Quejicas sin remedio
Hay personas que caminan por la vida con una maleta llena de agravios inexistentes y toda la gama de excusas y justificaciones posibles. Han decidido que el mundo está en su contra y dedican el tiempo a quejarse de su mala suerte y a culpar a los demás de su infortunio.
imanol querejeta y
javier vizcaino
J. V.- A ver si te suenan estas expresiones: "Es que me tiene manía", "A mí me lo pusieron mucho más difícil", "Ya, pero lo mío es peor que lo tuyo". ¿Qué te dicen?
I. Q.- Claro que me suenan, junto con "Lo haces mal", "Nos tratas de forma diferente", "No procede" (cuando se habla de frente y se preguntan a la cara las cosas que se hacen y se dicen a escondidas), o "La culpa la tiene el otro". Ese es el pan nuestro de cada día en todos los ámbitos de la vida.
J. V.- De todas formas, puede haber ocasiones en las que las frases anteriores respondan a la verdad. No siempre es quejarse por quejarse.
I. Q.- Cuando esas frases son ciertas, la actitud de la gente de bien debe ser quejarse una vez y a continuación, esforzarse por modificar las cosas que nos parecen injustas con crítica y creatividad. Con esto no invito a nadie a ir a la guerra porque de las guerras nunca sale un vencedor, solo salen consecuencias desastrosas que requieren mucho tiempo paliar. Si estamos convencidos de que algo no está bien, hay que exponerlo y trabajar por dejar claras nuestras opiniones y las razones por las que creemos que son buenas. No digo mejores, digo buenas. Luego se debe seguir haciendo que las cosas funcionen en lo que tienen de útil.
J. V.- Centrémonos en quienes sí exageran y siempre tienen una justificación para cualquier cosa que hayan hecho o les haya salido mal. De entrada, a mi me parecen un tanto inmaduros.
I. Q.- Y dicho con todo respeto, vagos, ventajistas, e insanamente ambiciosos, entre otras cosas. Además, esto de generar de forma subrepticia, a escondidas, por la espalda, climas de insatisfacción es la herramienta de los menos diligentes. Ya sabes, aquello de "A río revuelto, ganancia de pescadores". Si generas un agravio hacia tu persona, no digamos si lo haces todo el tiempo, estás dándote la oportunidad de tapar tus vergüenzas: "No es que yo no lo haga bien y no tenga ideas, es que no me dejan, los demás me obstaculizan, etc.".
J. V.- Muchas de esas autojustificaciones no tienen ni pies ni cabeza y cualquiera lo ve. ¿Lo ven ellos y ellas también? ¿Se las creen de verdad?
I. Q.- Puede que en un principio lo vean, pero luego, a fuerza de que los demás no digamos nada terminan por creérselo porque consiguen una posición de ventaja que no quieren dejar y acaban como la bruja del cuento de Blancanieves: se miran al espejito mágico haciendo la pregunta trucada y cuando el espejo les contesta lo que no les gusta, se enfurecen y echan mano de lo peor de sus baúles de recursos para convencer al espejo de que se ha equivocado y envenenan manzanas: desacreditan personas, generan mal ambiente, calumnian... Todo vale para revolver el agua y seguir ganando. Ante estas actitudes y estas personas no cabe el silencio. Hay una frase que atribuyen a Gandhi que dice que "La verdadera maldad de la gente mala se basa en el silencio de la gente buena".
J. V.- ¿Y no sufren? Debe de ser tremendo vivir sintiéndose eternamente agraviado por todo y por todos.
I. Q.- Hay algunos que sí sufren porque tienen una personalidad dependiente, sin autonomía, y viven con miedo la responsabilidad; y se defienden atribuyendo a "los elementos" la culpa de la parálisis a la que les conduce ese miedo. Esos no son en absoluto malas personas, porque no buscan una ventaja, ni medrar, sino simplemente protegerse, pero a veces suponen una carga que se hace pesada de llevar.
J. V.- Me temo que es una actitud cada vez más extendida. Y no sólo en las relaciones personales; también en la acción pública. Las explicaciones sobre por qué se pierde un partido, por qué se ha hundido un negocio o por qué se ha sufrido una debacle electoral suelen ir por esta línea.
I. Q.- Creo que sí. Hay verdadera alergia a reconocer los errores, los resultados adversos y también que la imagen del espejo de la que hablaba antes ya no sólo no se corresponde con lo que nosotros queremos hacer creer a los demás, sino que, además, los demás ya no nos creen. Hoy en día se vive preferentemente para dar una buena imagen pública (de ahí tanta gente que se gana la vida como asesor), mintiendo lo que sea preciso para mantenerla y esto termina convirtiéndose en algo efímero porque se pueden ocultar las cosas un día, una semana, un mes o un año, pero no todo el tiempo. Lo terrible de todo esto es que, como hemos dicho más de una vez, la ocultación o el maquillaje de los errores siempre agrava sus consecuencias. Somos lo que somos para mucho tiempo y hay que ser valientes para que, ya que pasamos una vez por la vida, se nos recuerde por nuestro compromiso y nuestra coherencia, no por la primera impresión que damos. La autoridad se gana con la verdad y con el trabajo. Hay quienes prefieren imponerla, allá ellos.
J. V.- Y todo hace indicar que la cosa irá a más. Alguna vez hemos hablado del escasísimo índice de tolerancia a la frustración de las nuevas (y no tan nuevas) generaciones.
I. Q.- Sí, esta falta de tolerancia a la frustración no es más que una consecuencia de una galopante epidemia de alergia al análisis. Como ya he repetido en un par de preguntas, todos nos apuntamos a lo grato y tal vez por ello, la inundación de abundancia en la que hemos vivido nos ha convertido en personas más maleables, más dirigibles con tal de no perder situaciones de ventaja que, en justicia, no nos corresponden.
J. V.- ¿Se puede aprender a sufrir? ¿Se debe?
I. Q.- Sí rotundo, sobre todo porque en esta vida es inevitable sufrir. Todos: nosotros, nuestros amigos, nuestros hijos... Se sufre hasta en los cuentos. Hay que afrontar el sufrimiento, que no buscarlo gratuitamente, y hacerlo con la convicción de que de cualquier situación adversa, de cualquier necesidad, solemos salir reforzados y convertidos en mejores personas. La esperanza crece en este caldo.
J. V.- Con todo, tampoco debemos convertirnos en espartanos insensibles. Si nos pisan, es normal que nos duela. Y si ha sido muy fuerte, que nos quejemos.
I. Q.- Por supuesto, entre la queja y el "quejismo" (me acabo de inventar una palabra), veo una diferencia: la primera es una respuesta y la segunda una actitud, para algunos casi una religión.