Historias de los vascos

El condenado a muerte del Campo de Aviación de Lamiako

29.03.2020 | 00:22
Imagen histórica del aeródromo de Lamiako, donde estuvo destinado Jesús Basáñez. Foto: Leihoa.info

El leioarra Jesús Basáñez fue también el reconocido autor del libro 'Arlotadas, cuentos y susedidos vascos'

CONDENADO a muerte, la esquivó gracias a su comportamiento positivo allí donde estuvo preso tras el Pacto de Santoña. Su buena amistad forjada con los carceleros le sirvió, según valora su familia, como salvoconducto para conseguir la ansiada libertad una y otra vez.

Se llamaba Jesús Basáñez Arrese y, aunque apresado por los fascistas italianos y franquistas, no era gudari ni miliciano. Fue detenido por ser jefe administrativo de los llamados Servicios de Aviación de Euzkadi, en el entonces Campo de Aviación de Lamiako, "lo que en euskera llamamos Lamiako'ko Egazkiñ kaia", subrayaba en un informe tecleado a máquina el propio Basáñez, a la postre popular escritor, autor de libros tan conocidos como Arlotadas, sobre susedidos vascos, que décadas atrás se podía encontrar en la mayoría de hogares de Euskadi.

"Don Jesús era una persona buena con todas las letras. De una calidad humana tal que cuando le hacían algo malo, solía argumentar alguna razón tendrán para habérmelo hecho. Así era él y gracias a su humanidad se libró de la cárcel, por los favores hechos a un policía", pone en valor su yerno, Joseba Bilbao. Confirma a su vez que Basáñez quedó "en un limbo legal" al cumplirse el Pacto de Santoña por no ser ni soldado del Ejército vasco del lehendakari Aguirre ni político.

El nacido en Leioa el 13 de septiembre de 1913 detallaba en su escrito este episodio histórico. "Dos o tres días antes de la toma de Bilbao, el 19 de junio de 1937, trasladamos los archivos de Lamiako y personal a Somorrostro, donde se había construido un aeródromo", testimoniaba. Sin embargo, los continuos bombardeos de la aviación enemiga les obligaron a evacuar a Laredo y de allí, un nuevo traslado a Santander. Entretanto, el personal administrativo y técnico –principalmente algunos pilotos, mecánicos, ayudantes o chóferes– fueron distribuidos en varios campos como el de La Albericia de Santander o Torrelavega. "Así continuamos hasta que el alto mando nos ordenó concentrarnos en Santoña", evocaba.

A continuación, llegó el "tristemente célebre Pacto de Santoña", valoraba, llevado a cabo entre el Ejército vasco y las fuerzas fascistas italianas que "teníamos frente a nuestras líneas". Basáñez detalla en su escrito lo consensuado por ambos bandos: "En el pacto se decía entre otras cosas que una vez depuestas las armas por los combatientes vascos, quienes habían sido solo gudaris (esto es, sin ningún grado en nuestro Ejército) quedarían en campos de concentración en Laredo, Castro Urdiales y Santoña hasta la terminación de la guerra. Y los que habíamos sido oficiales u ostentábamos cargos análogos, como era mi caso, seríamos trasladados a Francia". Esto ocurría en las postrimerías de agosto de 1937.

"El resto es bien conocido", señalaba, y pasaba a explicar que tenía la certeza de que él iba a embarcar bien en el barco Seven Seas Spray o en el Boby. "Teníamos a la vista a los dos esperándonos y a dos buques llamados de control".

En sus manos aguardaban con su documentación en regla, "pero se paralizó el embarque. Es más, se hizo bajar a los que ya habían subido, y fuimos tomados prisioneros". Les destinaron a Laredo, Castro Urdiales y finalmente al penal de El Dueso. "A mí me llevaron con mi jefe superior, José Díaz de Espada, a quien fusilaron".

Emigrante en Venezuela Basáñez fue dispersado de El Dueso a Ávila, al batallón de trabajadores –es decir, esclavo de Franco– número tres en Sevilla, Madrid, al batallón de castigo número uno en Córdoba, bajo el poder del guardia civil navarro Carlos Olasagarre Goñi.

"Ya licenciado cuando la Segunda Guerra Mundial se hallaba en su apogeo, no tuve oportunidad de seguir prestando servicios a la administración del Gobierno vasco", apuntaba. De hecho, el franquismo no le permitía lograr un empleo "por mi condición, según ellos, de ex-combatiente" del gobierno de Aguirre, por lo que "tuve que ganarme la vida dando clases particulares". Sin embargo, logró un pequeño trabajo en una empresa, pero una década después decidió migrar a Venezuela. Lo hizo primero solo y a continuación solicitó –como hacen los migrantes que llegan en la actualidad a Euskadi– la reagrupación familiar con sus esposa y tres hijas: Arantza, Lourdes y Mertxe. Esta última, residente en Donostia, es la única que sigue con vida.

En Caracas, el administrativo de Lamiako prestó servicios en la empresa Lecuna y CIA, en calidad de jefe de cobranzas. "En aquella firma trabajaron casi todos los vascos que iban recalando allá. Una pena que acabó yendo a la quiebra", lamenta Joseba Bilbao. El yerno de Basáñez se apena también al hablar sobre sus antecesores. "No hablaron nunca una palabra de guerra. La olvidaron. Lo mismo mi padre y mi madre. Ni de la guerra ni del viaje a Venezuela. Lo mismo Don Jesús, nada de nada", señala.

A su regreso a Euskadi, Basáñez publicó al menos cinco libros. "Era un ratón de biblioteca, un intelectual, apolítico y, eso sí, euskaldun cien por cien", valora Bilbao. El leioarra firmó títulos publicados en Iruñea como el famoso Arlotadas: cuentos y susedidos vascos, El humorismo vasco, Pruebe usted esta píldora, Rodolfo Valentino (en el 25 aniversario de su muerte), Unamuno y Baroja en estudio conjunto o la obra de teatro El proceso de Martín Sertucha, editada en Venezuela.