Me cuesta hablar en pasado de Iñaki Azkuna. Hace quince años que le conocí coincidiendo con su nombramiento como alcalde de Bilbao. Me quedo con los buenos recuerdos que me reporta hacer memoria de las cosas que compartimos. Porque diría, aunque creo que todo está dicho, que disfrutaba de las cosas pequeñas con la misma pasión que de los grandes acontecimientos. Como no era hombre de excesos, se permitía un cigarrillo al día. Y ese era un momento, al finalizar un pleno, con una charla sobre los asuntos tratados y un txakoli, del que disfrutaba enormemente haciendo que para los demás también se convirtiera en especial. En estos quince años fue haciéndose grande como alcalde y llegó a esa simbiosis con Bilbao que había conseguido sin renunciar a esos momentos. Tengo muchos recuerdos y también algunos morros por su parte porque no siempre estaba de acuerdo con lo que escribía y así me lo hacía saber. Entre ellos, le vi disfrutar y disfrutamos con él en aquel viaje exprés que hicimos a Salamanca. Una concesión austera que quiso hacer con los periodistas más cercanos. En autobús de ida y vuelta, para ver la biblioteca de la universidad, comer en el sitio típico que el conocía y volver. Estaba feliz. ¡Cómo disfrutó con aquellos libros, Dios mío! Años más tarde compartí con él su estancia en Burdeos. Fue casi todo relacionarse con dirigentes políticos para alcanzar acuerdos. Desayunamos juntos uno de los días. Un café en un patio muy acogedor. Estaba satisfecho, pero se le notaba cansado. A la vuelta se excusó de no haber estado compartiendo más tiempo. Había tenido muchos dolores. Y me acuerdo de una de las últimas entrevistas. Se fue la luz. Nos reímos un rato y a oscuras me dijo: "Me moriré siendo alcalde".
- Multimedia
- Servicios
- Participación