Estuvieron mudos sus pinceles durante cinco años, váyase a saber por qué. El regreso de Alfonso Gortazar a la plaza pública de las exposiciones recordaba ayer a la entrada en Roma de un centurión tras una victoriosa campaña contra las hordas de bárbaros. Alfonso era esperado por el pueblo, por su pueblo, para ser recibido entre vítores. "Me tomo mi tiempo ente cuadro y cuadro", aseguraba ayer en la galería Juan Manuel Lumbreras, sin dejar de deslizar la vieja idea que le persigue desde hace años: la precariedad del pintor. Es su demonio de cabecera. Así, en una colección de lienzos bañados por múltiples colores -con predomino de los verdes, eso sí...- no faltan los muros o lienzos vacíos y apenas filtrados por una suave luz de colores crudos: recuerdan al pánico al lienzo en blanco, una espada de Damocles sobre los artistas.

Y, sin embargo, la inauguración de la exposición fue, ya digo, de color de rosa. Incluso Fernando Mirantes, retirado en los últimos años del circuito de las galerías, regresó para aplaudirle y recordar que aún conserva un cuadro de Alfonso: una vaca frisona en la que las manchas negras tienen forma de esculturas de Chillida. No fue la única presencia en la sala, claro. A la cita acudieron, además, Merche Olabe, Alberto Rementeria, el pintor Carmelo Camacho, María José Darriba, José Ibarrola, Olga Seco, Lucía Cortés; el coleccionista de arte, Alberto Ipiña, José Luis Arenillas, Jesús Fernández, Aitor Beristain, José Luis Tolosa, Iosu Bergara, Ander Elorriaga, Javier Mendibelzua, quien se animó a entrar al cruzarse la galería en su camino, María Luisa Agirre, Juan Carlos Aranguren, Begoña Palacios, Juan Ugalde y un buen número de artistas y admiradores de Alfonso, quien ha regresado con el mismo don que le caracterizó en sus comienzos: una visión pop de la vida y un sentido del humor inigualable.

Gortázar, así lo dicen las enciclopedias, pertenece a una de las primeras promociones de artistas licenciados en la UPV/EHU, y forma parte de la generación que a finales de los 70 y principios de los 80 impulsó un cambio que ha marcado el arte en estas últimas décadas. Su pintura figurativa se basa en el color y la composición y en ella pueden encontrase referencias al pop americano de Rauschenberg y Rivers. Casi nada.