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Lo que funciona, y lo que no, contra el covid-19

22.11.2020 | 01:03
Las mascarillas han mostrado su eficacia en la lucha contra el covid-19

está en marcha un experimento a escala planetaria. Nunca antes tantos países habían sido, a la vez, sujetos y objetos de experimentación de forma simultánea. La primera gran pandemia del siglo XXI ha obligado a adoptar una batería de medidas no farmacológicas para limitar los expansión del virus SARS-Cov2 y reducir así las hospitalizaciones y muertes debidas al covid-19. En el experimento, cada país o cada región está aplicando un conjunto de medidas, las que considera más efectivas. Y un equipo de investigación, combinando cuatro metodologías diferentes, ha estimado el grado de efectividad de cada medida, en virtud de su capacidad para reducir la multiplicación del virus.

Las que de forma más eficaz contribuyen a reducir la expansión del SARS-Cov2 son las que evitan que las personas se junten y las que limitan sus movimientos. A esos propósitos obedecen la suspensión de reuniones de no demasiada gente (menos de cincuenta personas) durante mucho tiempo (en tiendas, restaurantes, bares, centros de trabajo), el cierre de centros docentes (principalmente de estudiantes de entre 10 y 19 años), los toques de queda, las limitaciones a viajar entre países, los confinamientos, y la suspensión de actos multitudinarios.

Algunas de esas medidas tienen efectos muy negativos sobre la salud. El cierre de centros escolares acarrea, potencialmente, una peor alimentación, estrés y aislamiento social de los afectados. El confinamiento domiciliario provoca una mayor violencia familiar contra las mujeres y los menores de edad. Además, reduce el acceso a la atención sanitaria, lo que eleva, incluso, la mortalidad. Por si eso fuera poco, no está clara la efectividad real de esa medida, porque suele implantarse a la vez que se adoptan otras muy efectivas. Por esa razón, los autores de la investigación no la consideran recomendable salvo, quizás, si se implanta en fases muy tempranas de expansión de la pandemia.

Dados los efectos adversos –también sobre los derechos y libertades– de las medidas anteriores, los gobiernos han considerado y aplicado opciones alternativas. Y resulta que, curiosamente, medidas no intrusivas han mostrado gran efectividad, mayor, incluso que la de algunas restrictivas. Es el caso de la disponibilidad de mascarillas para todos; las campañas para informar a la ciudadanía, específicas de cada tipología de destinatario, o las ayudas económicas a personas con pocos recursos o en situación vulnerable, para que no sufran económicamente en caso de no poder acudir al trabajo o mantener su actividad económica. También resulta sorprendente que la implantación, con carácter obligatorio, de ciertas medidas apenas resulte más efectiva que las campañas de comunicación que promueven la adopción de esas mismas medidas de forma voluntaria.

Por el contrario, actuaciones a las que se ha dado mucha importancia no cuentan con suficiente respaldo. Por ejemplo, no parece estar justificada la limpieza y desinfección sistemática de superficies; las limitaciones al transporte público, pues los vehículos no parecen ser enclaves que propicien la expansión del virus, o el cierre de parques o museos. El estudio no ha podido contrastar la efectividad de las campañas de detección de personas contagiadas, y trazado y aislamiento de sus contactos, seguramente porque la mayor parte de los datos se obtuvieron en marzo y abril, cuando la mayoría de los países experimentaron la mayor incidencia de la epidemia y carecían aún de buenos sistemas de trazado.

El experimento planetario ha puesto de manifiesto que lo que creemos saber hoy quizás no sea válido mañana, porque el conocimiento es contingente y siempre provisional. La ciencia se corrige a sí misma. Esa es la razón por la que avanzamos y tomamos cada vez mejor decisiones.