SE consume el minuto 59 del partido y el Athletic tiene amaestrado al Nápoles en pleno corazón de San Paolo. Nada hace prever que el choque vaya a dar un vuelco en los acontecimientos e incluso el resultado, 0-1 gracias al gol de Iker Muniain, se antoja escaso botín atendiendo a las prestaciones de uno y otro equipo sobre el terreno de juego. Tocan y llegan los rojiblancos a las inmediaciones de Rafael Cabral y deambulan los de Rafa Benítez por el verde sin una cuerda a la que poder agarrarse.

Pero, de repente, lo que parecía inviable adquiere cariz real. Entre la manifiesta superioridad bilbaina y el inicio de un nuevo envite de treinta minutos de duración solo se contabiliza una alteración: la entrada de Dries Mertens (Lovaina, Bélgica, 1987) en sustitución de Lorenzo Insigne. Suficiente, excesivo para la calma que transportaban los hombres de Valverde. El extremo belga, un auténtico puñal por la banda izquierda, se alistó en el partido para revolucionar una contienda que dejó marcada a base de vertiginosas operaciones. Al Athletic, incapaz de reducir el impacto en el juego de Mertens, le asaltaron las dudas y se le multiplicaron los problemas en el hasta entonces férreo entramado defensivo.

Los rojiblancos solo habían sufrido en los primeros compases del encuentro, pero la entrada del mundialista belga puso patas arriba el duelo, del mismo modo con el que amenaza asomar hoy en San Mamés: con la velocidad como bastión. Apenas ocho minutos tardó Gonzalo Higuaín en tirar de su particular caña antileones -suma nueve goles en sus once enfrentamientos con el Athletic- para aliviar San Paolo pescando en el río que había revuelto Mertens, un explosivo con botas de futbolista. Y es que con solo 169 centímetros de altura y un pasado deportivo que vivió sus primeros coletazos a través del fútbol sala, el de Lovaina figura como un dinamitador de partidos en toda regla, la mejor vitamina de Benítez para el aburrimiento ocasional.

en el once Partiendo en la foto inicial o como codiciado revulsivo -hoy apunta a titular-, Mertens responde a la condición de jugador de primera talla internacional. A sus 27 años, después de haber pasado por su país natal y Holanda (Utrecht y PSV Eindhoven), parece haber encontrado su lugar al abrigo de Nápoles y, por ende, del fútbol italiano. Su técnica, agilidad, vivacidad y certero disparo desde media y larga distancia le convierten en un pelotero que ya se erigió en el mejor componente de una primeriza Bélgica en el Mundial de Brasil.

En la ida, Gorka Iraizoz pudo comprobar en primera persona las andanzas del habilidoso y escurridizo 14 napolitano. Suyo fue un disparo lejano que obligó al iruindarra a una soberbia estirada, así como la espléndida acción individual sellada con un pase terminal a Higuaín que también dejó en nada, in extremis, un inspirado Iraizoz.

A fin de extremar la vigilancia sobre su persona y de minimizar los espacios derivados de las pérdidas de balón, las previsiones señalan que tanto el guardameta rojiblanco como la defensa se enfrentan hoy a un hambriento Nápoles colgado, entre otros factores, de la velocidad que posee la gran amenaza belga.