El coro de Arratia es una formación muy especial. Además de por sus voces, el colorido de su vestimenta tradicional y el sonido de sus makilas golpeando en el suelo, esta agrupación destaca por llevar 60 años de vida con la única misión de cantar a Santa Águeda. Con el objetivo de rescatar esta tradición y recaudar dinero para causas solidarias, el grupo, integrado por setenta miembros, lleva en pie desde 1951. A partir de entonces, ya no hay 4 de febrero en el que Bizkaia no sea recorrida desde su interior hasta su costa por esta formación surgida de la fusión de los coros de Artea y Areatza.
Los primeros años de vida del coro se caracterizaron por la gravedad de las voces que integraban la agrupación. No en vano, los primeros componentes del coro de Arratia, unos 25, eran únicamente hombres. Los lazos con el hospital de Santa Marina al que donaban el dinero recogido eran otro de los buques insignia de la coral.
Fueron los padres de los hoy miembros del coro los que fundaron el grupo. Es por ello que, a pesar del frío habitual de estas fechas y de las secuelas que su largo recorrido deja en las gargantas de sus componentes, el coro nunca ha fallado a una cita con las calles.
En su periplo por Bizkaia, los arratiarras repasan multitud de vías que les sirven de escenario para sus canciones. Así, comienzan a las nueve de la mañana una ruta que les lleva primero por Dima y Lemoa, donde interpretan varias versiones de Santa Águeda junto con los escolares de la zona. Tras esta breve aparición en Arratia, el coro se marcha hasta Zornotza, de donde era el carmelita del convento de Larrea, que crea la partitura inicial, interpretada a tres voces por los miembros masculinos de la formación.
Tras su estancia en este municipio, los coralistas emigran hasta Bilbao y Getxo, donde son invitados a comer en el restaurante Tamarises de Algorta. Ya por la tarde, y tras cantar en el Guggenheim, la Diputación o el metro, acaban su paseo recorriendo las localidades del valle del Gorbea. Este maratón les ha llevado en varias ocasiones a dejarse la garganta en el campo de San Mamés ante la afición del Athletic, cada vez que esta sonora jornada coincide con algún partido. Son las veces en las que más dinero han logrado recaudar. No obstante, en los años en los que no han podido acceder a un estadio hasta la bandera, los ciudadanos han llenado sus cestas con alrededor de seis mil euros, una cantidad que esperan repetir este año y que será íntegramente donada a un centro de Formación Profesional erigido en los campamentos de refugiados saharauis en Tindouf. Con ese objetivo, las makilas de la tradición resonaron ayer de nuevo en Bizkaia.