Prisiones en Euskadi: La liberación de los presos en 1937

El Gobierno vasco de José Antonio Agirre tuvo desde su constitución la competencia sobre las prisiones en su territorio, lo que posibilitó un trato humanitario a los encarcelados y, al final, su liberación para evitar la muerte

19.06.2021 | 00:54
Vista del edificio de la cárcel de Larrinaga, en Bilbao, tras su ocupación por los sublevados. Fotos: Sabino Arana Fundazioa


EL próximo 1 de octubre, cuarenta y dos años después de la aprobación del Estatuto de Gernika, por fin se va a transferir la competencia de prisiones a la Comunidad Autónoma del País Vasco. Sin embargo, si nos remontamos al primer Gobierno vasco liderado por José Antonio Aguirre en 1936, es preciso recordar que esa competencia se asumió desde el mismo momento de su constitución.

De las prisiones gestionadas en aquel tiempo tan complicado, casi las únicas referencias que se recogen en los libros de historia, se remiten al asalto que sufrieron el 4 de enero de 1937, tras el bombardeo que sufrió Bilbao. Lo mismo pasa en documentales históricos, como el emitido por ETB en su programa Vamos hacer historia. Ese hecho trágico ha obviado otras realidades. Quedan por contar muchos hechos que se ignoran u ocultan y que explican una forma diferente de administrar un sistema penitenciario en tiempo bélico. Se hace preciso conocer la situación de los presos antes de la formación del Gobierno vasco, los cambios que se producen con las nuevas autoridades, la vida en las cárceles en los nueve meses de existencia del ejecutivo autónomo en territorio vasco y la liberación de los presos, poco antes de la entrada de las fuerzas franquistas en Bilbao, el 19 de junio de 1937.

Traslado de los barcos prisión 

El consejero de Justicia Jesús María de Leizaola y su hombre de confianza, el secretario general de Justicia y director general de prisiones José de Arechalde, nada más tomar posesión de sus cargos en octubre de 1936, deciden terminar con la existencia de los tres barcos prisión –Altuna Mendi, Arantzatzu Mendi y Cabo Quilates– anclados en la ría. Se pretendía acabar con las malas condiciones de unos buques que no reunían las mínimas condiciones de salubridad para habitar en ellos. En pocas semanas se hicieron obras de remodelación para ubicar a los prisioneros en los conventos de El Carmelo y Los Ángeles Custodios, además de en la Galera y en la prisión de Larrinaga. Para el mes de diciembre, los barcos prisión habían desaparecido. Hombre clave en esta labor fue el inspector de prisiones Joaquín Zubiria. Realizó la labor de acompañamiento a muchos detenidos y estos llegaron a proclamar, en sus propias memorias, que se encontraban "extasiados ante su amabilidad".

Con el traslado se produce un cambio de importancia. Los vigilantes de los barcos prisión, nutridos principalmente por milicianos comunistas, socialistas, republicanos y anarquistas y, en menor medida, nacionalistas, son sustituidos por una mayoría de gudaris nacionalistas. De esta forma se erradicaron inmediatamente los abusos de los guardianes.

Otra medida que se tomó tan solo 5 días después de constituido el Gobierno, fue la liberación de las presas. Alrededor de 156 fueron liberadas, la mayoría embarcadas en Plentzia rumbo a Sokoa, y unas 38 permanecieron en territorio jurisdicción del Gobierno vasco.

Mejoras penitenciarias 

Desde el primer momento, las autoridades de Justicia adoptan una serie de decisiones encaminadas a humanizar la guerra. Es cierto que la situación de un número considerable de prisioneros agrupados en unos edificios que no se habían construido para ser prisiones, no era fácil. A lo que se añadía la situación de Bilbao, prácticamente sitiada y con enormes dificultades de abastecimiento que afectaba a toda la población, incluida la reclusa. Con todo, la comida mejoró de manera notoria en relación con la que se daba en los barcos. Incluso, la que se daba en Los Ángeles Custodios es alabada por los propios reclusos, si bien quitando el mérito a las autoridades vascas y otorgándoselo a la Madre General del Convento. Además, existían cantinas en las que se podían proveer de comida y se permitía recibir paquetes con alimentos y ropa del exterior. De hecho, desde posiciones izquierdistas y anarquistas, se formularon duras críticas a las autoridades de la consejería de Justicia, ante lo que consideraban una situación privilegiada.

