Filósofo y escritor

Javier Sádaba: "La imbecilidad es un virus contagioso que no lo pueden parar ni los dioses"

"La omnipotencia de la imbecilidad, ni los dioses la vencen", dice Javier Sádaba en su libro 'El aforismo del desencanto', ilustrado por la artista Ana María Vacas

14.05.2021 | 01:04
Javier Sádaba.

En su último libro, el filósofo y escritor portugalujo Javier Sádaba recurre al aforismo para hablar de los puntos cardinales que afectan al ser humano: religión, amor, política, cultura. Convencido de que el "alma es un laboratorio", El aforismo del desencanto (Ed. Almuzara) se completa y hermana con las reflexiones plásticas de la pintora y bióloga Ana María Vacas, que dan luz a cuestiones como la naturaleza del ser, los diferentes modos de amar o la relación del hombre con la deidad. Un doble salto mortal creativo que une abstracción con abstracción para caminar hacia la claridad.

En su libro usted da a la imbecilidad humana, la capacidad de omnipotente. ¿Tan presente y fuerte es? ¿En qué se basa para afirmarlo?

—Es una manera de hablar paradójica. No creo que la imbecilidad sea algo magnífico, ni fuerte, más bien todo lo contrario; lo que hace es rebajar enormemente el pensamiento y al ser humano. La imbecilidad es un virus muy contagio, entra con tanta facilidad y tiene tantos aliados que, como diría el poeta, ni los Dioses lo vencen.

Originalmente in-bécil no sería insulto y se aplicaría a quien no usaba báculo, es decir a los más jóvenes. ¿Ante la realidad pandémica, está más extendida hoy la imbecilidad personal y social que ayer?

—Hay dos cosas que me gustaría destacar. Efectivamente, la etimología de imbéciles es el que no tiene el bastón, el que se cae, el débil; no tiene porqué ser el mayor; el imbécil es el que no hace pie. En ese sentido, el imbécil tiene una connotación de tonto, de idiota. Y usamos la palabra como un insulto; yo es uno de los que más utilizo. A una persona que me parece absolutamente tonto, le llamo imbécil. Sobre si una pandemia nos ha hecho más imbéciles o no, diría que nos ha hecho mucho más débiles, más vulnerables en manos del poder, más dependientes del miedo, dependientes de lo que digan para obedecer. En esta línea, nos ha hecho más imbéciles. Es cierto que ha provocado reacciones interesantes de minorías que se han defendido. Hay que atacar al mal pecho a pecho, pero aunque sean minoritarias, esa gente existe. Pero mayoritariamente nos ha hecho imbéciles.

Podríamos hablar de insensatez como modelo social extendido ante la propia vida. ¿Sea bajo la pandemia o ante amenazas tan reales como el cambio climático que ahora tan 'imbécilmente' esquinamos?

—La sensatez es muy buena palabra cuando se usa sensatamente. Sensatez y sentido común son lo mismo, pero Unamuno diferenciaba entre el sentido común bueno y el malo. Este último son los tópicos, lugares comunes, decir lo que dice todo el mundo, el hablar por hablar, no saber lo que se dice. Este es el sentido común que anestesia y entontece. Luego está el sentido común que se fija en las cosas detenidamente.

¿En aquello que importa?

—Sí, aunque parece que no importa, si la gente agudiza la vista, ve lo importante. Esa sensatez no sé hasta qué punto se está perdiendo en nuestros días. De ahí que tengamos cada vez políticos más insensatos, pero que van de sensatos. O dirigentes más insensatos pero que van de sensatos, y que la palabrería haya pasado a primer lugar dando por sensato lo que es pura palabrería.

Desencanto, desilusión. ¿Percibe más desencanto ahora que antes de la pandemia? ¿O decimos que lo hay porque lo oímos decir en los medios?

—Las dos cosas. Creo que sí se han producido ciertos desencantos por los confinamientos y el runrún de los medios de comunicación. Un golpe fuerte como éste sí produce que los pequeños encantos e ilusiones que teníamos se puedan venir abajo, si uno no es un tanto fuerte. Eso sin duda. Pero al mismo tiempo, el desencanto producido por los medios ha sido importante; muchas veces hablando de lo que no saben, asustando a la gente, diciendo aquello que piensan que tiene más relumbrón pero que no enseña nada.

El desencanto, la decepción, desengaño, desilusión... ¿Es fruto de la pandemia covid- 19 o es que ya estábamos al final de algo y habíamos cebado el proceso?

—La pandemia probablemente ha acelerado el fin de una época, pero ya estábamos cuesta abajo, que ciertos tipo de relatos o de ideas, que podían sustentar algo o dar cierta ilusión, se estaban derrumbando a una enorme velocidad y el empujón, en buena parte, se lo está dando la pandemia.

¿Por qué recurre a los aforismos? ¿Acaso porque nos gusten más píldoras concentradas contundentes para enfrentarnos a lo imposible o al menos inevitable?

