Hoy es un día muy triste para todos y, especialmente, para los durangueses y los bilbainos, que acabamos de perder a Iñaki Azkuna, uno de los nuestros, un vizcaino de pro, un hombre capaz de provocar tres sentimientos que reflejan lo que sentíamos por él: respeto, cariño y admiración.

Bilbao ha tenido la inmensa fortuna de poder disfrutar de un alcalde como ha habido pocos al frente de esta ciudad. Los que le hemos conocido y hemos sido sus vecinos sabemos perfectamente de ello. Azkuna hizo mejor nuestra villa y con ello nos hizo mejores a nosotros. Este Bilbao no es el que él tomó bajo su bastón de mando el 4 de julio de 1999, sino mucho mejor. De otro modo, la maquinaria imparable que es el pueblo no le habría reelegido con la contundencia incontestable con la que lo hizo desde entonces.

Iñaki Azkuna sabía cómo tocar las teclas de lo que querían las gentes de Bilbao. Eso es muy difícil. Muy difícil. Los políticos, y él lo fue de enorme altura, están sujetos a exámenes diarios. Nadie podrá decir que no los superó con éxito. Más aún, con el reconocimiento absoluto de quienes incluso discrepaban de sus ideas. Ésa fue otra de sus grandezas.

Tuve la enorme fortuna de conocer a Iñaki y de compartir con él muchos momentos. Hablamos de todo. De fútbol, de política, de la gente y de la vida. Era un conversador sereno, fácil, ágil, amable, elegante y respetuoso; un hombre con el que daba gusto hablar y debatir, a lo que añadía una fina ironía, alguien, en fin, de quien siempre se aprendía. Hace un año recibió un reconocimiento que rendía tributo a su tarea al frente del Ayuntamiento bilbaino. El Premio Alcalde del Mundo. No podía ir destinado a nadie mejor. No lo había.

También era un apasionado del fútbol, que conocía profundamente. Doy fe de ello. Seguía, sentía y vivía el Athletic como todos nosotros, pero también al resto de equipos vizcainos y el mundo del deporte. Sufría con las derrotas y gozaba con los triunfos, y jamás tuvo una palabra que ofendiera a nadie. Entendía el fútbol como un deporte caballeroso y elegante, que es lo que él fue durante toda su vida.

Acabamos de perder a un durangués que honró el nombre de la ciudad en la que nació y hemos perdido a un hombre público y a un vizcaino excepcional. El dolor por su adiós solo puede ser comparable a la gratitud y a la admiración que siempre sentiremos hacia quien fue uno de nuestros mejores alcaldes.

Nunca te olvidaremos, Iñaki.