La celebración de la Navidad es descrita por algunos presos en sus memorias de guerra. La mayoría recibieron paquetes de sus familiares, otros degustaron cenas procedentes del hotel Torrontegui y algunos llegan a hablar de cenas fabulosas, con turrón, puros y champán incluido. Se permitieron los cánticos, y hasta el exministro César Jalón y sus compañeros pudieron escuchar la espléndida voz de la cantante de Getaria Pepita Embil, interpretando el Ave María de Schubert en la prisión de El Carmelo.

También fue insólita la libertad religiosa que se pudo disfrutar en las prisiones de Euskadi. Más de 20 sacerdotes, repartidos en las cárceles de El Carmelo y Larrinaga, celebraban misas, rosarios, novenas, incluidas todas las ceremonias relacionadas con la Semana Santa. El sacerdote José Echeandía en sus Memorias de un excautivo, reconoce que había decidido seguir en la cárcel voluntariamente, lo que significa inequívocamente que se había ofrecido la libertad.

La anterior incomunicación en los barcos, cambió de forma radical. Se regularon las visitas y, salvo momentos concretos, los internos recibían periódicamente a familiares y amigos, en locutorios abiertos, mañana y tarde.

Las visitas a las cárceles realizadas por Leizaola y, sobre todo, por José de Arechalde fueron constantes. Se supervisaba directamente la situación de los detenidos y, en ocasiones, venían acompañados de autoridades como el doctor Junod, médico de la Cruz Roja, el dean de Canterbury o una comisión de católicos ingleses. También acudieron a las cárceles madame Malaterre, presidenta de la Comisión de Paz del Consejo Internacional de la Mujer, los cónsules de Inglaterra, Bélgica y Argentina, y periodistas varios de la prensa extranjera.

 
Visita de madame Malaterre a la cárcel de Larrinaga.
 

Vida cotidiana 

Sorprende también que, en época de guerra, todos los reclusos pudiesen leer los periódicos que se editaban en Bilbao. Algunos como Carasa, Rodríguez del Castillo y Herrera Oria, lo cuentan en sus memorias. Incluso este último escribe un capítulo donde, al analizar toda la prensa que llegaba a sus manos, explica cómo departía sobre el particular con el propio director general de prisiones, y reflexionaba sobre lo que consideraba infiltración del comunismo en todos los medios de comunicación.

Pero no se limitaban a leer periódicos. José María Vicario, accedió a la biblioteca del convento carmelitano en donde pudo leer la Historia de España de Modesto Lafuente en 18 tomos, y César Jalón cuenta cómo la lectura era una de las mayores ocupaciones a la que se dedicaban los reclusos. Las largas horas de espera las ocupaban también en juegos como las cartas, el dominó y el ajedrez. En el caso de El Carmelo tenían la posibilidad de jugar a la pelota en el frontón del convento.

Conversar, hablar, discutir, formaba parte del transcurrir de la vida penitenciaria. Se formaban tertulias de distinta categoría. José Luis Goyoaga cita la de la celda número 12, en la que participaban personas como Leandro Nagore, el arquitecto Eduardo Lagarde, el duque de Sotomayor y un hijo de Dato, entre otros. Incluso Enrique Herrera Oria tuvo la oportunidad de impartir una conferencia sobre el nuevo estado nacional.

No solo leían y conversaban. Algunos escribían y no poco, como César Jalón que redactó en prisión sus memorias. Otros presos anónimos redactaban una especie de periódico humorístico, El Camelo, que da cuenta de un estado de ánimo no tan negro como a veces nos han pretendido mostrar. La vida en las prisiones nunca fue feliz, pero las autoridades vascas mostraron siempre voluntad para mitigar la pena de los internos. Humanizar el sistema penitenciario fue siempre finalidad esencial del departamento de Justicia, a pesar de los escasos medios de que disponía.

Presos liberados 

En los primeros días de junio de 1937, las tropas franquistas habían roto el cinturón de hierro por Artebakarra. La dirección general de prisiones decide, ante el peligro de asalto por los milicianos en retirada, agrupar a los presos en la cárcel de Larrinaga. Desde la consejería de Justicia se traza un plan de liberación. En muchas de las crónicas de los encarcelados, y en artículos de la prensa franquista, se habla, sin rubor, de una fantástica evasión que nunca se produjo. Enrique Herrera Oria, en su línea de protagonizar todo tipo de acontecimientos, se presenta como organizador de una fuga inexistente.


