Una aventura que acabó en silla de ruedas
Juan Carlos Sola, director de Fekoor, se quedó parapléjico cuando recorría Suramérica de mochilero con un amigo
MI historia es un poco rocambolesca; daría como para escribir un libro”. Pues cuente, cuente. “Cuando tenía veintitantos años decidí que quería viajar, así que dejé el trabajo, vendí el coche, cogí la mochila y me fui con un amigo a conocer mundo. Dos años y medio después de salir de Bilbao se iba cumpliendo el sueño hasta que un día, el 23 de marzo de 1984, tuve un accidente de tráfico en Argentina que me dejó en silla de ruedas”. Con este pequeño resumen de su vida inicia la conversación Juan Carlos Sola, director de Fekoor, la coordinadora de asociaciones de personas con discapacidad física y/u orgánica de Bizkaia. Pero sus proyectos vitales no se quedaron truncados por la tragedia. Gracias a la familia, a los amigos y, sobre todo, a su mujer, Cristina, salió adelante. Por eso, Juan Carlos siempre dice que “dentro de la mala suerte que pude tener, he sido una persona afortunada; siempre he tenido el apoyo de mi entorno familiar y eso me ha ayudado mucho a salir adelante y a tomarme las cosas de forma diferente”. Ese apoyo le dio la suficiente fuerza como para luchar e involucrarse de lleno en el incipiente movimiento asociativo de los lesionados medulares a finales de los años ochenta. Desde entonces no ha parado de defender los derechos de las personas que tienen algún tipo de discapacidad física u orgánica. Su principal reto es que estos discapacitados puedan disfrutar de “un modelo de vida independiente”.
Juan Carlos rompió los esquemas familiares cuando dijo en casa que se iba a “cruzar el charco” porque tenía “una gran inquietud por conocer América Latina”. No le pudieron frenar. Se fue con un amigo rumbo a México y con “3.000 dólares en el bolsillo, un dineral para la época”, dice. Pero de nada les sirvió, porque en poco tiempo se les acabó el dinero. “Entre lo que nos robó la policía y lo que nos gastamos en hoteles nos quedamos sin nada”, cuenta. Eso les obligó a ponerse a trabajar. Y tras nueve meses de empleos precarios ahorraron lo suficiente como para reemprender la aventura. Estuvieron viajando durante algo más de dos años por Centroamérica y Suramérica hasta que llegaron a Argentina. Y allí comenzó la “rocambolesca historia”. “Entramos en el país por el norte, donde había inundaciones”, recuerda, “y al ver la situación decidimos salir porque en esos países si te quedas es cuando empiezan las complicaciones”. Así que Juan Carlos y su amigo se fueron a una parada de autobús, “donde había una gran cola”. Durante la espera se les acercó una persona ofreciéndoles pasaje en un camión, por lo que decidieron aceptar “a pesar de que todo aquello era clandestino”.
El accidente “En el camión iríamos más de cincuenta personas”, relata, “y cuando llevábamos unas seis horas de viaje y estábamos a punto de llegar a un lugar donde la carretera estaba cortada por las inundaciones, el conductor no vio los bidones de señalización que habían puesto y nos caímos por un barranco”. Juan Carlos recuerda perfectamente el accidente, ya que “en ningún momento perdí el conocimiento”. ¿Se dio cuenta desde el principio del alcance de la lesión? “No”, contesta, “yo sólo le decía a mi amigo que me sentara, que yo no podía”.
Los días y los meses posteriores al accidente fueron un calvario. Primero le llevaron a un hospital comarcal, donde le operaron, “algo extraño porque las lesiones medulares no se operaban”, señala. Luego le trasladaron a Buenos Aires, donde le detectaron una infección “tremenda”, motivada por la escayola que le habían puesto, y por último, llegó al hospital de Basurto, donde estuvo ingresado 14 meses. Allí tomó conciencia, tal y como le advirtieron los médicos, de que “esto era para toda la vida”. Pero también en el hospital sintió que no estaba solo, que tenía una familia estupenda, grandes amigos y una novia verdaderamente enamorada, a la que había conocido en Costa Rica. Cuando estaba convaleciente le visitó y le dijo que regresaría en unos meses. “Yo no tenía tan claro que iba a volver porque tampoco nos conocíamos tanto como para adquirir un compromiso de estos”, dice. Pero volvió. Y ahí siguen. “Llevamos 31 años juntos”, señala orgulloso. Ella ha sido un pilar fundamental para que Juan Carlos afrontara una nueva vida tras el accidente. Desde hace más de veinte años trabaja en Fekoor, una coordinadora compuesta por 21 asociaciones y alrededor de 8.000 asociados. El próximo domingo celebran en El Arenal la fiesta anual en la que dan a conocer a la sociedad el gran trabajo que desarrollan.