En zona de cuarentena: cómo viven los enfermos de coronavirus más frágiles

La unidad especializada ubicada en la Casa del Mar de Santurtzi para enfermos de covid-19 en situación de fragilidad cierra sus puertas tras haber atendido a doce pacientes desde el 21 de abril

16.05.2020 | 00:15

Las normas de higiene son extremas; los usuarios no pueden salir de sus habitaciones y cuando alguien va a entrar, deben colocarse la mascarilla. Sus 22 habitaciones se desinfectan dos veces al día y solo existe una zona limpia, donde la plantilla puede tomarse un descanso y se preparan las bandejas de comida. Así es la unidad especializada de Santurtzi donde, tras recibir el alta hospitalaria, pasan los 14 días de aislamiento obligatorio personas que no pueden, por su situación de fragilidad, hacerlo en su domicilio. Hoy cerrará sus puertas tras remitir la parte más cruda de la pandemia; sus dos últimos pacientes serán trasladados a la unidad de Birjinetxe, donde se derivarán los ingresos, cada vez menores.

Los equipos de protección individual son obligatorios para acceder a los pasillos, considerados zona 'sucia' de la unidad. Borja Guerrero

Los servicios sociosanitarios han tenido que adaptarse, a marchas forzadas, para dar respuesta a las necesidades ante la crisis sanitaria. Primero fueron los centros de Birjinetxe y Unbe, para poder aislar a los usuarios de residencias positivos en covid-19 que no requieren cuidados intensivos. Pero la Diputación detectó luego otra carencia: la de personas infectadas, que han recibido ya el alta médica pero a los que les era difícil regresar a sus domicilios para seguir la cuarentena obligatoria. Por ejemplo, aquellos que conviven con personas de riesgo, como mayores, o en situación de exclusión social. Ubicada en la Casa del Mar, en Santurtzi, esta unidad especializada se habilitó en un tiempo récord; donde antes se alojaban marineros llegados de distintas zonas del mundo ahora pasan la cuarentena enfermos de coronavirus. Dos máquinas de vending, una de comida y otra con latas de refresco, ahora clausuradas, recuerdan esa función que quedó suspendida cuando se restringió la movilidad a nivel mundial. El puesto de enfermería domina la planta principal, que ahora presenta una imagen muy similar a la de un hospital; en los pasillos, cada pocos metros, se han colocado carros con guantes, batas y gel desinfectante, imprescindibles para entrar en los cuartos. Las habitaciones, todas con baño propio y televisión, y cuyas puertas permanecen siempre cerradas, mantienen su antigua numeración; junto a ella, un panel indica el nombre de cada paciente. Su interior se ha adaptado, retirando una de las dos camas, y se han sustituido estas por otras articuladas. A falta de pulsadores de aviso, a cada paciente se le entrega una pulsera que pueden apretar si necesitan que acuda alguno de los sanitarios. Ha habido que establecer protocolos y sectorizar los espacios sobre la marcha, adaptándose a la propia configuración del edificio; las barreras arquitectónicas son importantes, por lo que los pacientes no pueden tener problemas de movilidad, ni precisar apoyos asistenciales intensos, porque no hay tomas de oxígeno. "Lo hemos puesto todo en marcha casi desde la nada", reconoce su supervisora, María José Simón. Empezando por el propio acceso; los trabajadores no pueden utilizar ni la entrada principal ni el ascensor, que es por donde llegan los pacientes. Junto a los pasillos y el puesto de enfermería, se consideran zonas sucias, con riesgo de contagio, donde solo se entra con equipos de protección individual. La plantilla lo hace a través de la salida de emergencia y los enormes ventanales que dan a la terraza. "Es un espacio donde descansar, preparar las bandejas de comida, tener los ordenadores, los vestuarios. Sería imposible estar todo un turno sin poder quitarte un EPI", enumera Simón.

Sin salir de la habitación 

Cuando el paciente llega en la ambulancia, los enfermeros suben a recibirle debidamente protegidos para acompañarle a su habitación. "Vienen a un sitio nuevo y no tienen muy claro qué es; les tranquilizamos explicándoles la situación", explica Aitor Avellanal, estudiante de Enfermería que trabaja en la unidad tras apuntarse a la bolsa de trabajo. No podrán salir de ella en las siguientes dos semanas; el decimocuarto día les hacen una PCR y, si se confirma que ya no portan el virus, se irán a casa al día siguiente. Afortunadamente, así ha sido en todos los casos. Se les toma la temperatura al menos tres veces al día, además de otras constantes como la saturación, además de repartirles la medicación que precisan, las comidas y otros enseres que necesitan. La ropa de cama y las toallas se cambian todos los días y las habitaciones se limpian dos veces por jornada; incluso los pasillos, que desinfectan bomberos de la Diputación cada cuatro o cinco días, se ventilan al finalizar el turno de mañana y el de noche. Además de cuidados estrictamente sanitarios, el personal del centro trata también de acompañar a los pacientes en su aislamiento, ya que no pueden recibir visitas ni abandonar siquiera su habitación. Aunque algunos disponen de móviles propios, la unidad dispone de una tableta con la que mantienen el contacto con sus familiares. "Pueden llamarles cuando quieren. Los propios familiares se quedan más tranquilos al verles", coinciden la supervisora y el enfermero. Aprovechan también para dar un pequeño paseo con ellos. "Han estado encamados más de veinte días; la pérdida de masa muscular es de un 20%", apuntan.

Al detalle

un estricto protocolo

Zona 'sucia'. Todos los trabajadores (siete auxiliares, tres enfermeros, la supervisora y una médica) se toman la temperatura antes de empezar el turno. Antes de entrar a la zona sucia, hay que colocarse todo el equipo de protección, siguiente un riguroso orden: se empieza por los guantes; después la mascarilla, buzo –siempre por encima del primer par de guantes–, calzas, gorro y pantalla protectora. Para entrar a las habitaciones, además, es obligatorio colocarse un delantal de plástico y otro par de guantes, estos por encima del buzo. Hay que quitárselos antes de salir, en un contenedor con pedal. La retirada del equipo está también protocolizada: provistas todavía con el primer par de guante, hay que desinfectarse las manos después de retirar cada elemento, uno a uno.

65 años de media. Esta unidad especializada ha atendido a 12 usuarios, con una edad media de 65 años; la mayor, una mujer de 97 años y la más joven, de 26. "Ha funcionado muy bien y ha cubierto una necesidad que se detectó", valora Lourdes Zurbanobeaskoetxea, responsable de Coordinación Sociosanitaria de la Diputación.

"Lo pusimos todo en marcha casi desde la nada; antes esto era una Casa del Mar"

María José Simón

Supervisora

"Quería ayudar y cuando me llamaron de la bolsa de trabajo no me lo pensé dos veces"

Aitor Avellanal

Estudiante de Enfermería


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