COMO el sirimiri, que parece que no pero empapa hasta los huesos. Así caló la tristeza por la muerte de Iñaki Azkuna a buena parte de los bilbainos. Gota a gota. Boca a boca. Corrillo a corrillo. Porque la pena, dicen los expertos, se contagia. Lo mismo en persona que a través de la televisión. "Hay estudios que demuestran que se transmite tanto la afectividad positiva como la negativa. Hay un contagio de emociones cuando los hechos son transmitidos por los medios de comunicación. Un ejemplo clásico es esa especie de duelo general que hubo por la muerte de Lady Di. Por otra parte, en temas de impacto emocional negativo, como este, la mayoría de la gente tiende a hablar", explica Darío Páez, profesor de Psicología Social de la UPV.
La bandera de Bilbao, huérfana de alcalde, ondeaba hace una semana a media asta. Igual que los ánimos de muchos ciudadanos. "Al final te identificas un poco con esa persona y sientes pena. Cuando a tu alrededor percibes una sensación de tristeza conectas con la tuya propia, que te puede llevar incluso a recordar a personas que tú has perdido o a gente que conoces que ha muerto en las mismas circunstancias. Es como esos juegos de piezas de dominó, que tocas una y se empiezan a mover el resto", compara Carol Lavandero, psicóloga especialista en duelo y trauma. Cuanta más repercusión tenga el fallecimiento, más fichas se tumbarán. "Cuando es algo que se habla en la calle y hay actos sociales tan multitudinarios y llamativos, eso se va propagando de un sitio a otro. Las redes sociales además ayudan mucho a estas cosas, con lo cual las emociones sí son contagiosas, somos seres humanos", rubrica.
Lo vivido en la villa tras la pérdida de quien fuera su máximo representante ha sido, a ojos de Páez, una especie de duelo colectivo "con distinto nivel de identificación". Pese a que "Azkuna era un hombre que recibía atenciones no solo de gente del nacionalismo, sino más general, habrá quienes estén mucho más distantes y otros más cercanos. Las personas más identificadas con la ciudad tendrán más duelo", considera este psicólogo, que ha trabajado en el campo de los rituales, el manejo del trauma y las pérdidas.
Vivir un duelo en la intimidad o con las puertas abiertas tiene sus diferencias. "Si la gente participa en las ceremonias, honra la memoria de la persona fallecida y recupera lo positivo que hizo, estos duelos tienen un papel mucho más fuerte de reforzar la cohesión social que los duelos privados", sostiene Páez.
"La gente tiende a salir y manifestar su apoyo"
Con el transcurrir de las horas, los días, una alfombra de flores, salpicada de mensajes, cubrió la escalinata del ayuntamiento. Los ciudadanos, ajenos a protocolos, se expresaron una vez más de forma espontánea. "Generalmente la gente, después de un trauma colectivo o un hecho negativo que afecta a la colectividad como este, durante las primeras tres semanas tiende a salir, a hablar y a manifestar su apoyo. Al mes, mes y medio o dos esta movilización de compartir disminuye y a los tres o cuatro meses, ya ha desaparecido", detalla este experto.
Salvando la enorme distancia, también tras los atentados del 11-M los madrileños tapizaron con su dolor las calles. "Aunque no es lo mismo, si pensamos en los atentados de Atocha, la reacción que hubo fue muy similar. La gente habló mucho hasta las tres semanas. Luego dejó de hablar. La gente que más participó en las ceremonias de honrar la memoria de las víctimas o en las manifestaciones tanto religiosas como seculares vinculadas a los atentados, luego tenía mayor solidaridad, se sentía más identificada".
"Ir aumenta el dolor pero tiene su lado positivo"
Miles de ciudadanos aguantaron estoicos el chaparrón para asistir al funeral de su alcalde, pese a no conocerle personalmente. "Es una forma de honrar la memoria de esta figura pública y de reconocer la parte positiva que tiene la ciudad donde uno vive, porque Azkuna era un símbolo y, exceptuando la izquierda abertzale, los ciudadanos se sentían muy identificados con él como bilbaino", señala Páez. Los paraguas que cubrieron a los vecinos de la lluvia, dejaron traspasar las emociones. "La gente que participa aumenta su dolor, pero se siente mejor personalmente, piensa que ha cumplido un deber moral y a largo plazo tiene un lado positivo porque se siente más identificada con la ciudad".
Puestos en la piel de los familiares y allegados, explica que "al participar en estos rituales se intensifica su pena, pero también sienten el calor de la gente y recuerdan orgullosos la trayectoria positiva de la persona que desapareció". No obstante, advierte, "tienen que regular su aparición en las ceremonias que honran la memoria de su familiar. Si no, terminan agotados afectivamente".
Para rematar la conversación, Páez sacia la curiosidad de por qué se loa, a veces en exceso, a los fallecidos. "Todas las necrológicas dan una imagen mucho más benevolente de lo que fue la persona. No es un rasgo cultural ni únicamente una muestra de la hipocresía nacional. Es una tendencia que tenemos a evaluar positivamente una tarea que ya está acabada". Es morirse y hasta los que te criticaban te alaban. "Mark Twain tiene unos párrafos muy graciosos en los que uno de sus personajes, al que han declarado muerto, oye todo lo que dicen sobre él en la misa y llora al ver cómo lo querían personas que él pensaba que lo detestaban".
Una vez se retiren las fotos de Azkuna de los comercios y se desprendan de las ikurriñas los crespones negros, los ciudadanos le recordarán en "momentos puntuales, por ejemplo, cuando pasen por la catedral de Santiago. Mi percepción -dice la psicóloga Carol Lavandero- es que la gente se va a quedar con la sensación de pérdida, de que nos va a faltar una figura emblemática, pero al mismo tiempo de su lucha contra el cáncer". Desde su experiencia tratando a pacientes oncológicos, destaca la naturalidad con la que Azkuna hizo partícipes a los ciudadanos de su enfermedad. "Ha desmitificado el cáncer y ha ayudado a que la gente entienda que hay motivos por los que luchar porque a veces se lucha y las cosas salen bien". Y entonces escampa y si llueven lágrimas, son de alegría.