Galdakao

SEGÚN el caserío de los Iraragorri se va acercando, el visitante va disfrutando del aroma que desprende. Es un olor que no solo tiene su origen en los pucheros que caldean el ambiente previo a una cena, sino que proviene de cada poro de la casa que la familia del futbolista rojiblanco que formó la delantera que ganó entre 1930 y 1936 cuatro ligas y cuatro copas, conserva en la calle Txomin Egileor.

Se trata de un caserío de los que quedan pocos y a veces hace falta salir de las urbes para poder disfrutar de ellos. Enclavado entre instalaciones deportivas y algunas empresas que no hacen presagiar la belleza del lugar, aparece la casona, Iraragorri Etxea, cuyos orígenes se remontan al siglo XV.

Los gruesos muros de piedra que guardan su interior así como sus vigas de madera de roble hablan de unos tiempos ya pasados pero que aún dominan el presente con su imponencia. No obstante, la modernidad no ha pasado de largo por este caserío. Con la idea de abrir un restaurante en la casa que desde hace una década acoge visitantes convertida en hotel rural, la pintura roja empezó a ganar la batalla al gris de la piedra de sus muros.

Así, marcos y ventanas fueron pintados de este cálido color que contrasta con la blancura que han tomado las paredes del interior del establecimiento, que desde hace un par de meses y sin levantar la voz, sirve platos elaborados con ingredientes del sello Slow Food. De hecho, para la familia este restaurante es "el último secreto de la gastronomía vizcaina". Y lo cierto es que hasta el nombre del lugar va en consonancia a esta creencia.

Petit Komité es como han bautizado el restaurante aún desconocido para la mayoría de los galdakoztarras. Íntimo y discreto, está ataviado por antigüedades. Muchas de ellas, propiedad de la familia desde tiempos remotos que han vuelto para quedarse. Candelabros, vasijas y hasta la vajilla que la viuda de José Iraragorri, compañero de goles de Bata, Chirri y Gorostiza, guardaba en baúles como parte de su ajuar. Para ella, para Concepción Bengoetxea, esta cesión supone la forma de "agradecer" a sus clientes la "confianza" de elegirles a ellos para "estar como en casa".

No obstante, entre tanto recuerdo y bajo la atenta mirada del futbolista que formó parte de la primera selección de Euskadi durante la Guerra Civil -y al que han dedicado toda una pared-, convive la juventud de los dos chefs elegidos para ser el alma del restaurante. Ellos se llaman Manu Jugo y Alain Santos Gámiz y forman un tándem fundado en la experiencia obtenida de su paso por templos gastronómicos como Mugaritz, Martin Berasategi, Guggenheim, Aizian, Celler de Can Roca o el Poblet, entre otros a los que han servido tras sus estudios en la escuela de Hostelería de Galdakao.

Por el momento, la comida servida en este restaurante ha sido guisada en la cocina interior de la casa y emplatada y ultimada a la vista de los clientes en el propio comedor, un pequeño salón con cuatro mesas contadas. Dentro de poco, estos fogones serán ayudados por el horno de leña que la familia ha construido en el exterior de la vivienda rural a partir de las piedras que un día conformaron los baserris que rodeaban el enclave Iraragorri.