Santutxu es un barrio denso y poliédrico que contiene todas las virtudes, contradicciones y paradojas de la configuración moderna de Bilbao. Un territorio de los que solía definirse sin ambages -antes de los tiempos de la corrección política- como populoso y obrero, y cuyo crecimiento tuvo más que ver con el desarrollismo económico que con cualquier atisbo de planificación urbanística, siquiera improvisada. Un barrio abigarrado con un marcado sentido de la autosuficiencia en el que durante años -antes de que el metro trazara la línea recta para llegar en apenas unos minutos al otro extremo de la ciudad, como si nada- a los niños de la época se nos recordaba que acercarse al Casco Viejo o a la Gran Vía era "bajar a Bilbao": una excursión a un lugar que, en algún sentido, era diferente.
En Santutxu convive una generación de parroquianos procedentes del interior de Bizkaia -como mi propio aita, de Mungia, llegado para trabajar en "la fábrica de Echevarría" de la época- con castellanos, gallegos o riojanos de igual suerte profesional a los que unió con naturalidad una profusa red de bares y poteos, el Athletic y, por encima de todo, la empatía con quienes comparten la trinchera de esfuerzos y privaciones. En Santutxu, en fin, son prácticamente contiguos los bares Guretxe y el Celta de Vigo.
Tal vez porque el roce y la proximidad hacen el cariño o porque, más probablemente, el sentido de pertenencia es intenso, en este barrio bilbaino ha existido tradicionalmente una fuerte actividad asociativa: vinculada al euskera y las ikastolas, los comerciantes, la cultura o las fiestas del barrio. Tal vez porque aun entre la multitud es posible seguir sintiéndose solo, los habitantes de Santutxu han buscado tradicionalmente el encuentro y la participación. Y tal vez por todo ello, quienes hemos vivido desde niños en Santutxu teníamos al volver a nuestro barrio la sensación de cobijo, la impresión de que compartíamos emociones con toda aquella gente con la que coincidíamos a cualquier hora del día.
La imagen de una persona armada con un cuchillo recorriendo desnortado y enloquecido Zabalbide, apuñalando a quien se topara a su paso, errático hasta encontrarse de bruces con Kepa desayunando en un bar destroza las coordenadas vitales de un barrio duro, pero previsible. El azar es, definitivamente, un factor arbitrario al que resulta imposible dotar del menor sentido.
Kepa Mallea fue durante años mi profesor de euskera en la ikastola. No es necesario reinventar los recuerdos de la infancia para recordar a un profesor apasionado por la cultura de este país, pionero -entonces pensábamos algunos de nosotros que hasta en exceso- en acercar la cultura del bertsolarismo a sus alumnos. Ni reforzar nuestra tristeza con hagiografías improvisadas. El dolor de familiares y amigos no admite paliativos que no sean, si acaso, transmitir el reconocimiento a su vida y a la intensidad de su dedicación al euskera y la cultura de este país. Y tener presente el noble intento de sus convecinos por interponerse entre el sinsentido y Kepa con una simple loseta, poniendo incluso en riesgo sus vidas. Entre todo, con la intuición de que alguien como él habría hecho lo mismo en su lugar.
Goian bego