"No es Anya, ella no es tan grande", decía Izaro

La pequeña, adormilada cuando llegó su "hermana" de Ucrania, no la reconoció tras no verla desde 2019

24.12.2021 | 00:32
María Jesús con Anya e Izaro, de 15 y 6 años.

Su madre le tenía dicho que no se hiciera ilusiones, tras cancelarse varias veces los programas de acogida por el covid. Por eso la pequeña Izaro hacía su cuenta atrás con ansia y cautela a partes iguales. "Quedan dos días para que venga Anya, si puede venir, claro. Queda un día, si viene. Mañana igual viene". Y menos mal que vino porque si no, dice su madre, Idoia Olaizola, "nos da algo a todos. Además, duermen en literas en la misma habitación y lo comparten todo. Anya es muy niñera, juegan mucho y se quieren un montón".

Tales eran las ganas que Izaro tenía de ver a su "hermana" de Ucrania, tras dos años y medio sin poder verse las caras, que le hizo jurar a su madre que la despertaría cuando llegara. "Era la una de la madrugada y le costó un montón abrir los ojos. Se quedó mirándola y dijo: No es Anya y se metió, avergonzada, debajo de las sábanas. Estaba tan KO que no la reconoció. A la mañana siguiente me dijo: La que vino cuando estaba durmiendo no es Anya porque ella no es tan grande. Le dije: Es Anya, que ha crecido. Y ella: No, no es", relata Idoia. Izaro entró en razón cuando la volvió a ver, al salir de la ikastola, y no dudó en abrazarla.

También Idoia la notó muy cambiada. "Después de tanto tiempo está hecha una señorita. Se fue con 14 años y ya va para 16", comenta esta madre acogedora, que destaca lo "buena y responsable" que es. De hecho, cuando le propusieron venir en navidades "su única preocupación era que iba a perder clase. Muchos dejan los estudios, pero ella quiere labrarse un futuro", dice orgullosa. Voluntad no le falta e inteligencia tampoco. "Nosotros le hablamos en euskera y lo pilló superrápido. El castellano también con los años", afirma.

La madre de Idoia, María Jesús, no hace distinciones entre Anya y sus nietos. "Tengo en el pasillo una foto con los seis porque la quiero igual. Ella me llama amama y es muy cariñosa. Si estoy mala, me echa las gotas en los ojos. Siempre está dispuesta a ayudar", dice. Quizás sea porque Anya, que estará en Gernika hasta el 18 de enero, tuvo que cuidar de sus abuelos enfermos y está acostumbrada a trabajar en casa. "Mis amigas la miman a saco. Saben su situación. Que aquí viva otra, pero aquí tienen todo y luego vuelven a lo mismo. Es muy triste", admite Idoia.

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