompaña al sida. "Aún quedan importantes retos a alcanzar en relación al abordaje social de la enfermedad", afirma la directora, sor Lilandia.

Derivados de los hospitales de Basurto y Cruces, llegaban al centro "con dolencias muy graves asociadas al VIH y la mayoría de ellos no salía"

Un usuario logró reanudar la relación con su hija, a la que no veía desde pequeña, y a otro, su madre solo lo iba a visitar el día de las familias

"Empecé a atenderlos en la calle y cuando se inauguró el centro, se me abrió el cielo"

Rosa Osorio

Voluntaria y enfermera jubilada

"La congregación quiso ofrecer este servicio que no ha sido ni es fácil; supone mucho esfuerzo"

Sor Lilandia

Directora del centro Beata María Josefa

"Se trataba de recoger a estas personas y que pudiesen terminar sus días de manera digna"

Rosa Balado

Trabajadora social


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