La inteligencia artificial (IA) ha dado un salto enorme en los últimos años, especialmente en su capacidad para generar imágenes. Algunas veces estas son tan reales que incluso nos cuesta dudar de su autenticidad. Esta evolución, que tiene aplicaciones muy positivas en muchos sectores, también está siendo aprovechada con malas intenciones para cometer fraudes.
Uno de los más preocupantes golpea directamente al comercio electrónico y consiste en la creación por parte de usuarios de imágenes falsas de productos supuestamente defectuosos para reclamar reembolsos o compensaciones económicas de forma indebida.
Según advierte Logicalis Spain, proveedor global de servicios tecnológicos, esta práctica está creciendo rápidamente en sectores como la comida rápida, la moda, la electrónica o el mobiliario. Hoy, cualquier usuario con acceso a herramientas de IA generativa puede crear en solo unos segundos fotografías hiperrealistas de productos dañados que nunca han existido.
Manipulación digital
El fraude se basa en lo que los expertos denominan deepfakes visuales: imágenes completamente falsas o manipuladas digitalmente que simulan roturas, desperfectos, manchas, embalajes deteriorados o productos en mal estado. Estas pruebas visuales se envían después a las plataformas de comercio electrónico, servicios de atención al cliente o aplicaciones de reparto para exigir una devolución.
Se han documentado casos de teléfonos móviles con pantallas rotas, prendas de ropa con supuestos descosidos o manchas inexistentes, e incluso hamburguesas o pedidos de comida rápida recreados digitalmente para aparentar mal estado o contaminación. En muchos casos, el sistema aprueba el reembolso sin exigir la devolución física del producto, especialmente cuando se trata de artículos de poco valor.
Imágenes poco fiables
Este tipo de fraude encuentra un terreno fértil en las actuales políticas de devolución, diseñadas para facilitar la experiencia del cliente. En el comercio online, a menudo resulta más caro gestionar la recogida de un producto que devolver directamente el dinero, por lo que algunas empresas optan por hacer el reembolso sin verificar físicamente el artículo, lo que está desencadenando abusos masivos.
Medios internacionales alertan de que el problema va en aumento porque afecta a uno de los pilares del comercio digital moderno: la confianza en la prueba visual. Muchas plataformas basan la resolución de las incidencias en las fotografías que aportada el comprador, un sistema rápido y eficiente que ahora se ve perjudicado por la pérdida de fiabilidad de las imágenes.
Los expertos coinciden en que la enorme calidad de las imágenes generadas por IA dificulta mucho la detección del fraude. Estas fotografías tienen sombras, texturas y una coherencia visual suficientes para superar filtros automáticos y revisiones humanas rápidas. En algunos mercados ya se ha detectado incluso la venta de paquetes de imágenes falsas diseñadas específicamente para estafar.
Impacto del fraude
El impacto de este fraude no solo se limita a las pérdidas económicas, sino que también existe un daño reputacional para las marcas. Especialmente, en sectores como la restauración, una imagen de un producto en mal estado puede afectar directamente a la percepción pública y a las reseñas online.
Ante este escenario, las empresas están empezando a reforzar sus sistemas de defensa para poder distinguir contenido auténtico de material falso. Entre las medidas que se plantean destacan la verificación inteligente de imágenes, el análisis automatizado de patrones sospechosos, modelos de riesgo basados en datos y estrategias de trazabilidad digital.
"El reto no consiste en convertir cada reclamación en una investigación forense, sino en integrar tecnología, procesos y cultura digital para actuar con mayor inteligencia y anticipación", explica Ramón Rico Gómez, de Cybersecurity Operations Manager, citado por Infobae. El objetivo, subraya, es proteger el sistema sin romper la confianza con el consumidor honesto.
El problema es que este abuso tiene consecuencias para los consumidores honrados. Y es que, a medida que el fraude se extiende, las plataformas endurecen sus políticas de devolución, exigen más pruebas, alargan los plazos y aplican controles adicionales. En la práctica, quienes cumplen las normas acaban pagando el precio de los abusos ajenos.