—Toda la vida me gustó hacer aforismo. Grandes filósofos como Nietzsche eran aforistas. El aforismo tiene una gran atención. Y yo dije que algún día me quería hacer aforista. Ha llegado el momento, por eso lo he hecho ahora. Y lo hago porque el aforismo da vueltas a las cosas; nos hace ver lo que aparentemente estamos viendo y es falso, nos es como cierto shock, como ciertas flechas que nos hacen notar dónde estamos heridos, dónde tendríamos que cambiar. Eso al final es como concentrar en pocas palabras ideas para decir mucho. Al final de los grandes textos lo que a uno le interesa, y de ahí la importancia de los poetas, es decir lo más con las menos palabras y eso es lo que hacen los aforismos.

Israel paga 10 veces más por la vacuna y ya tiene inmunizada a su población. Ante esta realidad del poder del dinero-economía, ¿se puede seguir considerando la religión, el amor, la política como puntos cardinales de nuestra sociedad.

—Lo de Israel es un punto clave. El Estado de Israel sobre el cual no tengo simpatía, me parece que es uno de los grandes males de este mundo repartiendo como están repartiendo dinero, espías, y militares y guerras por todo el mundo. Es verdad que como tienen muchísimo dinero en este momento ni llevan mascarilla siquiera. Aunque a los palestinos, no; que quede claro. Israel puede ser modelo en el sentido que ha sido eficaz, en el resto en absoluto. El Dios dinero lo traga todo. Y al final, la religión, cierto tipo de principios morales que serían necesarios para una convivencia realmente sana, se los traga y estamos en la sociedad del dinero que ha absorbido cualquier tipo de valor. Y ha convertido cualquier tipo de valor en precio. Solo el necio confunde valor y precio. Lo dijeron primero los estoicos y lo repitió luego Kant. Es un buen refrán.

Ante la evidente realidad de la prepotencia del dinero, ¿qué lugar queda para los aforismos de la ética? ¿Y de los valores del alma?

—Uno de los grandes muros para que impongan una sociedad ética, que no es una sociedad débil, sino fuerte, solidaria, una sociedad en la que todos somos espejos de los demás. Esto siempre, pero quizás más que nunca, puesto que el capitalismo financiero se ha disparado, es más difícil que nunca. Razón para luchar mucho más.

Su libro transita por el equilibrismo entre pensamiento y emoción, dinero y ética, Dios y ciencia. ¿No nos deja en la cuerda floja del funambulista con pocos o ningún apoyo ideológico firme?

—Uno por vivir está en la cuerda floja, pero vivir bien es saber mantenerse en la cuerda. La ética lo que hace es que vivamos y seamos lo más felices lo mejor posible dentro de nuestras posibilidades. Luego cada uno sabrá cuales son, aunque yo siempre digo que dos.

¿Cuáles?

—Uno aprovechar todos los placeres que tengamos a mano en la sociedad, en las personas, y hacer aquello que nosotros pensemos que tengamos que hacer. Y no hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace, como decía Sartre. Ahí es donde la ética ha tenido siempre un papel relevantísimo; hoy también es significativo decir las cosas lo más claras posible; llamándolas por su nombre; intentando que no nos aplasten. Y ser muy incrédulo con las palabras del poder. Además de tener el oído muy atento con las personas que tienen al mismo tiempo un corazón que si no es de oro, al menos no es de piedra.

¿No le da vértigo enfrentarse a esas dualidades dilemáticas que probablemente sean irresolubles?

—Sí. Pero la vida es dilemática, la ética es dilemática, siempre te dice que tienes que elegir una cosa u otra. Y elegir no es nada fácil; es perder algo también. Una persona que elige una situación difícil y elige éticamente, no digo que llore, pero sí sufrirá. Después se sentirá muy a gusto, pero elegir es amar. En la elección te desgarras algo y estamos en una situación dual. Al estar haciendo el bien en aquello que no es el bien, sufrimos, pero a la larga ganas más.

En matemática, dos negativos dan positivo. Amor, deidad, naturaleza del ser... ¿Observo muchas abstracciones en su reflexión. Sumando abstracción con abstracción caminaremos mejor hacia la claridad del entendimiento de lo real?

—Es una difícil pregunta si sumando abstracciones nosotros nos acercamos más a la realidad. Es difícil, porque la abstracción que no sea puro vacío recoge lo concreto. Una abstracción que esté en el aire no es algo importante. La abstracción es lo más concreto que hay, porque lo coloca en la parte más alta de la cabeza humana. Si juntamos esas abstracciones que cogen el núcleo de lo más real, por supuesto que iremos hacia arriba.

Podríamos llegar a elogiar y elegir el aforismo aberrante de que solo el ignorante puede ser feliz.

—Prefiero ser un Sócrates insatisfecho que un cerdo satisfecho porque Sócrates tiene unos gozos que son humanos. El cerdo no tiene ni gozos ni no gozos, al final se le come.

"La razón no ocupa todo, pero no hacerle un sitio es como saltar obstáculos cojeando"

"Estamos en una sociedad del dinero, que ha absorbido los valores éticos; ha convertido el valor en precio"

"La pandemia ha acelerado el desencanto y el final de una época, pero ya estábamos al final de algo"


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