José de Arechalde en su exilio de México. A la derecha, Joaquín Zubiria, inspector de prisiones del Gobierno vasco.
 

La realidad fue muy distinta. El inspector de prisiones Joaquín Zubiria, que ya tuvo una intervención decisiva en la defensa de los presos el 4 de enero, con órdenes precisas de la consejería de Justicia, se puso en contacto con la avanzadilla franquista, para que la salida de la cárcel de Larrinaga tuviera plenas garantías. Existieron en un primer momento algunas dudas sobre el trayecto más conveniente para el abandono de la cárcel. La vía elegida, finalmente, fue el alto de Santo Domingo. Desde la puerta grande de la salida trasera de Larrinaga, fueron saliendo de manera ordenada.

Para que la liberación tuviese plenas garantías de éxito, se contó con la intervención necesaria del comandante Francisco Gorritxo al mando del batallón nacionalista Kirikiño. En los puestos de Zabalbide, Iturribide y Atxuri, se impedía el paso de gente armada. Con todo, Gorritxo debió actuar de modo contundente. El jefe sustituto de la VI Brigada, Jaime Urquijo, hizo acto de presencia y pretendía impedir la salida. La respuesta de Gorritxo fue contundente. Cumplía órdenes del Gobierno vasco.

De igual modo, se produjo la liberación de los otros detenidos que habían sido trasladados a Trucios. Javier de Ybarra escribe que él y otros compañeros se escaparon, eso sí, con la colaboración de algunos bizkaitarras. La frase oculta lo que realmente sucedió. El Gobierno vasco los liberó con la intervención decisiva, esta vez, de Ricardo Leizaola, José Manuel Epalza y León Urriza.

José de Arteche en su libro El abrazo de los muertos, así lo señala:

Bilbao. 1 de julio. Al Arenal han llegado ya de noche como una docena de camiones con presos liberados. Aglomeración, brazos en alto, vivas, gritos. Los presos gritan entusiasmados: ¡Nos han salvado los gudaris!

Incluso uno de ellos, César Jalón, enmienda la primera edición de sus memorias e introduce en la segunda, una frase que es toda una declaración de arrepentimiento. ¡Los nacionalistas, a quienes a fin de cuentas debimos muchas veces la vida, y ahora la vida y la libertad, ¡los nacionalistas que jamás fueron rapaces ni sanguinarios! Cuando se produce la conquista de Bilbao, la prensa franquista tras unos primeros momentos de ambigüedad, fija la "verdad oficial" del régimen. Los presos se habían fugado, y si se dio alguna intervención de los gudaris, ésta fue "en acto de rebeldía contra Agirre."

Lo desmiente, en palabras emocionadas, el lehendakari Aguirre, en Trucios, en el momento amargo de dejar tierra vasca. "Hemos obrado noblemente; nuestra conducta no ha variado ni siquiera a última hora. Hemos dejado intacto Bilbao y sus fuentes productoras. Hemos dado libertad a los presos con generosidad que es pagada por el enemigo con persecuciones y fusilamientos".

La gran historia, si es que existe este concepto, se suele olvidar de aquellas personas que, sin pretender ser protagonistas, trabajan por procurar una existencia mejor. En los hechos que hemos descrito, se esforzaron por ofrecer una vida digna a los presos y, finalmente, por salvarles la vida. José de Arechalde, Joaquín Zubiria y Francisco Gorritxo, entre otros, así lo hicieron y solo recibieron penas, exilios y represión. Nos queda la obligación moral de reivindicar el deber de memoria, para que la losa del olvido que pretendió arrojar sobre ellos la dictadura, sea levantada. Para que no se borre el rastro de lo que una vez sucedió.

La primera decisión fue sacar a los reclusos de los barcos-cárcel para llevarlos a edificios que reunían condiciones de habitabilidad

José de Arechalde, Joaquín Zubiria y Francisco Gorritxo se esforzaron en preservar la dignidad de los presos; a cambio, recibieron represión


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